El autor es coordinador de actividad cultural de la Universidad del CEMA. Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la UCEMA.

Más allá de las inevitables polémicas que suscitan en nuestro país las fastidiosas intervenciones políticas de voceros, veraces o fraudulentos, en nombre de Jorge Bergoglio, la dimensión planetaria de su pontificado trasciende largamente estas discusiones lugareñas.
Para esbozar un imperfecto balance de los primeros seis años, podríamos empezar por la tarea que está encarando para combatir los numerosos abusos sexuales de menores por parte del clero, y que incluyen obispos y cardenales. Se trata de una labor titánica que marca un hito histórico: nunca se llegó tan alto y con tanta transparencia a desenmascarar este terrible flagelo. Que quede demasiado por hacer no quiere decir que no se haya hecho ya mucho. Es más, por primera vez se invierte la lógica de preservar la reputación de la institución y se atiende con marcada atención a las víctimas. Señal de ello es la resistencia de algunos episcopados y ciertas figuras de la curia romana acostumbradas al silencio cómplice y a no recurrir a la justicia.
La comprensible indignación de algunas personas ante la complejidad del proceso y sus tiempos no debe llevar a pensar que el Papa no luche decididamente por la verdad y la justicia en este campo.
Al mismo tiempo, en un momento de manifiesta ausencia de liderazgos políticos y morales, su figura, sus gestos y sus palabras constituyen una clara advertencia a favor de los migrantes y de los excluidos del mundo. A no pocos les molesta que extienda su prédica a formulaciones políticas discutibles y no pueden ver más allá de este límite, pero no se puede negar la seriedad de sus denuncias. Aunque es cierto que, casi en las antípodas de su predecesor polaco, Bergoglio tiene una marcada visión política y una tendencia al intervencionismo en un ámbito que no sería estrictamente el suyo. Baste recordar las figuras de Pablo VI, e inclusive de Benedicto XVI, para apreciar otra forma de magisterio social, más acorde con el juego republicano-democrático y el respeto por las instituciones de la sociedad laica.
En otro orden, tampoco es justo no valorar sus esfuerzos en el diálogo ecuménico e interreligioso, o no tener en cuenta otro dato de enorme portada: las relaciones con el gobierno de China para favorecer la libertad religiosa y la reunificación de la Iglesia Católica en ese gigantesco país. La división entre la Iglesia patriótica (en la que los obispos eran designados por el gobierno) y la perseguida por su fidelidad con Roma (obispos nombrados por el Vaticano) fue una llaga enorme y dolorosísima para millones de cristianos.
Cuando se exagera, por un lado, su presunto izquierdismo y, por otro, su excesiva ortodoxia religiosa, en realidad no se tiene suficientemente en cuenta su particular visión pastoral, su amplitud de miras y su marcado respeto por la libertad de conciencia. De lo contrario no se entendería su posición frente a la homosexualidad, por más que pueda parecer a algunos un tanto contradictoria.
¿Todo positivo en este balance? Ciertamente no. Hubo acciones que dieron fruto y otras que se frustraron. Hubo errores de evaluación al nombrar, por ejemplo, al grupo de cardenales asesores. Hubo tardanzas en procesos como el de Chile (donde el obispo que él nombrara en Osorno había sido denunciado como encubridor de casos de abusos) que lo obligaron a desdecirse y a pedir la renuncia en masa de los obispos trasandinos. Todavía quedan en la Iglesia temas enormes por afrontar, entre estos, el lugar de la mujer en una institución que sigue las tradiciones patriarcales. Probablemente su pontificado no llegue a avanzar en cuestiones como esta, o con el celibato sacerdotal obligatorio.
Creo, también, que la disponibilidad a abrir la documentación reservada sobre temas tan agudos como la política de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial y su silencio frente a la Shoá, así como las medidas tomadas en orden a poner en caja las finanzas vaticanas, hablan de una real voluntad de reforma. Su preocupación por los que más sufren la pobreza y la miseria, su decidida opción por la no violencia y su afán por establecer siempre diálogos en situaciones de conflicto es para él un mandato evangélico.
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