Defenestrado por medio mundo, denostado por casi toda la prensa de su país y del extranjero, burlado por los académicos, odiado por el establishment político, Donald Trump sin embargo va marcando un camino y diferenciando un estilo.
Poco a poco va cumpliendo con sus promesas de campaña. Muchos dicen que por su casi total carencia de compromisos preelectorales, lo que, sumado a su temperamento impredecible ya conocido y probado hasta el hartazgo en su vida previa como empresario, se va convirtiendo en una especie de hombre libre que hace lo que quiere. Cumple lo que prometió y atiende así a su núcleo duro de seguidores, aunque esas decisiones desagraden al resto del mundo.
Casi la antítesis de su predecesor, Barack Obama, que, seduciendo a griegos y troyanos, andaba por el mundo pregonando su doctrina casi humanista y de alta corrección política, pero que, por negociaciones partidarias, especulaciones electorales y buenas maneras, no podía traducirla necesariamente en decisiones que modificaran la agenda interna de los Estados Unidos. Solo cuando se transformó en pato rengo, después del revés de los demócratas en las legislativas del 2014, pudo poner en práctica algunas de las decisiones más polémicas de su muy liberal lista ofrecida a sus votantes casi seis años atrás.
El muro de la frontera sur, el veto anti-inmigrante aplicado a algunos países musulmanes, la guerra comercial con China y con algunos de sus más tradicionales aliados, el impasse en el NAFTA, la pateada del tablero internacional que implicaron la cumbre con Kim y la recientemente anunciada reunión con Vladimir Putin en Finlandia, y su intención de reincorporar a Rusia al G7, son solo muestras del camino implacable que va siguiendo Trump. En este recorrido tiene siempre como norte su eslogan "America first", algo que para muchos especialistas podría traducirse en un golpe muy fuerte al libre comercio y la globalización, con consecuencias letales para el proceso de expansión que viviera la economía mundial en los tiempos previos a la crisis del 2008.
Pero sin dudas este rumbo está trayendo beneficios palpables al típico americano, que con su voto hizo presidente a este outsider. Primero, eligiéndolo para pasar la interna republicana y, luego, ayudándolo a derrotar sorpresivamente a la super favorita Hillary Clinton. Tanto se habían preocupado los estadounidenses por dignificar e integrar a sus numerosas minorías que habían terminando descuidando a su mayoría. Con algo de ironía, el gurú de las campañas, Dick Morris, decía que Trump había descubierto y elegido como objetivo a una nuevo grupo étnico en los Estados Unidos: el hombre de raza blanca, de edad mediana o mayor, trabajador en actividades industriales algo decadentes o desempleado, habitante de ciudades medias del profundo interior y que últimamente no ejercitaba mucho su derecho al voto voluntario. A esa "minoría" que sumaba casi un 30% de los inscritos para sufragar les ofreció en forma muy clara lo que desde los años 50 o 60 nunca nadie les había ofrecido, algo muy básico: más trabajo y mejores salarios. Le creyeron, lo votaron y ahora el "rubio" neoyorquino se los está cumpliendo desde el Salón Oval.
Las encuestas lo están reflejando. Con un muy mal comienzo, su imagen de gestión en pocos meses pasó de un muy pobre 25% o 30% a un sólido 43% a 45%, con una negativa apenas superior al cincuenta por ciento. Si esta tendencia se mantiene y se logra traducir ese apoyo de la opinión pública en votos para la estructura republicana, es probable que el GOP (Grand Old Party) pueda sortear exitosamente las elecciones parlamentarias de noviembre de este año.
Si esto se verificara, sin dudas se abriría la puerta para su reelección en el 2020. Gran sorpresa, especialmente para sus detractores, que este hombre que llegara como outsider a la Casa Blanca señalando un camino novedoso de acceso al poder ahora podría demostrar algo básico pero casi olvidado en las democracias occidentales: un gobernante que cumple con sus promesas, cualquiera sean ellas.
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