Otra transformación pendiente para nuestra educación

Fernando Alvaro

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Hoy en día la distancia parecería ser el punto de partida de cada conflicto que tenemos en la educación. La distancia entre la educación pública y la privada, entre el Gobierno y los sindicatos, y entre lo que ganan y deberían ganar los docentes. Pero todas esas distancias son producto de situaciones que ocurren fuera de las aulas y no adentro.

Como docente de educación superior, hace más de diez años que doy clases en universidades y como estudiante (actualmente cursando un doctorado) quiero reflexionar sobre la distancia que existe dentro del aula, el espacio donde la educación se cristaliza y el saber se construye.

En un aula, un metro es mucho más que cien centímetros. Si bien la distancia se mide en unidades de longitud o incluso en unidades de tiempo, como cuando nos dicen: "Seguí derecho por esta calle unos 10 minutos y llegás", en un aula a la distancia que existe entre docentes y estudiantes no le cabe ninguna unidad de medida. Medir esa distancia es tan difícil como achicarla, pero achicarla es tan importante como cualquiera de todos los ejes centrales para la transformación de la educación que se discuten hoy.

Para acortar esta distancia es importante entender los principales elementos que generan la brecha y ver cómo modificarlos para que haya un mejor proceso de aprendizaje.

El primer elemento es la distancia que existe producto de los roles que tienen estudiantes y profesores y para esto vale la pena meternos en la génesis de cómo nombramos a quienes estudian. Hay una gran diferencia entre llamar "alumno" o "estudiante" a los asistentes a una clase. La etimología de la palabra alumno tiene hoy dos explicaciones distintas, las cuales, por no ser experto en el tema, no voy a discutir, pero me tomo el permiso de compartir ambas acepciones.

Por un lado, hay quienes definen que alumno es un vocablo compuesto a-lumno, donde la a implica el significado de 'sin' o 'carente', y lumno el significado de 'luz', o sea que un alumno es alguien que no tiene luz o que no está iluminado. Más allá de poner al estudiante en una posición errónea, lo más peligroso es que pone a quien lleva adelante la clase en el papel de iluminado, quien da su propia luz a otros, con todo el sesgo que esto implica.

Por otro lado, hay quienes sostienen que la palabra alumno proviene del sustantivo latino alumnus, que a su vez proviene de alére, el infinitivo de 'alimentar' o 'nutrir', refiriéndose así a quien se nutre o se alimenta. De allí deriva que las universidades sean llamadas alma mater como fuente de nutrición universal, y siendo los profesores quienes materializan esto, ellos serían los proveedores del conocimiento que nutre.

En ambos casos, la palabra alumno pone al estudiante en una posición de desventaja dentro de una relación de poder marcando una distancia entre docentes y estudiantes. No pretendo buscar culpables, pero sí mostrar que muchas definiciones que tenemos incorporadas son producto de nuestra historia y nuestras tradiciones, no de la racionalización. El lenguaje que utilizamos no es sólo lo que nos permite comunicarnos, es lo que nos define.

El segundo elemento es el papel que hoy juegan el conocimiento y la información. Seth Godin, uno de los grandes autores contemporáneos de marketing, sostiene que estamos en una época en donde existe abundancia de información y, como consecuencia, escasez de atención. La información está a disposición de todos pero eso no significa que realmente sea accesible. La disponibilidad no garantiza el acceso y, ante tanta abundancia de información, el acceso está muchas veces delimitado por la capacidad de curaduría de quien lidera un entorno de aprendizaje.

Pero en realidad la capacidad de curación no es sólo una habilidad del docente sino también de los estudiantes y, cuando ocurre de forma conjunta y es bien guiado, se forma un círculo virtuoso de construcción colectiva de conocimiento.

El tercer elemento es el bagaje de conocimiento que ya tenemos y cómo eso nos predispone a hacer las cosas de manera automatizada, utilizando los procedimientos habituales. En muchos casos, el peor enemigo del aprendizaje es el conocimiento.

¿Y esto por qué? Hay cosas que serían más fáciles de aprender si supiéramos menos. Si aprendiéramos a andar en bicicleta antes que a caminar sería mucho más sencillo y seguramente aprenderíamos antes y con menos rodillas raspadas. Esto sucede porque el conocimiento que incorporamos para aprender a andar en bicicleta es el opuesto al que ya tenemos incorporado por haber aprendido a caminar. Cuando caminamos y estamos por caernos tratamos de frenar y estabilizarnos, mientras que en la bicicleta, si estamos por caernos, acelerar nos devuelve la estabilidad.

También porque socialmente se sostiene que el conocimiento existente y validado es el que trae el docente y es sobre el cual se va a construir lo que se aprende. Mientras que el conocimiento nuevo, habitualmente traído al aula por los estudiantes, tiene la preconcepción de no tener ni el peso ni la validez suficiente del conocimiento ya establecido. Al no reconocerse el valor de este conocimiento por parte del docente, no hay evolución ni construcción de nuevos saberes. En un reduccionismo absoluto. Si así fuéramos en todo, Colón hubiera sido un beodo delirante que zarpó con un grupo a la alta mar y la Tierra seguiría siendo plana.

Que haya construcción colectiva del conocimiento y que exista una evolución de los saberes construidos por docentes y estudiantes es responsabilidad de quien está guiando. Esto no sólo implica potenciar lo que los estudiantes traen como bagaje al modelo de aprendizaje, sino también que los docentes sepamos ver más allá de los conocimientos previos y abrirnos a volver a aprender. Cada persona frente a un grupo de estudiantes tiene que construir el mejor entorno de aprendizaje posible y para esto va a necesitar entender el nuevo papel de docentes y estudiantes, reconocer lo que no sabe y dar lugar a lo que saben los demás. Sólo así la distancia en las aulas comenzará a desaparecer y 100 centímetros será mucho menos que un metro.

 

El autor es director académico del MBA de la Escuela de Negocios de la Universidad de Palermo y profesor de educación ejecutiva, conferencista y socio en la agencia de Negocios Marketdynamo.