
El primer título Challenger no fue solo una copa. Para Guido Justo fue la confirmación de un proceso interno mucho más profundo que cualquier resultado. A los 28 años, el campeón del AAT Challenger edición Tigre I no habla de ranking ni de proyecciones inmediatas. Habla de cabeza. De terapia. De coherencia. De ataques de pánico. De aprender a quedarse cuando antes solo quería irse.
“Gran parte del trabajo creo que es la mente. Hay otros factores como el tenis, lo físico, pero me parece que lo mental, a día de hoy, al menos en lo personal, se lleva todo el mérito”, explica. Y no es una frase hecha. En su historia reciente, la cabeza fue el problema… y después la solución.
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Hace cuatro o cinco años, ganar un Challenger no entraba en ningún plan. “Te hubiera dicho que es imposible”, reconoce. En ese momento había dejado de competir, daba clases en Adrogué y no tenía intención de volver al circuito. “No te digo que lo odiaba, pero no me gustaba estar adentro de la cancha”.
El quiebre llegó después de la pandemia. La dificultad para viajar, la presión de las giras y los malos resultados fueron el escenario de algo más profundo. “Empezaba a sentir tristeza, de no estar bien, de extrañar, de querer volverme. Terminé teniendo ataques de pánico, mucha ansiedad, mucho miedo. Y eso fue un poco lo que me dijo ‘hasta acá’”.
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El parate duró cinco meses, pero él tuvo que atravesar dos años de terapia, de trabajar miedos y traumas. “Fue un proceso personal para poder sentirme bien. Y cuando me sentí equilibrado, me dieron ganas de volver a jugar”. El tenis dejó de ser una obligación y volvió a ser una elección.
Incluso recuerda con distancia una experiencia que debería haber sido inolvidable: su participación en la clasificación del certamen Acapulco. “No lo disfruté nada. Mi cabeza estaba en otro lado. Hoy digo: ojalá pudiera jugar Acapulco. En ese momento no me importaba estar en un ATP 500”. La desconexión era total.
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Justo identifica con claridad qué le pesaba: estar lejos de su gente, no poder hacer planes con amigos, sentir que el tenis no era prioridad. “Era como una batalla entre ‘me quiero quedar’ y ‘quiero jugar’. Y terminó ganando el ‘me quiero quedar, no quiero viajar’”.
La vuelta no fue mágica ni inmediata. Fue consciente. Y, sobre todo, coherencia. Esa palabra la lleva tatuada. Literalmente.
“Coherencia me la tatué porque decía que quería estar en los Grand Slam, jugar Challenger, subir en el ranking, pero no estaba siendo coherente con lo que hacía. Si seguía entrenando en el mismo lugar en Adrogué, sin rodearme de jugadores que me exigieran más, no iba a lograr lo que decía que quería”. Mudarse, cambiar de entrenador, salir de la comodidad de Adrogué y acercarse a un entorno más competitivo fue parte de esa decisión.
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“Tené coherencia absoluta con lo que querés”, resume. Si querés ir hacia un lugar, no podés seguir parado en otro.

Hoy aparece 277° en el ranking. Sabe que está cerca de las clasificaciones de los Grand Slam, pero no se obsesiona. “Intento tener los pies sobre la tierra. El tenis es muy individualista y cuando uno tiene una buena semana, si no está equilibrado, la cabeza se te puede ir muy rápido”. Por eso repite una idea casi como un mantra: mañana empieza otro torneo.
Más que objetivos numéricos, habla de desafíos. “Jugar las clasificaciones de los Grand Slam es un desafío lindo. Pero mis objetivos dependen de mí: competir 30 o 35 semanas al 100% de cabeza, salir de la cancha y que mi entrenador me diga que no hay nada que reprochar”. Lo demás, dice, será consecuencia.
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Su relación con la salud mental es abierta y directa. “Primero, hablar. Terapia. Yo llevo cinco años. Saber que va a haber avances y retrocesos. Algunos meses te sentís muy bien y otros vuelven sensaciones. No pasa nada, es normal”. Reconoce que durante mucho tiempo se guardaba todo. Vivía solo, no hablaba, no hacía planes. “Te quedás con lo que estás pensando, te creés a tus pensamientos, te metés en lugares oscuros, de miedo y de trauma”.
Hoy dice tener una “cajita de herramientas”: meditar, leer, hablar con amigos, comunicarle a su psicólogo lo que le pasa, frenar el uso del celular cuando siente que la ansiedad empieza a crecer. “Cuando la pelota empieza a rodar, hay que frenarla de a poco”.
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Ese trabajo interno también impactó en su carácter dentro de la cancha. Alguna vez fue impulsivo. “Entendí que lo tengo que lograr fuera de la cancha. No puedo querer ser de una manera dos horas jugando al tenis y ser otra persona las otras 22 del día. Primero tiene que ser en la vida y después se traslada al tenis”.
En Tigre, todo cerró de la mejor manera posible: primer título y en casa. Con su gente, su papá en la tribuna, amigos del club, chicos alentándolo detrás del banco. “Estoy súper agradecido de que haya sido mi primer título Challenger y encima en casa. Fue perfecto”, confesó.
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Justo no se vende como un talento natural. De hecho, se define desde otro lugar. “Soy muy consciente de que no tengo una derecha de Del Potro ni el saque de Isner. Me identifico con Schwartzman: no es que nací con un don, tengo que construir y trabajar para lograr lo que quiero”.
Por eso otro de sus tatuajes dice “2+2”. Para él significa perseverancia. Sumar todos los días, sin ansiedad, sin querer saltar etapas. Y el tercero, “kaizen”, mejora constante. “Creo que hoy logro lo que logro como tenista porque trabajé mucho en la persona. Mejoré mi temperamento, mi impulsividad, mi manera de comunicarme”.
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En la cancha se define como un jugador ofensivo, protagonista. “Prefiero ser protagonista y perder a no ser protagonista y ganar”. Pero si algo siente que hoy marca la diferencia es su fortaleza mental. “Puedo estar en el peor escenario y no te voy a soltar el partido. Te lo voy a luchar y te voy a llevar al límite”.
El título en Tigre no es un punto de llegada, sino la confirmación de que el camino que eligió empieza a dar resultados. Más lento, más profundo y más honesto. Justo no volvió solamente a competir: volvió diferente. Y ahí, más que en el trofeo, está su verdadera conquista.

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