
La logística chilena dejó de ser un engranaje secundario para convertirse en un pilar estructural de la economía. Aunque muchas veces pasa desapercibida para el consumidor final, el sector representa el 4% del PIB nacional y actúa como multiplicador productivo: por cada punto de crecimiento en su producción, el resto de los rubros puede expandirse hasta 2,5 veces más. En un país abierto al comercio internacional, esta dinámica adquiere un valor estratégico.
Chile ha consolidado su posicionamiento regional. Según la OCDE, en 2025 se ubicó como el cuarto país de América con mejor desempeño en facilitación del comercio, detrás de Estados Unidos, Canadá y Costa Rica.
Diez puertos estatales, el Aeropuerto Arturo Merino Benítez y el Puerto Terrestre Los Andes integran un Plan de Logística Colaborativa que articula actores públicos y privados para mejorar la eficiencia operativa y cerrar brechas en la cadena de comercio exterior.
La magnitud del sector también se refleja en el empleo. Más de 250.000 personas trabajan en actividades logísticas, el 4% de la fuerza laboral nacional, y dos tercios están vinculadas al transporte carretero. La alta dependencia de la carretera es evidente: el 92% de la carga se moviliza por camión y, de mantenerse la tendencia, podría alcanzar el 97% hacia 2055. En términos de desempeño, el 86% de las entregas internacionales se concreta en tiempo y forma, indicador que refleja eficiencia, pero también la necesidad de diversificar infraestructura y modos de transporte.

Digitalización y competitividad
La transformación digital avanza con fuerza. El 85% de las empresas ha digitalizado procesos en distribución urbana y el 78% declara reducción de costos gracias a estas herramientas. En comercio exterior, el 65% cuenta con sistemas de información integrados con otros actores de la cadena, mejorando trazabilidad y coordinación. Además, el Sistema Integrado de Comercio Exterior (SICEX) ya concentra el 20% de las operaciones, simplificando trámites y reduciendo tiempos.
El capital humano es otro eje central. La participación femenina aún es baja —apenas un 18%—, pero el interés académico crece. Según datos de 2024, más de 7.000 estudiantes de educación media técnico-profesional cursan la especialidad de logística y más de 12.000 jóvenes se matricularon en carreras de educación superior vinculadas al sector, lo que representa un aumento del 11% respecto del año anterior. En total, el sistema formativo supera los 19.000 estudiantes anuales orientados a la cadena logística, una señal clara de que la actividad comienza a percibirse como un campo de desarrollo profesional con proyección.
En paralelo, la sostenibilidad emerge como desafío estructural. A nivel global, el transporte de mercancías aporta entre el 8% y el 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero, mientras que en Chile el transporte en su conjunto representa el 27% de las emisiones nacionales. Aunque un 26% de las empresas mide su huella de carbono, la adopción de tecnologías limpias avanza con lentitud: los camiones eléctricos inscritos apenas alcanzaron el 0,75% en 2025.
La innovación aparece como el puente entre eficiencia y competitividad. Sin embargo, desde 2020 solo cerca del 2% de los fondos anuales de CORFO destinados a proyectos se han adjudicado al transporte y la logística, limitando la escalabilidad de soluciones tecnológicas.
El desafío para Chile no es menor: transformar un sector históricamente invisible en un protagonista de la estrategia económica nacional. En un país cuya competitividad depende del comercio exterior, la logística no solo conecta mercados, sino que sostiene empleo, productividad y desarrollo territorial. Su fortalecimiento —en infraestructura, tecnología, sostenibilidad y formación— será determinante para el posicionamiento internacional del país en las próximas décadas.
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