
Rubén Giacobetti tiene un altar con algunos recuerdos de su paso por el fútbol. Lo componen una camiseta de Argentinos Juniors, recortes periodísticos, también algún cuadro, pero la medalla más valiosa es invisible, construida con el noble material del orgullo.
Hace 50 años, el volante surgido de la cantera del Bicho quedó grabado a fuego en la historia mágica de Diego Armando Maradona. Porque, en el inicio del segundo tiempo de la derrota 1-0 ante Talleres de Córdoba, Giacobetti fue reemplazado por Pelusa, de entonces inocentes 15 años, con un talento rebosante y el dorsal N° 16. “Me lo van a recordar siempre. El destino me premió”, resalta Rubén Aníbal en diálogo con Infobae.
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Giacobetti había hecho su presentación en la élite en junio de 1976, en el reclasificatorio mediante el cual Argentinos se mantuvo en Primera. “En el Torneo Nacional, del que también participaban los clubes del Interior, se arriesgaba más. Los técnicos hacían debutar a los juveniles; era el espacio para mostrarse. Era el fogueo ideal para muchos de nosotros”, profundiza Rubén desde la inmobiliaria que conduce desde 1984 en Villa Urquiza.

A su vez, la presentación estelar de Maradona resultaba inminente, empujaba con una habilidad arrebatadora. “Llevaba poco tiempo entrenándose con nosotros: había dado el salto desde la Séptima a la Reserva, y enseguida a la Primera. En las prácticas veíamos algo distinto. Se veía venir lo que iba a ser”, sostiene. Claro que, como mediocampista, muchas veces le tocó marcarlo en los ensayos. Ahí no lo disfrutaba, lo padecía: “Había que amagar a marcarlo y retroceder... Era imposible para los rivales; un problema si te encaraba. Pasabas de largo, era una vergüenza...”, acepta.
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Aquel 20 de octubre de 1976, el plantel hizo a pie las dos cuadras desde donde almorzó hasta el estadio que hoy lleva el nombre del astro. Una escena que en la actualidad asoma imposible. Incluso, los jugadores se cruzaron con varios hinchas de Talleres que iban camino hacia el sector visitante. Dentro de Maradona ya bullía el Maradona que fue. “¿Si lo vi nervioso? Nooo, quería jugar, nada más", rubrica Giacobetti.
“Diego, juegue como usted sabe. Y si puede, tire un caño”, fue la indicación que le dio el director técnico Juan Carlos Montes. Obediente para la fantasía, lo tiró: la víctima fue Juan Domingo Cabrera. Finalmente, la T se impuso por 1 a 0, con gol del Hacha Ludueña. Pero todos los detalles resultaron una anécdota.
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“A medida que pasan los años, me genera más satisfacción y orgullo haber vivido lo que viví con Diego al lado. No muchas personas tuvieron esa posibilidad. Fuimos privilegiados”, remarca, mientras se prepara para los homenajes y reconocimientos de este martes.
Sin embargo, ese día, cuando fue reemplazado por Diego, sus entrañas burbujeaban de bronca. “Me habían puesto de mediocampista por izquierda, para contener la línea media de Talleres, que era brava. Y la verdad es que anduve flojo. Todos sabían que Diego iba a entrar, pero me tocó salir a mí, en el entretiempo. Por suerte, la historia me recompensó”, reconoce.
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En el Bicho, Giacobetti jugó 28 partidos y convirtió un gol. Luego quedó en libertad de acción. Pasó por el fútbol de La Pampa y emigró al exterior. Si bien hoy la Major League Soccer pasó a ser un mercado potente (ni hablar desde el desembarco de Lionel Messi), a fines de los 70 y principios de los 80 se dio una primera avanzada, con el desembarco de una enorme cantidad de figuras, con el Cosmos de Pelé como nave insignia. “En esa época no había representantes, ibas a la AFA a buscar el pase y hacías contactos. Un empresario me ofreció ir a una prueba a Los Ángeles, donde había dos equipos. No quedé, pero me avisaron que un técnico de Rochester me quería ver. Fui y arreglé”, narra su mudanza a Estados Unidos.
En el norte de Nueva York estuvo dos años, en un plantel que bien podía ser parte de la torre de Babel: “El técnico era de Albania. Había siete yugoslavos y tres húngaros. Antes de que yo llegara, por el club habían pasado los dos primeros sudamericanos de la historia, que habían sido Carlos García Cambón y Carlos Pachamé. Yo sabía el inglés del secundario, nada más. Pero me arreglé”.
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Más allá de lo económico, la apuesta le reportó experiencias fuertes. Jugó contra el brasileño Carlos Alberto, contra Teófilo Cubillas, contra Franz Beckenbauer o Johan Cruyff: “Me deslumbraron, eran jugadores de toda la cancha”. La siguiente estación fue Italia. Le surgió la posibilidad de continuar su carrera en el Senori, de la Tercera Divisón de Italia.
A la vuelta, cambió los pantalones cortos y los botines por el traje. “Me retiré joven. Cuando había quedado libre de Argentinos, previendo que la carrera es corta y que no iba a poder vivir siempre del fútbol, había hecho la carrera de martillero público. Sabía que el fútbol es una pasión, pero cuando se termina, empieza otra vida. Cuando regresé de Italia tuve alguna oferta de Deportivo Español, que estaba en la Primera B, pero en el Ascenso a veces costaba cobrar, y yo quería comenzar con esta profesión para desarrollarla bien, con tiempo”, justifica su decisión.
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Desde hace 42 años, construye día a día su otra versión en la inmobiliaria, la de su “segunda vida”, sin haber usado como publicidad su pasado como futbolista o su papel en la leyenda de Maradona. “No me gusta mezclar. Sí, por ejemplo, siempre hablé del tema con los clientes futboleros”, explica su postura.

Los caminos lo volvieron a cruzar con Diego una vez más, en 1982, cuando viajó a ver el Mundial y pudo entrar a la concentración de la Selección y volver a saludarlo. Y el dolor lo abordó, como a todos los que Maradona tocó su corazón, el día de su muerte en 2020: “Nadie tiene la vida comprada, todos somos mortales, pero fue muy triste el final. Él fue una persona distinta, por todo lo que nos dio. Yo tomo al fútbol como un arte, y él merecía otro final. Me queda el recuerdo de la persona”.
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Como quien vende una propiedad cotizada, Giacobetti pone en valor el fútbol argentino: “Es como que tuvimos tres Premios Nobel, con Di Stéfano, Maradona y Messi. Y a los distintos no se los puede comparar. Cada uno fue el mejor, en épocas diferentes, con alimentación y entrenamientos diferentes... Tal vez aparezca otro distinto”, arriesga, con la sabiduría que le otorga conocer de primera mano lo que crece en esta tierra y el haber jugado a la pelota hasta cuando la pandemia cortó la rutina semanal con sus amigos. “Ahí nos empezamos a quedar. Extraño jugar, pero hay que aceptarlo”, dice a los 70 años.
“A mí me tocó estar con un distinto. Fue algo casual que justo me tocara salir a mí para que Diego debutara, porque podría haber sido otro. Sin embargo, Dios me puso ahí”, concluye, y le pone palabras a su mayor trofeo. Porque hay tesoros intangibles, que no caben en ninguna colección de memorabilia.
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