
En las grandes ciudades el espacio se achica mientras los objetos se multiplican. No se trata solo de almacenamiento, sino de repensar cómo gestionamos activos invisibles en la vida cotidiana. Para Livia, a pesar de ser una industria de la que se habla poco, la logística “atraviesa nuestras vidas personales y económicas”, y presenta grandes oportunidades.
¿En qué momento entendiste que el problema del espacio podía convertirse en una logística escalable?
Lo que empecé a notar es que las personas acumulan muchos objetos y tienen esa dificultad de visibilizar lo que tienen. Vivimos en un mundo colapsado de cosas y, al mismo tiempo, en espacios cada vez más reducidos en las grandes ciudades. Entonces el desafío no era solo proponer una solución de guardado, sino hacerlo de manera flexible, digital y simple de contratar.
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Ahí apareció la idea de transformar activos inmovilizados, que muchas veces funcionan como pasivos, en algo dinámico. La clave fue dar visibilidad sobre esos objetos, digitalizarlos, permitir que se gestionen como inventarios. Cuando entendés que el espacio también es un flujo logístico, empieza a volverse escalable.
¿Qué te atrajo de un sector tan operativo y desafiante como la logística urbana?
Fue bastante casual. Cuando era estudiante universitaria hice un máster en gestión de proyectos logísticos en París y en ese momento estaba en auge todo lo que era logística urbana. Mi tesis fue sobre logística de proximidad.
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Después, cuando vine a Argentina en 2009, emprendí en el rubro del e-commerce y ahí tuve el gran desafío de resolver la última milla. Veíamos que los carritos de compra se caían en el momento de calcular el flete. Entonces entendí que el costo logístico era determinante en la tasa de conversión.
Recordé los modelos de pick up points que había estudiado en Francia y desarrollamos un MVP con diez puntos de entrega. Eso generó mucho interés porque resolvía un problema concreto: costos y experiencia de usuario. Más adelante, ese recorrido terminó confluyendo en la gestión de espacios, pero siempre con la lógica de logística urbana eficiente.
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¿Cuál fue el mayor desafío al escalar el modelo?
Puede parecer que el desafío principal es tecnológico, porque siempre pensamos que la solución está ahí. Pero en mi experiencia, lo tecnológico lo resolvimos rápido. Digitalizar flujos era parte de nuestra capacidad de ejecución.
El verdadero desafío fue la gestión humana. Orquestar personas internas y externas, coordinar transporte, trazabilidad, tiempos, mitigación de riesgos. Es un negocio con múltiples puntos críticos en cada etapa del proceso logístico. Entonces trabajamos mucho en protocolos, procesos, capacitación y medición de expectativas del cliente.
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Además, había que construir una experiencia simple hacia afuera, casi on demand, como si fuera un delivery. Pero detrás de esa simplicidad hay una operación compleja. Lograr esa capa de transparencia fue uno de los mayores aprendizajes.

¿Cómo es el comportamiento del usuario en este tipo de soluciones?
El usuario final, generalmente, busca rapidez. Tiene una mudanza o necesita reorganizar su casa. Quiere resolverlo fácil y rápido. Después, cuando descubre que puede digitalizar su inventario y tomar decisiones sobre esos objetos —vender, donar, reciclar— aparece algo más interesante. Hay una conciencia creciente sobre no tirar cosas sin más.
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Muchas personas no saben cómo donar o cómo vender de manera ordenada. Entonces poder hacerlo dentro de la misma plataforma agrega valor. Esa combinación entre orden, visibilidad y circularidad es lo que termina fidelizando.
¿Qué produce en vos trabajar con una logística que incorpora circularidad?
Para mí es emprender con propósito. La logística en sí puede ser agobiante: hay presión, competencia, urgencias constantes. Trabajar con una visión de sustentabilidad y de impacto social cambia la energía del proyecto.
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No se trata solo de guardar objetos, sino de reinsertar recursos en circulación. Cuando alguien decide vender o donar algo que estaba inmovilizado, se genera un impacto concreto. Y eso, personalmente, es muy gratificante.
¿La logística urbana está preparada para modelos on demand o todavía hay barreras estructurales?
Argentina tiene muchísimo talento. Eso es una ventaja enorme. Pero todavía hay desafíos en infraestructura, normativas y recursos. Hay que seguir invirtiendo, sobre todo si proyectamos crecimiento en los próximos años.
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Para mí, el desafío más grande sigue siendo el capital humano. Podés tener tecnología, pero si no invertís en personas, en capacitación y en organización, la operación se resiente.
También hay que seguir desarrollando infraestructura logística urbana. Las ciudades cambian y los modelos de consumo también. Si no anticipamos eso, vamos siempre corriendo detrás del problema.
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¿Hacia dónde creés que va el e-commerce y qué rol tendrá la logística?
El e-commerce va hacia mayor velocidad. Más quick commerce, más inmediatez. Y ahí la logística es el actor principal. Sin operación eficiente no hay experiencia de usuario que se sostenga.
También creo que vamos a empezar a ver más medición de huella de carbono. El consumidor va a valorar cada vez más a las empresas que mitiguen su impacto ambiental. La logística va a estar en el centro de esa discusión.
Para cerrar, ¿cómo ves el futuro del sector logístico en Argentina?
Yo creo mucho en Argentina y en el sector logístico. Es una industria que atraviesa nuestras vidas personales y económicas, pero que muchas veces es invisible. Se habla mucho de fintech o inteligencia artificial, pero la logística está ahí, sosteniendo todo.
Es un sector que genera empleo, que requiere inversión y capacitación constante. Si queremos crecer como país, tenemos que apostar más a la logística, profesionalizarla y darle el lugar estratégico que realmente tiene.
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