La discusión en torno de la reforma del impuesto a las ganancias tuvo en sus bases distintos planos de confrontación entre posturas.
Un primer plano fue el filosófico, y dos formas contrapuestas de entender la progresividad en la tributación: una visión sostenía que la base del impuesto debía ser ampliada para compensar una baja en la presión sobre los restantes contribuyentes, mientras que la otra proponía que, sin ampliar la base, la baja en la presión tributaria sobre la masa salarial se compensara con tributación sobre altas rentas de otros sectores.
Un segundo plano fue sectorial, donde las variadas posiciones en disputa ejercieron presiones diferenciadas sobre la reforma. Es así, en un extremo se ubicaba la postura de modificar poco lo actual y no incorporar nuevas deducciones (para ampliar la base) y en el otro se discutía si lo óptimo era un mayor aumento del mínimo o incorporar nuevas deducciones, obviamente con efectos asimétricos sobre la realidad de los trabajadores.
Finalmente, el tercer plano fue político. En este sentido, una postura pretendió dilatar la discusión, quizás con el doble objetivo de utilizar el alivio tributario como mecanismo ordenador de las paritarias y para que el costo fiscal se neutralizara con la salida de la cosecha gruesa. Enfrente, la otra visión buscaba anticipar lo más posible la mejora en términos del poder adquisitivo de los trabajadores, en vista al deterioro sufrido a lo largo de 2016.
Con todo esto en juego, la necesidad de pisos básicos de consensos era imperiosa, de manera de arribar a la mejor reforma posible, que contemplara las miradas de todos. Lamentablemente, el oficialismo se negó inicialmente al diálogo y al encuentro de puntos intermedios entre los planos explicitados anteriormente; eligió la vía de la confrontación.
De esta forma, una discusión en la que debería haber primado la cuestión técnica y que podría haber representado una continuidad de un fructífero año legislativo, terminó centrada en las agresiones personales, en números distorsionados de costo fiscal para torcer voluntades y presiones cruzadas de todo tipo.
Con el diario del lunes (o del jueves), la reforma que emerge luego de haber retomado el camino del diálogo curiosamente se asemeja en muchos puntos a lo que habría sido el resultado de un diálogo constructivo inicial; lamentablemente, en otros aspectos se queda a mitad de camino, lo que muestra que sin diálogo constructivo siempre nos alejamos de las soluciones óptimas.
En resumidas cuentas, hoy tenemos una reforma lograda antes de fin de año y con el mínimo no imponible que hubiera surgido de una negociación inicial, ya que es prácticamente el intermedio entre el proyecto oficial y el del Frente Renovador. Esto refuerza las dudas sobre si la ausencia inicial de diálogo efectivamente obedecía a la restricción fiscal o fue una cuestión caprichosa.
Más aún, la reforma incorpora muchos de los puntos reclamados por los distintos bloques de oposición que no pudieron ser discutidos inicialmente, como las nuevas deducciones (viáticos, horas extra, alquileres), la actualización automática de parámetros, el ajuste del monotributo (no contemplado inicialmente por el oficialismo) y en la creación de nuevos impuestos como el juego, el dólar futuro y ciertas lagunas fiscales del IVA (todos pedidos inicialmente por el Frente Renovador).
La contracara de estos avances es que esta reforma es más tibia que todos los proyectos iniciales (incluso el del oficialismo) tanto en materia de ajuste de escalas como en avance en la tributación sobre rentas concentradas (renta financiera, minería, etcétera).
Es decir, la reforma actual resigna la ampliación de la base del impuesto (no entrarán nuevos trabajadores en el futuro) y representa un alivio importante para los contribuyentes en el corto plazo (y no en marzo), pero ese alivio no será mayor por la falta de fuentes de financiamiento alternativas. Esto deja en evidencia que la discusión filosófica sobre la verdadera progresividad aún no está saldada.
Hacia adelante, sería útil extraer de esta experiencia la necesidad de que los consensos se busquen y no se fuercen, de manera de arribar, como se hizo a lo largo del año, a mejores soluciones. La alternativa de la confrontación no sólo malgasta energías en lugares equivocados, sino que nos aleja de los óptimos. Y esto sería grave habida cuenta de que ganancias es sólo la punta del iceberg en materia de los temas pendientes que todos tenemos la responsabilidad de encarar.
@marcolavagna
El autor es diputado nacional (Frente Renovador) y economista.
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