Su muerte no debe significar olvido, todo lo contrario, un firme y exultante: "Jamás dejaremos de ser ciudadanos", debemos clamar uno y todos los cubanos.
Su legado, del que no puede excluirse a su hermano Raúl, porque sus aportes fueron esenciales para la sobrevivencia del régimen, es un prontuario delictivo que empequeñece al de cualquier otro dictador del hemisferio.
Castro irrumpió en la política a través del pandillerismo universitario. No pudo acceder al liderazgo de la Federación Estudiantil Universitaria y se asoció con los dos grupos más violentos que operaban en la década del cuarenta en la Universidad de La Habana.
Su capacidad para sobrevivir se desarrolló entre aquellas familias mafiosas. Allí aprendió a mezclar el asesinato con la adulación. Audaz, inteligente y manipulador, se rodeó de un grupo de incondicionales que le han sido fieles por décadas.
Más tarde, un enemigo sin convicciones, lastrado por la corrupción, le permitió convertir unas escaramuzas rurales en una epopeya digna de Homero. La clase dirigente cubana y la prensa nacional, salvo honrosas excepciones, hicieron dejación de su soberanía. El populacho fue consumido por un nuevo César que desde el principio les dio circo y poco a poco les robó el pan.
El totalitarismo se dio nuevas leyes. Las parodias de procesos legales permitían asesinatos públicos. Se fusiló en parques, cementerios y detrás de las escuelas. Se militarizó la sociedad. Se implantó el terror. Se impuso un paradigma que promovía el odio y el tableteo de las ametralladoras para resolver las diferencias. Las bases culturales y morales de la nación, como parte de un plan nacional que pretendía recrear la conciencia ciudadana, fueron quebradas para introducir nuevos valores y dogmas.
La escuela fue cuartel y centro de adoctrinamiento, las generaciones emergentes crecieron en un ambiente de triunfalismo en el que la frontera la definía la frase: "Con la Revolución, todo, contra la Revolución, nada".
Decenas de miles de personas fueron a prisión. Miles más partieron al exilio. La libertad intelectual desapareció. Se estableció un estricto control de los medios informativos. Las religiones fueron enclaustradas en sus templos. Una especie de nueva devoción impuso sus propias tradiciones, cultos, lutos y fiestas.
Paradójicamente, el chauvinismo que impulsó el oficialismo de que Cuba y lo cubano eran mejor y superior fue transformándose en un profundo sentimiento de frustración, según el individuo fue viviendo los fracasos y padeciendo las contradicciones del régimen.
El "compañero" se quedó de pronto sin los sostenes teóricos que por décadas le habían sido insuflados. Se percató de que se había formado en un ambiente en el que las consignas sustituían los pensamientos y la mentira se convertía en verdad, y en poco tiempo volvía a ser mentira; que el fraude procedía desde las más altas esferas y que la igualdad era otra gran estafa.
El miedo y la conveniencia sustituyeron al concepto del derecho personal. Un amplio sector del país se conduce con feroz individualismo, practica el cinismo más ramplón y conforma una masa coloidal que se adapta a la situación que menos esfuerzo demande.
Los promovidos progresos cubanos, deporte, educación y salud, fueron otra decepción. Se acabaron las contribuciones extranjeras y el milagro social se desplomó.
En la isla se ha establecido una nomenclatura que ha disfrutado sin interrupción del poder absoluto. Se instituyó una aristocracia artística, deportiva e intelectual, supeditada al compromiso político. Las Fuerzas Armadas sirvieron como ejércitos mercenarios, y hoy son generadoras de fortunas para sus generales. El movimiento obrero es otra empresa del Estado.
La estafa, la vulgarización del lenguaje y las costumbres, la masificación del ciudadano hicieron desaparecer al individuo y por consiguiente la privacidad.
El pudor se escabulló en la promiscuidad y la prostitución, presentes en toda sociedad, pero siempre cuestionadas, se reconciliaron con la comunidad para ser aceptadas como prácticas comunes, porque lo primero era resolver sin importar cómo.
La corrupción, el abuso de poder y el cisma provocado por la sectarización moral e ideológica de la nación han alcanzado niveles nunca imaginados. Décadas de castrismo han esparcido una dolorosa sombra en el presente, y prometen un angustioso alumbramiento de futuro.
El castrismo es el principal responsable de la corrosión moral que amenaza extenderse a toda la nación.
En la actualidad, la economía es parásita, mendiga, dependiente de la generosidad de otros países como Venezuela y China. Se habla de reformas económicas, pero no se puede obviar que el régimen ha reprimido por décadas el desarrollo de una economía independiente.
Fidel deja una penosa herencia. Los números están en rojo, no sólo porque la economía esté destruida, sino por la frustración de millones de personas que compraron el sueño que les fue robado, por la amargura de los que enfrentaron el sistema sin éxitos y por una sociedad que, salvo excepciones, ha perdido las esperanzas.
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