Malvinas es una causa nacional, un sentimiento, expresado con claridad meridiana en la Primera Disposición Transitoria de nuestra Constitución Nacional. Es lamentable que recurrentemente el tema haya tomado estado público como consecuencia de imprudentes e inconducentes declaraciones formuladas por funcionarios públicos y por improvisados politólogos. El desinterés de una parte de nuestra clase dirigente por tan sensible conflicto que mantenemos con el Reino Unido es notorio y, por comisión u omisión, lejos está de clarificar a nuestros conciudadanos sobre lo que internacionalmente se conoce como la Cuestión Malvinas. Desde hace años pareciera que nuestra política exterior carece de una estrategia seria, coherente y comprometida respecto a la esencia de nuestra disputa que continúa still in progress. Una excepción fue el sólido Alegato dado en las Naciones Unidas por el Embajador José María Ruda, consejero legal del Ministerio de Relaciones Exteriores, en 1964, que dio origen a la trascendente Resolución 2065 (XX) aprobada por abrumadora mayoría, y a la cual ni el Reino Unido pudo imponer su voto negativo. Imponía el diálogo entre las partes sobre la esencia del conflicto. Estas irredentas islas fueron usurpadas el 3 de enero de 1833 por la tercera invasión inglesa, a pesar de que en 1825 en Buenos Aires se había firmado con el Reino Unido el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación. En 1845, la armada británica, nuevamente, mediante la cuarta invasión, intentó avanzar sobre nuestro país; recordemos el combate de la Vuelta de Obligado. En 1982, el intento de recuperar Malvinas por la dictadura de entonces constituyó el más notable error de apreciación política, diplomática y militar. Nunca más recurriremos a la violencia y mucho menos a su extrema expresión: la guerra. Quienes la conocemos valoramos el don de la paz. A pesar de lo expresado, es incomprensible que en establecimientos educativos de distinto tipo –incluido el Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN)– se minimice o, peor aún, se ignore lo que significó la Pequeña Gran Guerra de 1982. Ello es una ingratitud y una falta de respeto a quienes pelearon expuestos al frío, hambre, mutilación y secuelas psíquicas. Para el pueblo, los muertos –argentinos y británicos—siguen viviendo no solo en la turba isleña y en el mar austral, sino también donde la verdadera humanidad mantiene su alto valor.
Por lo expuesto, no puede hacerse un uso político de los excombatientes y, peor aún, ignorar la guerra hasta borrar del mapa y de la Constitución Nacional (verdaderos símbolos nacionales aún no incorporados como tales) en un saludo navideño emitido por un Ministerio Público a las Islas Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur, y los espacios marítimos e insulares circundantes. Ello demostró incompetencia, inoperancia, incapacidad e ignorancia por quienes tuvieron responsabilidad en su diagramación y supervisión. Lamentablemente casos similares se han registrado en folletos turísticos e incluso en el mapa de vuelo de aerolíneas extranjeras que vuelan a nuestro país donde se las ignora o denomina por su nombre en inglés (Falklands). En el mejor de los casos se trata no solo de "lamentables distracciones u omisiones", como tampoco lo es escuchar a algunos funcionarios expresar "que el conflicto es una disputa con Inglaterra". Inadmisible equivocación: el citado país, junto con Escocia y Gales conforman la Gran Bretaña. La disputa la tenemos con el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte.
Es necesario evitar las marchas, contramarchas y los compartimentos estancos en el avance de un conflicto de casi dos siglos, obviar soluciones de corto plazo y un pseudo rédito político ante un hábil adversario en la disputa que fracasó en el pasado, e impone contar con sólidos asesores y firmes negociadores. El tema no se reduce solo a un acuerdo sobre vuelos, comercio y recursos hidrocarburíferos e ictícolas, si la Rubia Albión persiste en no dialogar, en algún momento, de la soberanía. Hasta ahora, contamos con un amplísimo apoyo internacional, pero ¿hasta cuándo? Mientras parlamentarios británicos recorren los países latinoamericanos exponiendo sus débiles argumentos, es por demás notoria la ausencia de los nuestros –de distintos signos políticos– para fortalecer la solidez de una aglutinante Causa Nacional. La embestida diplomática británica no debe minimizarse. Existen preocupantes actitudes.
El contexto mundial se presenta carente de líderes definidos, en una situación incierta, cambiante, inestable y poco predecible. Existe el peligro de que alguien se crea capaz de hacer lo que desea, y que su punto de vista personal sea aceptable para todos. Sobre temas sensibles –la CUESTIÓN MALVINAS entre otros– no debería obviarse al Congreso Nacional. Al respecto, me permito recordar la afirmación de un estadista y presidente argentino, Carlos Pellegrini (1846-1906), el llamado "el piloto de tormentas": "Para saber qué camino se ha de seguir, es necesario saber adónde se quiere llegar. El secreto de la energía y el nervio de todas nuestras acciones consiste en eso, pues esa fijeza de objetivo hace imposible las vacilaciones en los momentos decisivos en que van a tomarse rumbos trascendentales ".
* El autor es ex Jefe del Ejército Argentino y ex Embajador en Colombia y Costa Rica.
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