El escritor argentino Rodolfo Walsh cerraba su clásico Operación masacre con una cita y una reflexión poderosas aún en nuestros días: "La comunidad capitalista no aparece cuestionada, la lucha de clases no es reconocida, la 'paz social' debe mantenerse, se quiere ser 'factor de poder' y no tomar el poder. Discutir el vandorismo desde la perspectiva de una teoría revolucionaria de la clase obrera es reencontrar uno por uno los viejos lugares comunes del reformismo, del sindicalismo burgués. En todo caso Vandor es derrotado por los hechos, además de la teoría. Es bueno, sin embargo, que los trabajadores aprendan a reconocer las ideas que conducen a esos hechos, y que sepan también que las ideas no son inocentes, que el desprecio por la ideología de la clase obrera es una promesa segura de traiciones, y que las traiciones no se consuman porque sí, sino en pago de algo (…). Estos dirigentes han adoptado las formas de vida, los automóviles, las inversiones, las casas, los gustos de la oligarquía a la que dicen combatir. Desde luego, con una actitud de ese tipo no pueden encabezar a la clase obrera". Los últimos acontecimientos en torno a Marcelo Balcedo ponen de relevancia estas palabras. Sin embargo, no era necesario esperar a encontrar su chacra hipermillonaria en Punta del Este ni sus 16 autos de alta gama ni todos sus millones para llegar a algunas conclusiones.
No obstante, debe hacerse una disquisición sobre términos que quieren ser confundidos y demonizados. La burocracia sindical, tan temprana en su origen como en el de la misma Confederación General del Trabajo de 1930, no debe ser con la confiscación del sindicalismo, que es la herramienta reivindicativa con que los obreros adquieren sus conquistas. Permítaseme este señalamiento y su breve explicación en una época en la que se quiere celebrar la detención de sindicalistas, cuando en realidad se encarcela a rufianes que deberían haber sido castigados por los propios trabajadores con los métodos de la clase obrera.
Ya la CGT nace en 1930 apoyando a los golpistas de Uriburu y postulándose como salvaguardora de los mejores valores pacíficos de la clase trabajadora. Ese fue su papel durante toda la década nefasta hasta que las huelgas generales de enero de 1936, protagonizadas por centenares de miles de obreros, y cuyo centro era compuesto por los de la construcción, sus jóvenes y sus mujeres, obligaría al sello de goma regimentador de la CGT a prestar tibios apoyos a una huelga de masas que, de cualquier manera, aceptó la intervención estatal y abrió paso así, dicho esto de manera muy sencilla, a la posterior estatización de los sindicatos llevada adelante por el peronismo.
Mutandis mutandi, la casta social llamada burocracia sindical no era la misma en 1930 ni a lo largo de esa década que la peronista posterior ni la urticante de la era contemporánea. Pero se caracteriza, en todos los casos, por ser una casta que toma el poder de los sindicatos no para ponerlos en función de la lucha y la conjunción de las medidas reivindicativas con las políticas propias de la clase obrera, sino para servir a intereses ideológicos ajenos a los sectores laboriosos, en los mejores casos, hasta enriquecerse a costa de las cuotas gremiales de los trabajadores, de manera escandalosa, como se puede ver en las primeras planas de las webs estos días. No debe ser siempre así.
El clasismo es la corriente que propugna arrebatar la dirección de los sindicatos para ser encabezada por la fracción obrera que represente sus propios intereses y que ponga a disposición democrática la realización de esas tareas. Esta fracción está avanzando con paso vigoroso en medio de la crisis económica que imprime a la vida social el acuerdo entre Mauricio Macri y los gobernadores.
El sindicato de los obreros del neumático (Sutna), es dirigido por la lista negra y con Alejandro Crespo a su cabeza. Un proceso de años desplazó al yaskysmo kirchnerista de la dirección del gremio y se los pudo ver en la primera fila de la defensa de los derechos previsionales, para ellos y para sus viejos, el jueves 16 y el lunes 18 de diciembre. La expansión de su ideario clasista se va extendiendo cada vez más: no hay que olvidar de que se trata del primer gremio industrial nacional ganado por los clasistas y, a su cabeza, los militantes del Partido Obrero.
El Sindicato de Trabajadores de la Industria de la Construcción y afines (Sitraic) es el gremio de la construcción alternativo al de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina (Uocra), y su expansión territorial, desde que comenzara en la zona de Lomas de Zamora, parece indetenible, con sedes hoy en Santa Cruz, Río Negro, Buenos Aires, San Juan y otras provincias. Sus dirigentes se encuentran orgullosos, ya que, pese a haber sufrido ataques patoteros por parte de la fracción de Gerardo Martínez, también llevaron a la cárcel a algunos burócratas asesinos y esta temporada pueden ofrecer a sus afiliados un campo de deportes con pileta. Si el de la construcción es el gremio más precario, no será desdeñoso contar que sus boletines son impresos en español y guaraní, para que los afiliados paraguayos ejerciten el músculo consciente del clasismo.
Y los ferroviarios del Pollo Sobrero, y los Sutebas opositores a Yasky, y los aceiteros que paran el puerto de Santa Fe para hacer valer sus derechos y defender sus vidas y las fábricas de la alimentación, del papel, del plástico, de la UOM que estuvieron también en la plaza defendiendo sus derechos.
¿Hay que acabar con los Marcelo Balcedos del mundo? Claro, ya que la burocracia sindical es un cáncer para el movimiento obrero. ¿Hay que acabar con el sindicalismo? Por supuesto que no: se trata de dotarlo con las herramientas del clasismo y hacerlo marchar hacia la victoria.
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