La macroeconomía PRO del tanteo

Carlos Leyba

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La macroeconomía PRO puso al desnudo los problemas de no tener un comando unificado. Como bien sabemos, problema que no se reconoce no tiene solución. La jefatura de gabinete, que funge como coordinación, en definitiva es un comando más.

Y si hiciera falta una mayor aclaración basta listar los despidos de primera clase ocurridos por la rebeldía de no aceptar ser "coordinados" por la jefatura de gabinete, si es que se entiende por coordinación lo que para los demás mortales son órdenes. Alfonso Prat-Gay, Carlos Melconian y ahora Abad. Ninguno de ellos resultó apto para ser coordinado y de ahí el desalojo. Disputas por el control del comando y conflictos por la demarcación del territorio.

Más de un comando. A veces vemos en la Ciudad automóviles con dos volantes, uno para el profesor y otro para el alumno. No es este el caso. El doble o triple comando de la macro PRO no revela situación de aprendizaje en la que hay un conductor verdadero. Más bien es la apuesta a la búsqueda de una conducción equilibrada por la vía del tanteo. Uno hace, el otro compensa. La conducción equilibrada es una condición necesaria, aunque no suficiente, para una política equilibrada. Toda compensación es tardía, por definición.

Tatonnement ('tanteo') es la expresión con la que el padre del liberalismo económico, Léon Walras (1834-1910), describió el tránsito de prueba y error en el que las economías de libre mercado (el remate y la puja entre oferta y demanda) arriban al equilibrio y, consecuentemente, a la estabilidad de precios. El equilibro brinda estabilidad. Pero no toda estabilidad es signo de equilibrio. Por ejemplo, la estabilidad lograda por el mecanismo de la deuda, de la que el proceso de la convertibilidad es un ejemplo, acumulaba un formidable desequilibrio.

El equilibrio de las variables económicas puede generar estabilidad. La estabilidad no puede por sí generar equilibrio. Centrarse en la estabilidad sin trabajar prioritariamente el equilibrio es solo comprar tiempo. Nada más. Los desequilibrios finalmente desestabilizan. Nos sobran ejemplos de estabilidades precarias en el marco de desequilibrios evidentes. ¿Qué estamos haciendo hoy?

La búsqueda de la estabilidad, a través de la herramienta monetaria de la tasa de interés, liderada por Federico Sturzenegger, recibió un sosegate de la jefatura de gabinete. Alguien observó la existencia de una presión estabilizadora que, sin éxito en lo propio, resultaba desequilibrante en el contexto global. Después ocurrió una tibia reducción de la tasa de interés.

Fue consecuencia del consejo de no tirar tanto de la soga (tasas reales altas) que, utilizada como herramienta para frenar los precios (en realidad, solo la intención), acaba por desacelerar la economía (lo que sí ocurrió).

El resultado fue una suerte de abandono de la política de metas. La política de metas se extingue, por definición, cuando las metas cambian. Ese fue el "volantazo 1". "Si no le gustan estas metas, tengo estas otras", la economía Marx de Groucho.

Luego del cambio, hubo un movimiento en el mercado cambiario que provocó un alza de la cotización del dólar que, dada la estructura productiva tan espantosamente dependiente de la importación, dio lugar a un nuevo e inesperado (para el PRO) impulso inflacionario. La elasticidad de la importación a PBI de 2017, informada por las cuentas nacionales, fue 5. "Aquí y ahora, crecer es importar".

El "volantazo 2" fue el abandono de la libre flotación y la pulsión por vender dólares para alimentar el apetito de fuga. Pasamos de la libre flotación a la nunca bien ponderada ancla cambiaria para amarrar el dólar y combatir la inflación. El argumento es el poder de fuego de las reservas del BCRA. La consecuencia es el atraso cambiario.

El endeudamiento en dólares (acumula reservas), cuya razón es financiar el gradualismo en el manejo del déficit fiscal, contribuyó a "planchar" el dólar a pesar de la fuga de 22 mil millones de dólares en 2017 que estuvieron acompañados por 12 mil millones de saldo neto de turismo. Nada nuevo.

Pero la abundante presencia en el mercado internacional de crédito del afamado deudor argentino dio lugar al "volantazo 3". Nos estábamos pasando. El ministro Luis Caputo viajó a la meca para informar que, en 2018, nos endeudaremos en pesos indexados: más tasa real en dólares. Pero los inversores internacionales que venderán dólares para pasarse a pesos, a pesar de la indexación más tasa, exigen estabilidad del dólar para pegar la vuelta con una buena cosecha. Del derecho o del revés, la deuda está asociada a dólar planchado. Película repetida.

¿Esta estabilidad del tipo de cambio es la consecuencia de un equilibrio en las relaciones con el resto del mundo? No. Déficit comercial, aumento de la deuda externa y tasa en dólares que más que duplica la tasa de crecimiento del PBI, acompañada de estancamiento de las exportaciones. ¿Equilibrio?

El déficit de la cuenta corriente del balance de pagos asciende a 5 puntos del PBI, mientras que el déficit fiscal suma 6 puntos del PBI. Claro que, en las cuentas fiscales, depende cómo se hagan los números y es muy razonable que, incluyendo todo, el déficit sea mayor y probablemente esté entre los más altos desde que llevamos registro. Ambos déficit conviven con el extraordinario déficit social que esos fenomenales desbalances no sirven para eliminarlo. Es otra señal de desequilibrio. Nada nuevo en los desequilibrios. Nada nuevo en que el dólar está barato. "Si conviene comprar, es porque no conviene vender", dice el cambista.

Conclusión, la macro PRO es por tanteo; y es una de las consecuencias lógicas de tener doble o triple comando: los intentos de corrección son a puro volantazo.

La contestación oficial es que la economía creció, cierto; que la inflación no subió, cierto; que el desempleo no aumentó, cierto; y que nadie pronostica una estampida, una "crisis macha" como las que hemos atravesado en las últimas cuatro décadas. Cierto. Pero, más allá de la grieta política que todo lo emponzoña, los que miramos sin vendas en los ojos, vemos rajaduras y filtraciones económicas que, siempre que aparecieron, más tarde o más temprano, nos trajeron más problemas que los que teníamos.

Las rajaduras evidentes son la fuga persistente, la venta de dólares oficiales para que las compras no provoquen el alza de la cotización y el horizonte de la deuda (dólares o pesos indexados) como solución universal y continuada.

Para el Gobierno no es un problema. Y ese, justamente, es el problema. Apoyado en Christine Lagarde, para quien "los dos primeros años del Gobierno de Macri han sido asombrosos"; el presidente del BCRA ha dicho: "Tenemos un nivel de deuda bajísimo y por eso no me preocupa". Dos afirmaciones. En el primer año PRO, el PBI cayó y la inflación subió y, en el segundo año, lo que había subido bajó y lo que había bajado subió. Compensación imprescindible. ¿Es eso asombroso?

¿Puede no preocuparse un presidente del BCRA del incremento de la deuda externa destinada a financiar el déficit fiscal, monetizarla y absorber la emisión generando una montaña de Lebac que provoca un monumental costo cuasi fiscal y una transferencia escandalosa de ingresos a favor del sistema financiero? Nada asombroso y algo que produce mucha preocupación.

Déficit gemelos de gran tamaño, inflación del 25% anual y crecimiento de 2,9% que lleva el nivel del PBI al que tuvimos en 2015. Esfuerzo para volver.

El PBI por habitante ha caído en dos años de gobierno y la deuda externa aumentó. Menos producto y más deuda por habitante. Hasta ahí la macro del tanteo. Sin duda, los problemas no son sencillos de resolver, la herencia es tremenda. Todo eso es verdad. Pero no hay nada que se pueda confirmar como "un éxito en el corto plazo".

¿Qué del largo plazo? Lo único que sabemos de sus declaraciones es que la visión PRO está focalizada en dos puntos extremos, que están instalados en un inmenso vacío. Por una parte, el "metro cuadrado" y, por la otra, "el mundo".

Los comentaristas, los periodistas afines, los encuestadores, se enorgullecen cuando hablan del objetivo, del tributo al metro cuadrado. Las primeras líneas, Presidente, ministros, por su parte, conjugan el ingreso al mundo como la bandera de la gran política. La segunda línea va por el metro cuadrado. La primera línea se imagina estadista y va por el mundo. Pero entre los extremos hay un espacio vacío en el que ambos objetivos flotan. No escuchamos nada ni a nadie reflexionar, programar acerca de cómo se unen esos puntos extremos.

Para el PRO el metro cuadrado es solucionar "los problemas de la gente", "la cuadra de su casa, la luz pública, la escuela de su hijo, si cree que va a estar mejor" (sic). Por eso el timbreo y la obra donde está "la gente". El metro cuadrado es el que genera los votos PRO. Trabajando el metro cuadrado el Gobierno gestiona. El metro cuadrado es uno de los pilares PRO. La política del metro cuadro mejora. Pero no reforma estructuras.

Para los analistas próximos al PRO "en la campaña 2015, Cambiemos vio una construcción aspiracional de la lejanía: 'Soy rico, soy flaco, descanso en estancias, me voy de vacaciones al sur, vos podés llegar a ser como nosotros'" (sic). Presente y futuro del metro cuadrado.

Paradoja. Esta focalización en el metro cuadrado que caracteriza al PRO conecta con la que ha sido, desde la realización del programa de Carlos Menem, la transformación del peronismo. Desde entonces, el peronismo también se focalizó en una suerte de metro cuadrado, por cierto, sin nada de la construcción aspiracional del PRO. Hasta Menem el peronismo reconocía su columna vertebral en el movimiento obrero. Desde Menem, la columna vertebral pasó a ser la de los intendentes del Conurbano.

La preocupación dominante del movimiento obrero es la ocupación, la producción y la distribución primaria del ingreso. La del intendente del Conurbano es el subsidio y la distribución de los recursos públicos para contener la presión social. Aquella es la columna de la producción, esta última es la de la necesidad. La necesidad es el equivalente "popular" del metro cuadrado, que es lo que concierne a los sectores medios y por eso lo aspiracional en un lado y su ausencia en el otro.

Pero ambas, el metro cuadrado y la necesidad, están divorciadas de la cuestión productiva. Y eso es lo que tienen en común el peronismo pos Menem y el PRO.

Un detalle, Eduardo Duhalde, en su tránsito a la que creía su futura presidencia, hizo de su gestión el Fondo del Conurbano. La primera batalla de Macri en el Parlamento fue para reconstruir ese fondo para María Eugenia Vidal. El metro cuadrado aspiracional y el metro cuadrado de la subsistencia.

El otro extremo de la visión PRO es la integración al mundo, la apertura económica disciplinatoria, porque inducirá a la mejora. En la intimidad de su pensamiento, los PRO consideran al aparato productivo, trabajadores y empresarios nacionales, como un centro de abusos y privilegios. Centro que, es su convicción, hay que disciplinar con la competencia internacional.

Nada diferente a lo explicitado por José Alfredo Martínez de Hoz y Domingo Cavallo. No hay necesidad ni posibilidad, para esa visión, de transformación endógena. La transformación es por competencia y la competencia es apertura. Las importaciones derrotarán abusos y privilegios. Una convicción carente de fundamento. Cada ola de apertura, sin más, ha sido una ola exterminadora.

En ese contexto, para el PRO, la integración al mundo, a nivel país, es ser aceptados en la OCDE; a nivel Mercosur, es firmar cuanto antes un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, aun aceptando un planteo desequilibrado.

La "revolución PRO" es metro cuadrado más el mundo. Pero no hay nada en el medio, nada entre un extremo y otro. El metro cuadrado es el Metrobus, el rediseño de la avenida Corrientes, 2500 millones de dólares para la estación de transferencia del Obelisco, el soterramiento, Pepe rompé. Millones de toneladas de cemento. ¿Prioridades? En el PRO la prioridad es el cemento urbano. El diseño es el mismo que el diseño del mapa electoral. No se trata de transformar sino de confirmar. El país federal, "bien, gracias". Chaco sin agua.

En el otro extremo, el mundo, la suscripción de solicitudes a los clubes de los países desarrollados, cumplir sus condiciones, abrir mercados, compras públicas, denominaciones de origen, etcétera. ¿Consecuencias? No están evaluadas. Lo que hay es confianza en la apertura. ¿Acaso los abiertos no son los desarrollados? ¿Cómo es la secuencia? ¿La apertura lleva al desarrollo o el desarrollo posibilita la apertura? ¿Qué dice la historia? No hay dudas. Ignorar la historia es una gran carencia. Sin desarrollo, la apertura es abrir bajo el nivel del mar.

¿Cómo es el tránsito PRO desde el metro cuadrado al mundo? No hay carta de navegación. No creen que sea necesaria. Lo inmediato es el metro cuadrado. Lo de largo plazo es la integración al mundo.

El kirchnerismo, por su parte, además del metro cuadrado predicaba la "integración latinoamericana". Tampoco había diseñado ni transitado un camino consistente que fuera de la columna vertebral del Conurbano basada en subsidio a la integración latinoamericana. El kirchnerismo cultivó, con mucha suerte, la primarización de la economía que le permitió importar industria hasta que el viento de cola tornó en viento de bolina. Pero de diversificación del aparato productivo ni hablar. Su núcleo duro real fue la especialización, que es lo que manda la naturaleza. Lo contrario del desarrollo, que es la política mayúscula que la aprovecha.

El giro PRO no es esencialmente diferente. Es idéntico cuando procura el salto del metro cuadrado al mundo. Más especialización, que, en las palabras de Mauricio Macri, al igual que Daniel Scioli, es "turismo", una variante fotográfica de la naturaleza, más minería, energía, viento, sol. Un programa de especialización dictado por la naturaleza, no por el desarrollo. Para el PRO el desarrollo será por añadidura.

El PRO y el kirchnerismo han tenido en común escasa vocación (o capacidad) para pensar más allá del metro cuadrado (o de la ayuda humanitaria al Conurbano), en los términos expuestos. Y una escasa dedicación más allá de la retórica de la integración latinoamericana o de la integración al mundo, siquiera un atisbo de una carta de navegación que necesariamente implica para tener un programa de desarrollo productivo.

La economía de un país, el equilibrio de una nación, no es la suma de metros cuadrados ni la imprescindible solidaridad. No hay integración posible sin previa transformación productiva. Ni interna ni externa. En la Argentina, la mitad de los menores de 14 años son pobres. Las familias pobres tienen 4,3 hijos por pareja. Los no pobres, 2. El crecimiento poblacional de los pobres es cinco veces el de los no pobres (J. C. Parodi).

Cada 1% de crecimiento del PBI implica 5% de crecimiento de las importaciones. Son problemas estructurales distintos, de desintegración social y económica, que hacen imposible el crecimiento y la mínima dignidad moral de la sociedad. No hay alternativa sin una profunda transformación estructural que cree trabajo productivo y que garantice distribución primaria.

Se trata de la procura del equilibrio de la nación de la que deriva la estabilidad sustentable.

Juntemos las partes. La macro PRO debe resolver el problema de la conducción coordinada. El tanteo macro vigente generará creciente incertidumbre. Pero, fundamentalmente, PRO necesita llenar el vacío entre la satisfacción del metro cuadrado y la retórica del mundo. Ese vacío es una estrategia de desarrollo productivo. Sin él, el metro cuadrado es insostenible y la integración al mundo incrementará los desequilibrios sociales.

En esta carencia PRO y K son idénticos. ¿Cambiamos?

El autor es economista y escritor. Autor del libro "Economía y política en el tercer gobierno de Perón".