
Los científicos dedicamos nuestra labor a generar conocimiento que satisfaga necesidades humanas básicas y mejore el nivel de vida de la sociedad, desde encontrar la cura para una enfermedad hasta hallar una forma de energía ecológica. Los descubrimientos científicos y tecnológicos son también motor del crecimiento económico de un país, lo que devuelve a la sociedad la inversión que esta realiza mediante el aporte de los contribuyentes al financiar la ciencia.
Existe otra aplicación de la ciencia que ha sido ignorada, aun teniendo enorme potencial para contribuir al progreso de la sociedad. La ciencia y la investigación pueden contribuir enormemente a la educación en todos los niveles. Una mayor y mejor educación para todos permitiría lograr debates más ricos, que darían lugar a una mejor toma de decisiones sobre una vasta gama de temas, desde el uso y la aplicación de los descubrimientos científicos hasta la elección de políticas públicas, que beneficien a toda la población y fomenten el crecimiento de la nación.
Es posible que el mayor aporte que los científicos podemos ofrecer sea la transmisión del razonamiento científico, indispensable para lograr una sociedad informada y pensante. Una condición fundamental de este aspecto es su naturaleza dinámica; se revisa y reevalúa constantemente el conocimiento existente, queda siempre abierto a modificaciones cuando nuevas evidencias cuestionan su validez. Ningún otro sistema de razonamiento ha demostrado esta capacidad.
Es menester que desde la universidad se trabaje para estimular el razonamiento científico de todos los estudiantes y, a su vez, despertar vocaciones científicas en aquellos que tengan una inclinación hacia la carrera académica.
Por supuesto, este último punto conlleva múltiples dificultades. La continuidad del sistema científico depende en parte de la incorporación de jóvenes como becarios e investigadores. En este momento de desfinanciación de la ciencia resulta complejo despertar vocaciones científicas en los jóvenes. La exigencia de un altísimo rendimiento académico para iniciar su carrera como investigadores no se condice con la oferta salarial que se les realiza, la cual palidece ante lo ofrecido en otros ámbitos laborales privados.
Ante todas las dificultades, es imperativo defender al sistema científico actual, que ha tardado muchas décadas en construirse y cuyo desmantelamiento tendría consecuencias catastróficas en el futuro. Nuestro país tiene una rica tradición en desarrollo científico. Cabe destacar a personalidades como Bernardo Alberto Houssay (en cuyo honor se celebra el día del investigador científico), Luis Federico Leloir y César Milstein, científicos argentinos que recibieron el premio Nobel. La sociedad entera debe pronunciarse a favor del sistema científico, ya que el acceso al conocimiento y los beneficios que resultan de él son su derecho.
Una de las estrategias para generar impacto social es la divulgación. Compartir con el público general cuando un conocimiento es científicamente válido o no, cómo se genera el saber científico y cuáles son las posibles aplicaciones de los descubrimientos es una forma de desmitificar a la ciencia y a los científicos como ajenos al común de la gente y mejorar la educación científica de la sociedad. Es clave acercar la ciencia a todos y demandar los recursos para que quien lo desee pueda dedicar su vida a ella. No podemos permitir que nadie se quede fuera de ella. Los científicos tenemos un arduo camino por recorrer.
La autora es profesora adjunta en Neuropsicología Clínica de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral e investigadora científica ENyS-CONICET.
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