
En las últimas semanas, la propuesta de dolarización ha ganado fuerza como un instrumento idóneo para romper el círculo vicioso imperante en nuestra economía que multiplica las expectativas de inflación (devaluación) a través de la imposición de altas tasas de interés que aumentan el déficit fiscal y conducen inexorablemente a una recesión.
La dolarización se genera cuando un país abandona oficialmente su propio patrón monetario y adopta como moneda de curso legal el dólar de EEUU. Con la dolarización, toda la deuda pública y privada se expresa en dólares, y tanto las cuentas públicas como las privadas tienen que convertirse en dólares. Así, el país pierde irremediablemente su autonomía monetaria y resigna el uso de instrumentos monetarios para intentar conducir el ciclo económico.
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El atractivo principal de la dolarización reside en que al eliminar el riesgo de devaluación del tipo de cambio, se generaría automáticamente una prima menor de riesgo-país. Esta medida es percibida por sus defensores como un cambio institucional irreversible hacia condiciones de baja inflación, responsabilidad fiscal y transparencia, aunque de hecho no asegure por sí misma nada de ello.
De manera que la decisión de dolarizar se tomaría primordialmente para aumentar la confianza de los inversores internacionales, a fin de conseguir en el futuro tasas de interés más bajas para el crédito internacional y, como consecuencia de ello, lograr niveles más elevados de inversión y de crecimiento de la economía a mediano plazo.
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Pero, lo cierto es que este eventual beneficio futuro es contrapesado por un inmediato costo implícito que conlleva necesariamente la propia dolarización. Para dolarizar se debe fijar discrecionalmente el tipo de cambio al que se convertirán deudas, contratos y activos financieros en vigor.
Esta es la clave: dolarizar implica cristalizar una estructura de precios relativos. Por tanto, al tomar esta decisión se eligen cuáles sectores de la sociedad serán "ganadores" y cuáles resultarán "perdedores" a partir de la medida que se ha tomado. La característica principal de la dolarización es que esta cristalización es de movida prácticamente irreversible: se habrá elegido una economía con salarios "altos" o "bajos", con un sector público "más grande" o "más pequeño", con deuda "más alta" o "más baja", según sea el tipo de cambio elegido al momento de la dolarización.
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Queda claro entonces que la dolarización es en esencia una medida de carácter político, ya que no hay manera de formularla como una determinación estrictamente derivada de variables económicas dado el contexto de marcados desequilibrios en el cual se tomaría la decisión.
Dado el estado actual de los precios relativos en nuestro país, una dolarización que se llevara adelante en las presentes condiciones, implicaría dejar a los salarios en niveles de poder adquisitivo históricamente bajos –en particular, aquellos del sector público–, lo que restaría demanda a la estructura del actual aparato productivo preparada para suministrar bienes y servicios a un mercado interno más robusto. Por tanto, en una primera instancia, la dolarización provocaría un súbito aumento de la desocupación al obligar a la inmediata reconversión del aparato productivo, al desvanecerse toda expectativa de una modificación significativa en la distribución del ingreso que pudiera eventualmente reactivar la demanda doméstica.
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Para conjeturar sobre nuestro futuro dolarizado a más largo plazo, hay que tener en cuenta que un país que renuncia a tener su propia moneda no es nada nuevo. La experiencia más reciente es la que condujo a la instalación del euro. El euro entró en circulación el 1º de enero de 2002 en los doce Estados de la Unión Europea que lo adoptaron entonces como su propia moneda. Luego de más de dieciséis años de vigencia, países de la Eurozona como España (15,1%) y Grecia (19,5%) aun mantienen un alto desempleo. A su vez, ambos países tuvieron un crecimiento prácticamente nulo entre 2007 y 2013 a consecuencia de la Gran Recesión, quedando así demostrado que -por sí mismo– el cambio de moneda no garantiza en absoluto la salud macroeconómica de un país.
De modo que la dolarización en las actuales circunstancias de nuestro país, conduciría con certeza a una mayor desocupación en el corto plazo y a una azarosa marcha de la economía nacional en el mediano y largo plazo, al haberse renunciado al uso de la política monetaria como instrumento estabilizador del ciclo económico.
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