
Hoy a partir de las tres de la tarde, todos seremos "más argentinos que nunca". Sin embargo, si nos detenemos solo unos minutos a pensar cómo se llegó hasta aquí, el resultado lógico sería la vuelta a casa.
No se trata de un deseo personal, sino de revisar algunas de las situaciones que llevaron al seleccionado nacional a uno de los peores momentos de su historia.
El fútbol nacional es quizá el peor organizado y administrado del mundo. Vos sabés: la Argentina es el único país donde los campeonatos locales se juegan sin público visitante.
Lo venís escuchando desde hace décadas: el nivel de improvisación de sus dirigentes es alarmante. Tan alarmante que el principal argumento de por qué los mandamases de la AFA, Claudio Tapia, Hugo Moyano y Daniel Angelici hacen todo mal es la desaparición de uno de los dirigentes más corruptos y autoritarios de la historia del fútbol reciente: Julio Humberto Grondona.
Dicen: "Con Don Julio, esto, no hubiera pasado", olvidándose de que Don Julio era el rey de la trampa y la viveza criolla. Olvidándose de que El Padrino se vanagloriaba de manejar la multimillonaria caja de la FIFA sin hablar una palabra de inglés.
Algo muy parecido a lo de Jorge Sampaoli reivindicando la improvisación y la pasión por encima de la planificación y la organización.
Algo muy parecido a lo de Tapia, dando clases primero de relaciones internacionales y después de periodismo, en plena caída libre hacia la debacle final.
En semejante contexto, el frustrado amistoso contra Israel y la malograda visita al Vaticano son solo algunas de las últimas consecuencias de un desmanejo que viene de muchos años, y no parece casualidad.
Quizá haya que recurrir a otro lugar común y decir que tenemos el fútbol que nos merecemos.
Pero tampoco sería muy descabellado argumentar que también tenemos el periodismo de fútbol que supimos conseguir, salvo honrosas excepciones. Un periodismo repleto de panqueques, panelistas indignados, gente que critica a los jugadores como si hubieran cometido un crimen, desde un Olimpo inexistente, más cerca de un barrabrava que de un trabajador de prensa alfabetizado.
Los argentinos tenemos un serio problema y, por supuesto excede lo que implica el resultado del partido contra Nigeria. Nos creemos los mejores del mundo en casi todas las materias del mercado, pero sin ningún fundamento que lo avale.
Somos fanáticos del pensamiento mágico y en la estupidez cada vez más repetida de que Dios es argentino, y que, en el último minuto, alguien nos va a salvar.
Depositamos en nuestros ídolos las propias frustraciones, y si llegan a fracasar, como cualquier mortal, los hacemos responsables de todos nuestros males.
Por supuesto que esta enfermedad no es exclusiva del mundo del fútbol, sino que atraviesa todas las disciplinas, como las políticas de salud, la educación, la economía, la política. Es la argamasa con la que elegimos a nuestros gobernantes y nuestros legisladores.
Tuve la suerte de viajar hace años a Japón y escuché cómo un sabelotodo argentino, sin ponerse colorado, le decía a un cocinero cómo se debe preparar el arroz.
En Moscú, hace poco, me pasó lo mismo con varios compatriotas. Daban a los moscovitas clases magistrales de política internacional, economía, gastronomía, cultura, y por supuesto, fútbol también.
La pseudosabiduría nacional multidisciplinaria, condimentada con altas dosis de soberbia, prepotencia y negación de los propios errores es lo que constituye el actual ADN argentino. En esto sí, somos los indiscutibles campeones del mundo.
Ojalá que hoy ganemos bien, pasemos, y usemos el tiempo para hacer mucha autocrítica y practicar algo a lo que el seleccionado uruguayo le está sacando mucho provecho: la sencillez y la humildad.
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