El autor es cubano. Periodista. Vivió en Venezuela por doce años. Preside actualmente el Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo.
Sesenta años de una tiranía cruel e ineficiente, solo eficaz en lo que respecta a la represión, el control de la información y la conservación del poder, es una experiencia desesperanzadora aun hasta para aquellos que asesinaron en su nombre.
Una cantidad notable de cubanos, dentro y fuera de la isla, están amargados y frustrados. Han perdido la esperanza de un futuro mejor para su país y, aun peor, no tienen interés en esforzarse para cambiar la actual situación, un síndrome que se aprecia particularmente en aquellos que creyeron ciegamente en el esplendoroso futuro prometido y hasta se sacrificaron por la materialización de esas propuestas.
Lo sensato habría sido que la frustración y la amargura que padecen se ciñeran al gobierno que les causó esos sentimientos, no a la nación, pero no ha sido así. El totalitarismo, con su intensa y extensa campaña de propaganda, se apropió de todo lo cubano, incluida la comprensión de la mayoría ciudadana, al extremo de que en la mente de los conversos la patria, la revolución y Fidel eran una misma entidad.
Las consecuencias de una frustración masiva de la sociedad cubana ha repercutido directamente en la generación de una crisis de identidad nacional en un número importante de los que cargan ese gentilicio, al extremo que muchos de los que viajan por compromisos familiares a la isla admiten que sus visitas duran lo estrictamente necesario, porque la vida en el país en el que nacieron les es intolerable.
Somos muchos los que tenemos amigos y familiares que son enfáticos cuando dicen que hubieran deseado haber nacido en otro país, porque en Cuba solo padecieron miseria, opresión y miedo; una troika ciertamente capaz de desarraigar a muchas personas cuando pierden la confianza en su comunidad nacional.
Por ese motivo en un sinnúmero de ambientes se escuchan severas críticas a las nuevas generaciones de cubanos, comentarios que se agudizan cuando el individuo demuestra una acentuada falta de disciplina laboral y social, relacionada frecuentemente con un comportamiento y urbanidad desagradable, irritando, entonces, a quienes comparten el medio en el que se desenvuelven, en particular a sus coterráneos, una penosa realidad, puesto que esos sujetos son productos de un ambiente de ciénaga y, como dice Ramiro Gómez, "el fango no tiende a procrear orquídeas".
Sin embargo, a pesar de esa amarga frustración, es preciso iniciar una empresa que tenga como objetivo devolver la confianza a todos, enfocándola con mayor fuerza a los más desencantados.
No hay dudas de que Fidel Castro fue la representación más exacta de nuestros males como nación, además de un excelente intérprete de nuestras debilidades, pero es muy cierto que al triunfo de la insurrección, la conducta de la mayoría ciudadana mostró ampliamente una gran falta de conciencia cívica en amplios sectores de la sociedad. Sin dudas, teníamos serias dolencias en nuestro carácter nacional, que un régimen de odio, sectarismo y represión acentuó gravemente.
La receta podría ser remontarnos a nuestras raíces más profundas, viajar al más remoto de nuestro pasado y ascender lentamente en la investigación de nuestros hitos históricos y en los paradigmas, los sucesos y las personas sobre los cuales se ha asentado la nación, consciente de que, aunque el Panteón Nacional está en constante crecimiento, es un deber importante ser cuidadoso en quienes serán los prohombres de las nuevas generaciones.
Hay que trabajar en una mayor investigación y divulgación de los paradigmas que forjaron la nación, además, en los avances jurídicos, económicos y sociales mientras se impulsan métodos que favorezcan el crecimiento de la conciencia cívica de toda la ciudadanía.
Esta labor a favor de una reconstrucción republicana no puede ni debe obviar las figuras públicas negativas de la historia nacional y menos ocultar los acontecimientos que lamentablemente ensombrecieron el país.
La restauración de la república demanda una conciliación de todos los factores que concurrieron y un acto de contrición, de penitencia, de todos los que sinceramente comprometidos con un futuro mejor están dispuestos a reconocer sus aciertos y desaciertos sin que tengan en cuenta la bandera ideológica a la que sirvieron.
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