Amanece otro año electoral en el país y la mayoría de los reflectores analíticos están puestos sobre el oficialismo, el kirchnerismo y, en menor medida, el Frente Renovador. Son los tres actores que, según los medios de comunicación, protagonizarán el film electoral del 2017.
Pocos se animan a espiar a un actor que de reparto tiene poco y nada. Estamos hablando del progresismo, esa familia ideológica que hoy encabeza Margarita Stolbizer y, en el pasado, albergó personalidades de la estatura de Alfredo Palacios, Alicia Moreau de Justo, Oscar Alende y Raúl Alfonsín. Diferentes dirigentes que escribieron más de un titular en nuestra historia política.
Probablemente una de las razones por las cuales se le otorga un papel secundario a la socialdemocracia doméstica sea su posible matrimonio político con el Frente Renovador. En esa arquitectura, supuestamente, la centroizquierda sería un simple satélite en la órbita del planeta peronista. Perdería sus principios rectores (igualdad, libertad y transparencia) e hipotecaría su reputación ideológica. Poniéndole tango al asunto: ¡se extinguiría!
Vamos por partes. Para empezar, estas lecturas subestiman la fuerza del progresismo. A lo largo de su cronología, la república sensible ha errado en la ingeniería de sus alianzas. Es cierto, por derecha o por izquierda, su albañilería falló en reiteradas ocasiones. Nunca pudo construir una coalición amplia que lo arrimara a los portones de Balcarce 50. El efímero Frente Amplio Progresista (FAP) fue, quizás, el mejor intento; la Alianza, sin duda, el peor. Otros experimentos directamente lo arrojaron al rincón del testimonio.
Aunque también es verdad que, después de esos yerros, a veces con reflejos y otras con un delay considerable, el progresismo tuvo la capacidad de levantarse, recuperarse y volver a ponerse los pantalones. Ergo: hay que desdramatizar. Y, sobre todo, mover las fichas con precaución, perspectiva y coherencia, pero también recordando que el suspenso es lo que mantiene en movimiento a las voluntades. De eso vive un militante. De eso se trata el eros de este juego. Yendo al hueso: hay que arriesgar, por más que no se tengan todas las cartas sobre la mesa.
Pero es temprano para lamentarse y tarde para delinear una estrategia común entre los socios del club de la izquierda democrática. La socialdemocracia nativa debe aprovechar que el clima ideológico empieza a aclarar. Después de tanto lifting comunicacional, el Gobierno nacional, a través de la catarata de tarifazos (para marzo, ya pidió turno el gas), la transferencia regresiva de recursos y la flexibilización laboral, está mostrando su verdadero rostro: una derecha que, de moderna, sólo tiene el guion.
Frente a los globos, hasta ahora, más por melancolía que por horizonte programático, queda el kirchnerismo. El grito a capela de "resistencia" le planta cara al coro afinado del "cambio". Un ring que, si continúan llegando las cartas desde Comodoro Py, puede desplomarse en cualquier momento. Cristina Fernández, la única retadora peso pesado que tiene el espacio, sigue perdiendo musculatura frente a la opinión pública, a tal punto que puede pasar a peso mosca de un tirón si no aplaca su egotismo y su autismo. En dicho caso, al oficialismo no le alcanzaría para polarizar; quedaría solo, con su raquítica gestión al desnudo.
Y ahí se abre una ventana para el progresismo. El Frente Renovador posee (cierto) desarrollo territorial, equipo técnico y un nutrido armazón legislativo. El problema es que carece de una matriz discursiva que opere de contraste con la escudería macrista. Ese es el hueco para que ingrese la progresía con su tradición, su agenda y, sobre todo, su ideario: sensibilidad por los más débiles, honestidad, igualdad, reivindicación del espíritu público y humanización de la economía. Este repertorio de valores podría diseñar un nuevo marco dual entre Cambiemos y un polo progresista amplio.
La jugada tiene sus trances. Sergio Massa despliega un discurso filoso en seguridad. Cortante. La baja de la edad de imputabilidad es una prueba palpable. La centroizquierda no puede ceder ni un ápice en este tema. Debe construir un dique ético que detenga la arenga punitiva que también entona Cambiemos. ¿Otros frenos? Las posibles conjugaciones con el peronismo embalsamado (Mario Ishii, Alberto Descalzo, Julio Pereyra, etcétera), los coqueteos en política exterior con personajes como Donald Trump y la prédica antiinmigrante. La discusión está abierta, pero tiene sus fronteras.
Marco Lavagna, Daniel Arroyo, Facundo Moyano, Lourdes Puente Olivera y Pablo Touzón, entre otros, son algunas de las figuritas del Frente Renovador que pueden servir de interfaz con el dispositivo progresista. Sus currículums empalman con los de varios cuadros progres. Los puentes están tendidos. A parar las antenas y, si fuera necesario, alzar la voz: el carácter del progresismo en esta campaña electoral definirá su estatus (socio o empleado) en la emergente fuerza.
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