(Foto: Reuters)
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Casi simultáneamente con la publicación de una nueva exhortación apostólica sobre los jóvenes que recoge las conclusiones del sínodo celebrado en octubre pasado, y aún no completamente apagados los ecos del viaje papal a Panamá para asistir a la Jornada Mundial de la Juventud, Francisco ha comenzado su sexto año de pontificado con dos excursiones interreligiosas de alto voltaje, esta vez a países islámicos: los Emiratos Árabes Unidos y ahora a Marruecos.

No dicen mucho estos nombres de países ignotos a un argentino promedio. Si por algo conoce al primero, es —reconozcámoslo honradamente— debido a la dirección técnica que ejerció fugazmente Diego Armando Maradona en el Al-Fujairah Sport Club. En cuanto al segundo, todavía recuerdo los ojos llorosos de mi madre mientras disfrutaba emocionada del alicaído fulgor de una emblemática película de culto: Casablanca (1942), nombre de una de las principales ciudades del país. En ambos casos, sin embargo, se juegan realidades más importantes que una película o un partido de fútbol.

Es que el Papa no parece darse tregua. Este mismo año tiene programado ir en mayo a Bulgaria, Macedonia y Rumanía. A confirmar: Japón, Mozambique, Madagascar (una isla que los niños conocen por la película del mismo nombre) y Corea del Norte. En este sexenio ya estuvo en 40 países. Queda sin resolver el misterio de la ausencia del nuestro, un dato que sin duda tendrá una instancia propicia en la próxima visita ad limina de los obispos argentinos.

La media luna

La luna es un símbolo cósmico que ha sido fuente de una rica mitología y concierne a la divinidad de la mujer. La zona lunar de la personalidad ha sido considerada como la que modula nuestra sensibilidad profunda. En la tradición judía es la representación del pueblo y en la cristiana se la asocia con la Virgen María.

Una de las peculiaridades de la jornada panameña fue la presencia de la Virgen de Fátima. Resulta muy excepcional que su imagen, coronada en 1947 en esa localidad de Portugal donde se apareció a tres pequeños pastores, sea transportada a otro país. La corona tiene engarzada sobre su cabeza una de las balas con la que Alí Agca (originario de otro país musulmán, Turquía) hirió gravemente a Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981, precisamente en un aniversario de dichas apariciones. El papa Wojtyla ha dicho: "Una mano disparó, otra desvió la bala" y quiso testimoniar de ese modo lo que consideró un milagro.

No podemos saber si este protagonismo de la Virgen en Panamá, un hecho inusual, se debió a una decisión personal del papa Francisco, pero es más que probable. Durante su visita a Fátima, en 2017, y con motivo del centenario, el Papa ofrendó la Rosa de Oro a la Virgen (una antigua costumbre pontificia, que también repitió en su viaje a Centroamérica), pero también se encontró con una familia de inmigrantes musulmanes y canonizó a dos de los pastorcitos, Jacinta y Francisco, mientras que la causa de Lucía se encuentra en estado avanzado.

Lo cierto es que el hecho de que esa precisa imagen de la madre de Dios (Theotokos), declarada así en el año 431 por un Concilio en Éfeso (actualmente Turquía), haya estado presente en la jornada no constituye un dato ocioso. Es sabido que Nuestra Señora de Fátima posee una particular importancia en la relación entre cristianos y musulmanes. ¿Hace falta considerar las veces que aparece la media luna a los pies de numerosas advocaciones de la santísima Virgen?

La media luna es hoy un ícono del islam, pero su origen es sasánida y, por lo tanto, anterior a esa religión, y aunque ha sido recogida por varias naciones árabes, en realidad fue un símbolo del Imperio otomano que nunca adquirió un carácter religioso oficial. La luna ha sido adorada como una divinidad desde antiguo como una diosa y ha sido relacionada con la fertilidad femenina.

En la iconografía cristiana Jesucristo es el sol de justicia y la fecundidad de la Virgen trajo la salvación del mundo. En el Apocalipsis se lee que apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza, una corona de doce estrellas. En cierto modo el islam se adelantó a reconocer en María el dogma de la inmaculada concepción.

Contrariamente a lo que sucede con las otras iglesias cristianas separadas en la reforma, incluso en los nuevos movimientos evangélicos y pentecostales, la Virgen ocupa un lugar especial entre los musulmanes. En la tradición islámica la luna regula los actos canónicos, y el Corán emplea un simbolismo lunar. La media luna evoca la muerte y la resurrección.

Aunque generalmente se entiende al islam como una religión distinta, algunos autores como Hilaire Belloc, Fulton Sheen y otros lo han considerado como una herejía y por lo tanto como una parte del cristianismo, debido a su reconocimiento de la figura de Jesucristo aunque le niegue su condición divina.

Se ha observado que el Ángel de la Paz que apareció con la virgen en Cova de Iria se arrodilló tocando el suelo con su frente, a la usanza islámica. Fátima era el nombre de la hija de Mahoma, a quien el profeta consideró la mujer más bendita luego de María. Según Sheen, lo que sucedió en ese lugar ocupado por los musulmanes durante siglos no es fruto del azar sino que esconde una promesa y una esperanza para el islam. Es sabido que la Virgen María goza de una veneración especial entre los musulmanes, pero para los cristianos es el paradigma de la esperanza.

Dos franciscos, una continuidad pastoral

Es poco conocido que aunque todavía, como el caso de Medjugorje, ellas no han alcanzado un reconocimiento oficial de la Iglesia, se han declarado apariciones de la Virgen en lugares de mayoría islámica, por ejemplo en Egipto, recibiendo la veneración de cristianos y musulmanes. Estos últimos visitan santuarios marianos.

El diálogo con el islam ya fue practicado por Juan Pablo II, el primer Papa que visitó Marruecos (el segundo destino islámico de Francisco luego de Abu Dabi), donde se recuerda un vibrante discurso a los jóvenes en Casablanca. Wojtyla fue también el primer Papa en entrar en una mezquita, la de los Oméyades, durante su viaje a Siria en el año 2001.

En cambio, Benedicto XVI tuvo una accidentada relación con los musulmanes al tergiversarse los términos de un famoso discurso en Ratisbona, que suscitó airadas protestas en el mundo islámico. También Francisco visitó mezquitas en Banghi y Azerbaiyán.

Es bien sabido que ya desde que era arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio ha sido un entusiasta del diálogo interreligioso (más incluso que sus antecesores), pero sobre todo lo ha cultivado con el judaísmo. Sin embargo, en los últimos tiempos ha intensificado sus relaciones con los musulmanes. Hay que prestar atención a este nuevo dato, evidenciado por los viajes de este año. No es la primera vez que el Papa va a un país musulmán, puesto que ya ha estado en Turquía y en Egipto, donde se han registrado serias agresiones a iglesias coptas.

En algunos países de cultura islámica, en efecto, todavía no se ha logrado la vigencia de una efectiva libertad religiosa y esa es una dificultad, la falta de reciprocidad, que Francisco expresó a Dominique Wolton en una serie de entrevistas para un libro-reportaje publicado en 2017. Varios líderes islámicos importantes han visitado personalmente al Papa en el Vaticano. En ciertos ambientes conservadores se ve con reticencia la actitud dialogante del Papa, a la que se considera demasiado complaciente con el islam, así como con la inmigración proveniente de países musulmanes hacia la Unión Europea.

Al trasluz de este viaje esperan al Papa cuestiones pendientes como el traslado de las embajadas con el consiguiente reconocimiento de la capitalidad de Israel a Jerusalén, que cuenta con la férrea oposición de los países musulmanes. Se trata de un problema que forma parte del estatuto de la misma ciudad, también aún sin resolver. No es menor el problema de la libertad religiosa, en particular especialmente en Arabia Saudí, y del terrorismo. Sin embargo, los obstáculos, como se puede verificar, no son ni mucho menos solamente teológicos.

El Papa ha insistido en que no debe identificarse al terrorismo con la religión, pero muchas opiniones denuncian que el islam es un lobo con piel de oveja y que resulta suicida embarcarse en un diálogo. La mayoría de los miembros del operativo que destrozó las Twin Towers eran saudíes, pero el mismo Francisco ha puesto de relieve que el fundamentalismo no es un dato religioso sino una instrumentación política de lo religioso. Una distinción que escapa habitualmente a los superficiales análisis políticos occidentales. Alí Agca es musulmán, y se ha hablado de su conversión al cristianismo, aunque es conocido que posee una personalidad inestable.

En su discurso de la conferencia del Al-Azhar Conference Center, celebrada en El Cairo en el mismo año 2017, también al cumplirse cien años de las apariciones, el pontífice unió una visión del país como "tierra de alianzas" y como "tierra de civilización". Ambos sintagmas recuerdan a la "Alianza de Civilizaciones" promovida unos años atrás por las Naciones Unidas a partir de una iniciativa de José Luis Rodríguez Zapatero, entonces presidente del gobierno español, como contrapunto al conocido libro de Huntington The Clash of Civilizations.

Cuando tomó el nombre de Francisco al ser ungido pontífice de la Iglesia Católica, Jorge Mario Bergoglio quiso significar su opción preferencial por los pobres, tan mal interpretada por la derecha católica, pero también su amor a la creación y en particular a la naturaleza, típicos del santo italiano. Sin embargo, también podría haber habido una tercera intención, que ahora se evidencia con mayor claridad.

El viaje de Francisco de Asís y su encuentro con el sultán al-Malik al-Kamil, del que se celebran ahora los ochocientos años y que tuvo como consecuencia la devolución de Jerusalén a los cristianos, abrió un camino de comprensión entre ambas religiones. Aquí puede estar, precisamente, una de las claves de la nueva ofensiva interreligiosa pontificia.

El autor es director del Instituto de Cultura del Centro Universitario de estudios (Cudes).