La foto de los cuatro dirigentes peronistas es importante, ayuda a la democracia, a la pacificación, a ese proceso imprescindible que ni Mauricio Macri ni Cristina Kirchner soportan. Necesitamos pequeños gestos para restañar las heridas de absurdas demencias.

Estamos divididos en tribus más fuertes que la patria. Tribus que se odian o se ignoran, conglomerados de intereses o de carencias, de rencores o de recuerdos, divisiones que crecieron sobre la ausencia de lo colectivo. Sed de venganza de un extremo al otro, de los que tenían el poder y lo perdieron, y de los que llegaron al poder y no lo quieren perder. Ambos prometen ayudar a los necesitados, ambos se terminan ayudando a sí mismos. Y cada vez los necesitados son más y fueron incrementadas sus carencias. Y los anteriores y los que vinieron se pelean por su voto, y ellos —los extremos— sueñan con una batalla final que defina la situación de distintas fuerzas, pero esa batalla no llega nunca y somos muchos los que jamás velamos las armas porque no nos sentimos parte de esa guerra.

Están los que nos acusan de haberlo votado y los que nos acusan de no apoyarlo lo suficiente. Cada uno nos cuestiona como si vivieran solos en esa selva de fanatismos sin ideas.

El Gobierno hoy tiene solo dos elementos que lo sostienen, el odio al peronismo y la ausencia de candidatos alternativos. Ya las culpas del pasado quedan obsoletas al lado de la desmesura de fracasos propios. De lo prometido nada se volvió realidad, imaginaban convocar inversiones y se llevaron lo que quedaba más lo que nos prestaron. La inflación y la deuda acompañaron el crecimiento de la pobreza y la terrible baja del consumo. Repiten como loros el cuento de que el pueblo gasta demasiado. Ya nos quedamos sin ferrocarriles y sin Fuerzas Armadas, saquearon el Estado, concentraron la riqueza en pocas manos y todavía quieren avanzar un poco más. El cuento es el miedo a Cristina y a Nicolás Maduro, de Bolivia ni hablan, Evo Morales es el logro que no soportan observar. Uruguay y Chile son los ejemplos de cordura que desnudan nuestra atroz injusticia.

La sociedad necesita superar el fantasma de Cristina para poder asumir el fracaso de Macri. El mundo se enfrenta en la defensa de sus proyectos productivos, nosotros carecemos de la más mínima idea de qué país queremos definir. Cuarenta años sin rumbo, creciendo la pobreza, la deuda y la dependencia extranjera, cuarenta y no setenta como dice Macri y ni siquiera expresa Cristina.

Nos dicen que gastamos más de lo que producimos; los ciudadanos, nunca los empresarios; los salarios, nunca la renta; eso impediría que nuestros ricos puedan competir al nivel de los más grandes acumuladores del mundo. Los miles de millones de los nuevos enriquecidos son la causa única de la miseria de los millones de caídos. La política discute de todo menos lo que debe discutir: la distribución de la riqueza. Pareciera que los ricos alcanzaron ya el poder necesario para prohibirnos que lo debatamos.

Los de hoy no son ni radicales ni peronistas, heredan la historia de los gobiernos militares que pensaban exactamente igual y actuaban en simetría al presente, gorilas que no soportaban ni siquiera la revolución industrial. Y estos tampoco porque prefieren importar, son comerciantes e intermediarios, banqueros y manipuladores de los servicios públicos que supieron usurpar.

El cuento de "achicar el Estado es agrandar la nación" y no terminan nunca de llevarse lo que sueñan; desean, imaginan que les pertenece. Todo un pueblo en desesperación para que ellos acumulen sus miles de millones. Los números de esa riqueza que no podrán jamás ni gastar ni disfrutar son la excusa, razón esencial de la miseria del pueblo. Producimos lo mismo que siempre, ellos se llevan lo que antes era de todos y no quieren parar su proceso de enriquecimiento. Parásitos, querían competir entre los ricos del mundo, ellos que no producen nada, solo coimas y saqueos.

El odio les crece en la misma medida que el fracaso. Le echan la culpa al peronismo pero son ellos la ruina de la democracia. Asociación de ricos que no producen nada. Critican a los sindicatos —en algo tienen razón—, pero si por ellos fuera ya los hubieran vendido al extranjero y tendríamos sindicatos como filiales de Miami. Siguen siendo nacionales solo porque no son de ellos y no los pueden vender. Intermediarios, rematadores, financistas, los grandes devoran a la clase media. Y algunos discuten si es con o sin Cristina, como si eso tuviera algo que ver, como si con ella no fuera lo mismo que sin ella.

El modelo de país de ellos, el de los Macri y el de los Kirchner, con sus matices de diferencia, tiene solo tres clases sociales: los muy ricos, los empleados de los muy ricos y los subsidiados. Y por desgracia a ese modelo lo están logrando imponer.