
Ayer, después de mi editorial en 4 Días, recibí una cantidad inusitada de comentarios.
La hipótesis que intenté poner sobre la mesa es que la convocatoria del próximo 25 de mayo de actrices y actores seguidores de Cristina Fernández y el discurso de los metrodelegados como Roberto Pianelli tenían una misma matriz. La matriz del pensamiento único, consignista, irracional, culposo, chauvinista, vacío, sectario, casi religioso, de quienes se sienten los dueños absolutos de la verdad y descalifican a todos los que no pensamos como ellos.
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En el medio de inusitados halagos, de muchas críticas constructivas y de descalificaciones de muchos dueños de la verdad -estos últimos cobardes y anónimos- recibí uno, de alguien muy cercano y querido, que me dijo: "Vos no podés descalificar a los que convocan a la marcha de mañana. Además, te ponés enfrente, tipo héroe, para que te reputeen. O para que digan que defendés a Macri. Vos, con tu discurso, estás alimentando la grieta".
Es evidente que, a pesar de que usé más de 5000 caracteres en explicar mi razonamiento, no me terminé de hacer entender.
Voy de nuevo: mi análisis no tiene como objetivo hacer fracasar la convocatoria. Ni decir que todos los que asistan son unos cabezas de termo. Al contrario: creo que tienen que asistir todos los que se sientan impulsados a hacerlo, tanto como gozan del derecho de quedarse en su casa quienes así lo deseen.
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Lo que dije y repito es: la consigna del discurso de las actrices y los actores que vi y escuché tiene tintes neofascistas, parece extraída del manual de la micromilitancia nacionalista.
Dice, textual: "El 25 de mayo voy a ir con mi familia al obelisco para cantar el Himno Nacional, porque con el FMI la patria está en peligro".
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Y todos dicen lo mismo, casi como autómatas.
La apelación recargada hacia todo lo nacional y sagrado- el 25 de mayo, la familia, el himno, y hasta el obelisco- con todo respeto, tiene un aire "galteriano". Estoy hablando del discurso del dictador Leopoldo Fortunato Galtieri, el general que galvanizó a los argentinos al reivindicar la guerra de las Malvinas.
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Insisto, además, que como todo discurso de ese tipo, conlleva, en su contenido, la acusación implícita de que todos los que no se atrevan a adherir a la consigna son apátridas, defensores del Fondo Monetario Internacional o fanáticos de Mauricio Macri y toda su horda de millonarios, insensibles de derecha.
Y el gran argumento del metrodelagado con el que discutí hace unas horas va en el mismo sentido. Me quiso poner del lado de los malos. Y me acusó con un prejuicio de marca mayor. Descontó que hace mucho que no viajo en subte, por lo tanto, soy la encarnación del mal. Como si viajar en subte te hiciera un ángel y lo contrario una porquería.
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Me fatiga aclarar todos los días que intentaron acusarme varias veces, incluso ante la justicia, de evasor y otros delitos. Y que fui sobreseído.
Me fatiga recordar una y mil veces que no solo demostré mi inocencia, sino que también obtuve un fallo de la Corte que reconoció que el gobierno de Cristina quitó la publicidad oficial de todos los proyectos de La Cornisa de manera intempestiva, como un acto de censura.
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Me aburre repetir que desde todos mis programas me hice ecos de decenas de denuncias contra el gobierno de Macri.
Me fastidia aclarar que además presentamos denuncias originales contra el gobierno de Macri, y que nuestras fuertes críticas políticas son públicas y, por suerte, tienen un alto impacto.
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Pero la crítica de ese alguien tan querido me hizo comprender un par de cosas más: que los nuevos dueños de la verdad tienen como objetivo no solo lavar cerebros, también pretenden hacernos callar a quienes no pensamos como ellos, por miedo a las consecuencias que podamos sufrir.
A mí eso no me achica. Me impulsa a cuestionarlos más. A explicar mil veces lo que tengo que explicar.
Y, especialmente, a ponerlos en evidencia: no están reivindicando solo consignas de alta carga simbólica, están trabajando para Cristina Fernández y Hugo y Pablo Moyano, dirigentes muy complicados en la justicia que necesitan volver al poder para no ir presos y pagar las consecuencias de sus actos.
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El hijo del líder camionero, por ejemplo, es uno de los principales convocantes.
Así que si vos querés ir y defender lo que creés justo, por lo menos pedí a quienes movilizan que no se disfracen detrás de las banderas de la lucha contra el FMI, porque es la defensa de sus asuntos particulares el verdadero motor de la movida.
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