
Los comentarios de la visita del papa a Chile nos obligan a pensar en esas palabras de Francisco del tercer domingo de febrero del año pasado en el Angelus. Y a repensar quién es el papa.
Antes de ser un hombre bueno, un jesuita o un pastor, como todos los hombres, es un haz de relaciones, pero de una manera muy especial.
Es un haz de relaciones entre él y la jerarquía eclesiástica, los sacerdotes, monjas y más de mil millones de laicos católicos; también con los que están fuera de la religión, con quienes dialoga. Con todos los pueblos a los que el papa se dirige y, como jefe del estado Vaticano, con los demás jefes de Estado del mundo. Una red de relaciones infinita.
Desde esa perspectiva el papa también debe ser definido –en ese ámbito mundial -como una autoridad epistemológica que enseña (porque sabe) y al mismo tiempo como una autoridad deontológica que manda (porque tiene el poder del cargo). Vaya responsabilidad. La del papa y la nuestra.
Cuando Dios se hizo hombre y se personificó en el Hijo, apareció ante sus semejantes como la encarnación del amor, de la misericordia, de la sabiduría y de la justicia.
Y habló en nombre del Padre. Y eso no fue aceptado por todos los demás hombres. Otros hombres que tenían la autoridad (política) del Imperio Romano (de afuera) sospecharon de él, y lo persiguieron alentados por los fariseos (de adentro).
Lo pusieron en aprietos, le hicieron preguntas insidiosas, trataron de arrinconarlo y como no tuvieron éxito, buscaron condenarlo y hacerlo morir en la cruz.
Estaba en el plan de Dios.
Pero volvamos al principio. Francisco en Chile puso entre paréntesis una acusación al obispo Juan Barros de haber encubierto en tiempo pretérito y de joven al hoy condenado y excluido de los atributos sacerdotales por la propia Iglesia Católica, Fernando Karadima. Condenado por abuso de poder y abuso sexual por la justicia eclesiástica.
La prensa chilena y algunos denunciantes hicieron un gran escándalo, proponiendo desviar y licuar la visita.
Entrando en el caso, algunos suponen y denuncian que tuvo conocimiento de esos hechos y no hizo la denuncia; obvio que muchos otros como él callaron. ¿Por temor? ¿complicidad? ¿indiferencia? ¿ignorancia? No se sabe. Pero puede presumirse que por temor.
El Superior acusado era un encumbrado hombre de la curia chilena. El Cardenal Sodano –doce años nuncio apostólico en Chile –frecuentaba su amistad y hasta su cuarto. Tenía poder para designar obispos. ¿Cómo no temerle?
A todo esto, la acusación del obispo Juan Barros tampoco se encuentra ratificada por otras pruebas ni indicios que avalen a los denunciantes. Sin embargo, la prensa levantó un polvareda suficiente de los hechos de Osorno como para enturbiar la presencia del Santo Padre y con ese argumento trataron de ponerlo entre las cuerdas. Como los fariseos a Jesucristo.

Si el caso hubiese sido tomado a la ligera por Su Santidad y apresuradamente hubiera excluido, suspendido o condenado a Barros por la mera denuncia de encubrimiento, para salir del paso, habría satisfecho a unos centenares de fieles de Osorno en Chile y a algunos periodistas sedientos de una venganza ciega. Pero en relación a mil doscientos millones de católicos y muchos más no católicos del mundo habría dado un mal ejemplo al mundo al irradiar una doctrina donde la máxima jerarquía de la Iglesia católica volvía a entronizar la venganza.
"Así con fe pueril en grave historia
Cien varones piadosos lo escribieron,
Y notorio es también que en honra y gloria,
De Dios grandes hogueras se encendieron
En los reinos católicos de Europa,
Donde ardieron las brujas como estopa."
Del poema La bruja, el duende y la inquisición (Composiciones satíricas)
El papa Francisco nos dice que "aquello que Jesús nos quiere enseñar es la neta distinción que debemos hacer entre la justicia y la venganza. La venganza no es jamás justa. Nos es consentido pedir justicia; es nuestro deber practicar la justicia. En cambio, nos es prohibido vengarnos o fomentar de cualquier modo la venganza, en cuanto es expresión del odio y de la violencia." (Vaticano, Francisco, ANGELUS, 3er domingo de febrero de 2017)
Y frente al caso concreto, particular, que le tiran en la cara sectores de la prensa chilena, el Papa dice en buen romance:
"…el remo, tuerce la barca, manteniéndose derecho".
Mientras tanto el papa Francisco clavó sin distracciones hasta el fondo su mensaje: igualdad como derecho olvidado de los pobres, postergados, descartados (en Santiago y el resto de Chile), paz y diálogo entre las culturas originarias y la sociedad chilena (Temuco) y solidaridad con los migrantes (Iquique).
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