
Con la misma ciega desesperación con que el náufrago acezante se aferra a un mondadientes que lo ayude mínimamente a mantenerse a flote, se celebra la inclusión del país en el índice MSCI de mercados emergentes. Se trata por supuesto de un muy positivo paso, además en el momento preciso, que no hay que descartar que haya sido deliberadamente elegido para reforzar el apoyo extraordinario obtenido del Fondo Monetario Internacional.
Para poner este logro en perspectiva, este ascenso desde el último círculo del averno financiero es el premio a las únicas medidas de corte aperturista y de libre competencia que se han aplicado en el país desde el 10 de diciembre de 2015: la salida del cepo, la instauración de un mercado cambiario sin limitaciones de entrada y salida de capitales, dividendos o intereses, el arreglo del default, un Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) confiable no manoseado, una cierta recomposición de reservas, garantías de no injerencia del Estado en la conducción de las empresas privadas, una clara vocación de inserción en el ordenamiento global y el giro de política internacional que ha reposicionado a la Argentina en el capitalismo y en Occidente. Todo reforzado, volitivamente o no, por la reciente decisión de permitir una más libre flotación del tipo de cambio, presupuesto fundamental para mantener la estabilidad de la cuenta corriente y en definitiva de la credibilidad.
Eso es lo que cuenta para poder participar en los mercados bursátiles mundiales. El resto está librado a la evaluación de los inversores, sea de corto o largo plazo, vía las calificadoras de crédito o los analistas de cada institución. De modo que no sería prudente vaticinar grandes cambios en el riesgo país, ni en el grado inversor, ni significativas en la tasa de los bonos, ni en la capacidad de endeudamiento del país, salvo las que surjan para las empresas privadas vía sus emisiones de ADR en Wall Street.
Y eso es justo y acertado. El país ha alcanzado temporalmente la calificación de emergente en lo que hace al mercado accionario, pero ninguna de las deficiencias de los fundamentals, ni aún las institucionales, está ni siquiera cerca de resolverse. En ese sentido, y en otros, puede decirse con certeza que Argentina sigue en estado de emergencia.
Un pobre sistema político, tanto en sus mecanismos electorales como en la calidad de sus protagonistas —partidos y dirigentes— que no colabora a promover y facilitar los cambios imprescindibles para recomponer las bases éticas, de orden social y de solidez jurídica imprescindibles para que una sociedad funcione, aún sin pretender reformas de fondo. Y nada hace pensar que alguien tenga algún proyecto de mejorar el estado de cosas.
Una Justicia endeble, cuestionada, arbitraria, sospechada mayoritariamente de corrupta, cuando no de partidista o disolvente; un aparato de seguridad martirizado por el gramscismo importado y el telúrico, por sus propias ineficiencias y corruptelas, por el juego perverso de los poderes de los capangas provinciales; un andamiaje de desorden organizado que además cobra fortunas en verdaderas coimas del Estado para supuestamente mantener en caja a marginales innominados choripaneros; un sindicalismo mafioso, millonario y chantajista, además aliado al poder económico del proteccionismo industrial que desangra a los sectores eficientes y productivos. Panorama que luce casi imposible de modificar, en especial por el entrecruzamiento de intereses y enjuagues de estos sectores entre sí, cuando no en la coparticipación de la corrupción, de cada uno de los protagonistas, con prescindencia del papel que les toque jugar en cada instancia. Como en El gran teatro del mundo de Calderón, cada uno de estos protagonistas se pone el ropaje de gobierno, oposición, sindicalismo, pobrismo, proteccionismo, contratismo o el que le toque representar, pero sin la menor intención de cambio.
Como elemento conector de estas tipologías, el peronismo, o movimiento justicialista, con sus mil disfraces, de bueno, malo, subversivo, abolicionista, republicano, negociador, aborigenista, chantajista, saboteador, progresista, de izquierda o derecha, imperialista o lo que convenga, en algunas visiones autor principal del libreto, para otros, al menos obstáculo insalvable para cualquier solución.
Y como causa-efectos de ese tsunami, la deseducación y la inflación sistémicas (dos grietas insalvables), la irresponsabilidad fiscal de toda la población, no solo de quienes gobiernan; una masa de desempleados más grande que los ocupados para los que el país no tiene trabajo aunque esa masa quisiera trabajar; un sector privado pequeño que mantiene a un sector mayoritario parásito e impagable; y un régimen jubilatorio explosivo y en quiebra permanente al que ni siquiera se ha atinado a rescatar revisando los tres millones de jubilaciones regaladas por el Gobierno cristinista.
Un país sin inversión, sin crédito externo ni interno, seriamente hablando. Con una industria disfrazada de infantil que solo funciona con prebendas a costa del bienestar y el crecimiento del resto. Con una inmigración en fuerte aumento que es incapaz de controlar, por prejuicios, por incentivos consulares y por ignorancia, que solamente sabe importar subsidiados y más gasto estatal, sin ningún plan ni objetivo.
Y coronando el panorama, una ausencia de toda política de defensa, que se permite creer, con un pensamiento de abuela, que ya no hay hipótesis de conflicto, por lo que hace 30 años que se esmera en dejar a la nación en una debilidad geopolítica y estratégica de extrema fragilidad al desconocer los artilugios modernos de disolución programada del poder y la soberanía de las naciones incautas, si se pude hablar de soberanía sin que esa palabra se tome como una muestra de inocencia.
Por supuesto que cada uno puede atribuir este panorama a orígenes y causales que se remonten a los últimos 15 años, o a los últimos 70 u 80, o a Perón, a Yrigoyen, a Rivadavia o a 1806. Eso no cambia el concepto de que se está ante gravedades y urgencias que se han ido acumulando y agravando. Y que no tienen signos de revertirse, fuera de los discursos o los relatos multipartidarios.
Ese índice, ese grado de calidad institucional, esa calificación social, humana y económica, esa integridad de sociedad, de república y de nación, es lo que está en categoría fronteriza. Utilizando ese término tan desgraciado más en el sentido psiquiátrico-neurológico que en el económico.
Seis analistas han colocado temporalmente al país en la categoría de emergente. Hace falta mucho más que eso para sacarlo de la emergencia terminal en la que yace. Pero si el lector quiere, puede celebrar el carnaval bursátil. Por un rato. El optimismo lo es todo, ¿verdad? Y no hace falta tener planes, ni hacer esfuerzo alguno, ni salir de la corrupción y la trampa. Como ha quedado demostrado en Rusia.
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