
Escuchar a Thelma en primera persona el relato de la violación que sufrió nos atraviesa a todos y a todas. Entender los matices que tiene esta violencia que se presenta agazapada y silenciosa nos llena de estupor. Sin duda, la relación de poder en el que se configura una violación queda expuesta. Nos obliga a repensar nuestras acciones, nuestra historia, nuestros hábitos y costumbres. La historia de Thelma, la de Calu, la de Lucía Lopez, las de tantas otras nos obliga a reflexionar de esta manera: estamos vivas de casualidad.
Rebobino mi vida hasta mi adolescencia en los noventa, sin celulares inteligentes, sin poder tomar fotografía de la patente del taxi que nos lleva hacia algún lado, sin poder compartir ubicación con tus amigas, sin tener conciencia del machismo que nos invade, nos somete a la reflexión de que nos salvó la suerte. Explorando y experimentando nuestra libertad podríamos haberlo pagado con nuestra vida o con nuestra dignidad.
El día después de las declaraciones de Thelma nos encontramos haciendo causa común acerca de la violencia machista que vivimos a diario. En mi caso sufrí la violencia machista innumerables veces, por parte de novios, de jefes, de amigos, de hombres que alguna vez me pregunté el por qué de sus reacciones, qué era lo que yo hacía para ponerlos así, violentos.
Hace ya 28 años que dedico mi vida a la actividad pública y este espacio no es ajeno a la violencia. Me cuesta escribir sobre esto porque es un tipo de violencia sutil que te invisibiliza, te enmudece, te relega y que nos pasa a muchas. Esa violencia es silenciosa. La mayoría de las veces hace que te aferres a tu vocación por lo público con mucha fuerza porque si no es intolerable. Quien lo tolera puede y avanza; quien se mantiene, la vence. Sin embargo, hace todo el recorrido más difícil y duro que para cualquier hombre de la política.
Recuerdo cómo en aquellos años noventa era incómodo hablar del cupo. La paridad era impensada. Los grupos feministas partidarios eran denostados. Quién querría ser del grupo de "esas" que no entendían nada de impacto político. La estrategia: autocensurarte. Medir tus opiniones en una reunión política para no cargar luego con represalias era parte de la dinámica aceptada. Recuerdo alguna vez defender alguna postura que seguramente no había consultado con los caciques, lo que me valió el "freezer" (silenciar mis intervenciones) durante varios meses. Me habían hecho creer que era parte del código político.
Es frecuente que una mujer en su lugar de trabajo o en su espacio político exprese una idea que no es considerada por los tomadores de decisión, y sin embargo, posteriormente, la misma idea es transmitida por algún varón, entonces el efecto es mágico: es atendida, enriquecida y ponderada. Esa agresión invisible acompaña la historia de la emancipación de la mujer durante décadas. Esa humillación que provoca el desinterés y el ninguneo permanente se refleja en la falta de reconocimiento. Al fin y al cabo solo queremos eso, que nos vean, que nos dejen ser parte de la productividad de ideas y desarrollo sin represalias por considerar una irreverencia al jefe de turno.
He visto a tantas mujeres en la política trabajar incansablemente durante décadas, dedicarle su vida y su capacidades a la construcción de poder y, sin embargo, he visto pocas mujeres que se han mantenido en la toma de decisiones. Intimida, te da miedo.
"Calladita te ves más bonita" me dijeron una vez, un refrán muy usado en Latinoamérica. Mostrarme apegada a conductas desafiantes o rebelde a la injusticia que provoca el desinterés del otro me hizo ver menos inteligente, según me dijeron. Sin duda, la primera condena que sufre una como víctima es el silencio. Se trata de no contar, no quejarte, no denunciar, dejar pasar y que pase rápido.
Cada maltrato, cada abuso de poder es físico, se siente en el cuerpo y en el alma, cada desprecio por nuestro ser femenino es una marca que duele cada vez que se la roza. Y duele mucho. Esa herida que todas tenemos en nuestra historia ayer sangró una vez más con Thelma. Sin embargo, el camino recorrido este año, con toda la fuerza de la sororidad nos inspira, nos empodera para decir basta definitivamente. Así estamos, listas para erradicar la violencia machista de nuestra cultura.
*Karina Banfi es diputada nacional por la Provincia de Buenos Aires de Cambiemos.
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