La rapidez y la transparencia del voto electrónico implementado en toda la inmensidad del Brasil permitieron que el domingo pasado, en una o dos horas, conociéramos los resultados de las últimas elecciones presidenciales. Mientras se estaba confirmando el triunfo aplastante del derechista Jair Bolsonaro y la prensa argentina se preguntaba quién podía ser el clon vernáculo de este fenómeno, la frase "prueben trabajando" con acento salteño se colaba en las radios y los canales porteños.

El huracán Bolsonaro no es otra cosa que la expresión brasileña de un fenómeno que empieza a ser global. Por algo en los círculos más cercanos al Salón Oval de la avenida Pennsylvania se lo conocía como "the tropical Trump". Allí están más que felices por el resultado obtenido por el ex capitán carioca.

El triunfo del Brexit en el Reino Unido, del propio Donald Trump en Estados Unidos, de Matteo Salvini en Italia y el resurgimiento de la extrema derecha en otros países de Europa parecen responder a la misma tendencia. Una especie de reacción de las mayorías a las frustraciones profundas que les han ido generando los sistemas políticos vigentes y sus eternas e incumplidas promesas.

Para saber si esa desilusión generalizada en prácticamente todas las democracias del planeta pudiera implicar la aparición de un "elegido" que desde la nada irrumpa y se quede con todo, sería bueno tratar de desmenuzar primero qué se entiende por outsider.

Más allá de tratar de describir este fenómeno desde lo ideológico o de calificarlo con base en consideraciones históricas y morales, debería señalarse que existen una serie de requisitos comunes e imprescindibles a cumplir para quien quiera posicionarse en este lugar. No sería conveniente haber ocupado cargos de gobierno, algo que lo vincularía al sistema político en jaque. Esto no implicaría que, como en el caso brasileño, pueda tratarse de un actor de larga data de la comedia política, aunque nunca con un rol central en el escenario, siempre al margen y con posturas opuestas, y en ciertas formas rebeldes. Una buena forma de medirlo es través de los prontuarios relativos a la corrupción institucionalizada tan común en nuestras democracias. Bolsonaro en Brasil fue un diputado eterno, pero para nada salpicado por los escándalos que están hundiendo a todos por igual. Una oveja negra o, tal vez algo más preferible para él, una mosca blanca.

Tendría además que romper de cuajo con el discurso políticamente correcto. La idea es mostrarse tal cual se es y mientras más polémico, mejor. En este tema parecieran quemarse los viejos manuales norteamericanos que recomendaban construir verdaderos robots o autómatas, especies de Frankenstein armados con base en las encuestas y que, sonrientes, respondían frases agradables y adecuadas para congraciarse con cuanta minoría existiera en el universo. Después, sus incumplimientos crónicos terminaron sacándoles la careta. Hillary, sus frases ensayadas y posturas tibias que contrastaban con la sinceridad brutal del caballero del pelo naranja.

Los outsiders son criaturas que se alimentan y crecen con la crítica, sobre todo si proviene de las principales usinas sistémicas: otros políticos, los medios tradicionales, las ONG de moda y la academia. Esto implicaría contradecir otra consigna básica del marketing y la estrategia electoral, ya que no llegaría a lo más alto necesariamente quien intente agradar a todos por igual. Basta con transmitir con claridad el mensaje crudo y honesto a la base electoral y para eso las redes sociales alcanzan y sobran. Podría hasta resultar conveniente si los diarios y el resto de los medios instalados lo defenestraran. Cuando critican algunos actores influyentes y muy instalados, en realidad alimentan. Lo mismo sucede con los comentarios negativos de representantes muy vinculados con el sistema.

Hasta aquí cualquiera podría creer que el fenómeno en cuestión sería fácilmente replicable. Pero no. Se equivoca quien piense que lo que funcionara en Brasil sería automáticamente trasladable a otra realidad como la argentina. Eso sería como creer que Bolsonaro pudiera haber ganado con las consignas de Trump. En cada caso, el elegido debería llenar el vacío producido por la falta de respuestas del sistema instalado. Todo un desafío.

Si alguno de los tres tercios en que se divide el sistema político argentino reaccionara llenando estos vacíos y no dejando libres esos espacios por donde se cuelan los de afuera, el 2019 se resolvería entre ellos. Pero si por alguna razón queda algún "issue" importante sin perspectiva de resolución, tal vez aparezca un Bolsonaro.

Aquí en nuestra patria un supuesto outsider debería sintonizar con la preocupación que más angustie a la gran mayoría del electorado y no haya sido resuelta por la totalidad del sistema político vigente. La idea sería tratar de polarizar entre ellos y nosotros. Romper la vieja grieta, superándola con una nueva línea divisoria. En relación con tal tema, de aquel lado están amontonados todos los que se sirvieron del statu quo, mientras que en el otro está la gente común con su indignación y su cansancio a la que se pretendería representar y liderar.

Por eso no necesariamente la consigna de los anti-sistema de un país funciona en otro. Para ganar las elecciones ese "issue" debería atender la angustiante demanda de una amplia mayoría, de lo contrario, se podrían obtener importantes resultados pero no el triunfo.

Pero conviene hacer una aclaración. Cuando se pretende ver con antelación este fenómeno, siempre se genera un alto grado de incredulidad y profundo escepticismo. Las candidaturas de Trump y Bolsonaro un año antes de las elecciones solo generaban burlas y rechazo por parte del llamado "círculo rojo".

Los plazos se van acortando y pronto sabremos si en la Argentina del 2109 habrá o no un lugar para un Bolsonaro. Será cuestión del contexto, de la existencia de una bandera vacante y de la aparición de un personaje que reúna los requisitos necesarios, y tenga el temple y la voluntad requeridos para confrontar contra viento y marea. Una combinación de factores compleja pero, por lo visto en otros países, no imposible.