Hace pocas semanas, el número de marzo-abril del Policy Report del Cato Institute publicó una nota de Andrew Coulson, director del Centro para la Libertad Educativa. Allí nos explica qué hay detrás del supuesto éxito del sistema educativo de un país líder en las evaluaciones PISA como lo es Corea del Sur.
Corea tradicionalmente ha dado gran importancia social a la educación, a tal punto de que para obtener una vacante en la universidad los estudiantes deben competir en un examen de ingreso de ocho horas de duración y de la más alta exigencia. Hace décadas que las familias comenzaron a buscar alternativas complementarias al sistema escolar, pues carecían de confianza en las escuelas públicas y también en las privadas, que, por estar fuertemente reguladas, no diferían sustancialmente. Así nació la demanda de tutorías en institutos privados, usualmente conocidos como hagwons. En ellos las clases empezaban por la tarde, luego del horario regular de clases, y se dictaban hasta avanzada la noche.
Los hagwons se hicieron tan populares que en la década de 1980 el Gobierno decidió prohibirlos, bajo el argumento de que generaban desigualdad de oportunidades. Sin embargo, esta prohibición fue tan eficaz como la ley seca. En lugar de erradicarlos, los llevó a la clandestinidad, se llegaron a ofrecer recompensas a cualquier persona que los delatase. Como era de esperar, a pesar de ello, la industria de los institutos privados creció exponencialmente. Cuando la prohibición fue derogada, 20 años después, su número había aumentado de 5 mil a más de 67 mil. El Gobierno decidió regularlos poniéndoles un tope a las cuotas que podían cobrar, determinación que fue luego declarada inconstitucional. Esto lo llevó a fijar una nueva regulación, en este caso en cuanto al horario de funcionamiento, que no podía extenderse más allá de las 22 horas. Dicha regulación sigue formalmente en efecto.
En la actualidad, para el día que los estudiantes finalizan la escuela secundaria, el 95% ha tomado clases complementarias en academias privadas. Como señala una nota de The Economist de septiembre 2015: "La admisión a los mejores hagwons es tan selectiva, a través de exámenes de ingreso, que han surgido academias de preparación para dicho ingreso, denominadas sekki hagwons".
Es claro que no es el sistema educativo de Corea sino la importancia que la sociedad coreana le presta a la educación, ilustrado en los tremendos esfuerzos económicos de los padres para que sus hijos se preparen desde temprana edad para un examen de ingreso que habrá de determinar su futuro lo que ha generado que el país usualmente lidere los resultados de los exámenes PISA. Sin duda, la iniciativa privada descubrió en este hecho una importante oportunidad de negocios.
A modo de anécdota, muchos años atrás los colegios universitarios de la Ciudad de Buenos Aires, el Carlos Pellegrini y el Nacional Buenos Aires, tomaban un sólo examen, que definía el otorgamiento de las vacantes frente a una demanda que excedía con creces las posibilidades de dichas instituciones.
Las academias de ingreso florecían y muchos padres hacían grandes esfuerzos económicos para que sus hijos concurriesen, a sabiendas de que el ingreso a estas escuelas podría cambiar radicalmente sus vidas. Los niños, con sus 11 años, luego de la jornada escolar concurrían a las academias y por las noches estudiaban.
El esfuerzo era grande. A pesar de ser autorreferencial, quien esto escribe ingresó al Carlos Pellegrini en 1972, luego de rendir examen en diciembre de 1971 (examen que debió suspenderse para unos días más tarde por, aparentemente, haberse vendido su contenido). Esa era la importancia que tenía el ingreso a los colegios universitarios en Buenos Aires, cualquier parecido con los hawgons no es mera casualidad.
¿En qué nos supera la educación en Corea? Definitivamente, no propongo replicar la experiencia de Corea del Sur en la Argentina. Corea también encabeza el ranking de suicidios entre los jóvenes por la tremenda presión a la que son sometidos. Tampoco es factible, en un corto plazo, cambiar la importancia que la sociedad le da a la educación. Pero hay muy pocos países en el mundo en los que no existe una evaluación al fin del secundario u otra con el objetivo de ingresar a la universidad. Estas, lejos de ser una barrera, constituyen un incentivo para que los jóvenes transiten sin mayor esfuerzo el colegio secundario, sabiendo que al cumplir 18 años ingresarán a una universidad sin requerimiento alguno. La mayoría de ellos perderán valiosos años de sus vidas en la universidad y finalmente no se habrán de graduar. ¿No es acaso ello la peor estafa que podemos hacerles?
El autor es miembro de la Academia Nacional de Educación y vicerrector de la Universidad del CEMA.
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