
Durante las últimas dos décadas, el Perú ha sido presentado ante la comunidad internacional como un caso paradigmático de apertura comercial. Su imagen se ha construido no solo sobre emblemas culturales como Machu Picchu o su reconocida gastronomía, sino también sobre una narrativa técnica que lo ubica entre las economías más abiertas de América Latina.
Con más de veintidós tratados de libre comercio suscritos con países que concentran una porción sustantiva del producto bruto mundial, el país exhibe una arquitectura jurídica de acceso preferencial difícil de igualar en la región. Sin embargo, detrás de esta vitrina de acuerdos persiste una pregunta incómoda y largamente postergada: ¿ha existido realmente una estrategia de inserción internacional o simplemente una acumulación desordenada de tratados?
La política comercial peruana ha privilegiado, desde inicios del siglo XXI, una lógica cuantitativa antes que cualitativa, y el objetivo implícito parecía evidente: firmar cuantos acuerdos fuera posible bajo la convicción de que la apertura, por sí sola, generaría desarrollo. Estados Unidos, la Unión Europea, China, Japón, Corea del Sur, Canadá, Singapur y buena parte de América Latina pasaron a integrar una extensa red de socios preferenciales. No obstante, la experiencia internacional demuestra que los tratados no constituyen una política en sí mismos, los TLC son instrumentos y la estrategia reside en la capacidad del Estado para utilizarlos como palanca de transformación productiva.
De exportar más a exportar mejor
Más del setenta por ciento de las exportaciones peruanas continúa concentrado en productos primarios o de bajo procesamiento: minerales, hidrocarburos, harina de pescado y ciertos bienes agrícolas. Si bien se ha registrado una expansión en nichos dinámicos “agroindustria, pesca para consumo humano, textiles”, la estructura subyacente no ha variado de manera sustantiva. El Perú exporta más, pero no exporta mejor y esta diferencia no es meramente estadística, este define el tipo de desarrollo que el país es capaz de sostener en el largo plazo.
El comercio internacional contemporáneo se estructura hoy alrededor de cadenas globales de valor, estándares técnicos, propiedad intelectual, servicios digitales y geopolítica económica. Mientras otras economías de tamaño comparable han utilizado sus acuerdos para impulsar clústeres industriales, atraer inversión selectiva y promover transferencia tecnológica, el Perú ha optado por una aproximación esencialmente pasiva: abrir mercados y esperar que el sector privado encuentre el camino adecuado. Esta lógica funcionó parcialmente en un contexto de altos precios de los commodities y estabilidad macroeconómica. Hoy, sin embargo, revela límites cada vez más evidentes.
La participación del Perú en las exportaciones manufactureras de mediano y alto contenido tecnológico continúa siendo limitada, al igual que su nivel de integración en las cadenas regionales de valor. Si bien la promoción comercial ha mostrado eficacia en espacios feriales y misiones empresariales, adolece de una orientación productiva claramente definida. Más inquietante aún resulta la débil articulación entre la política comercial y la política de desarrollo. Numerosos acuerdos fueron negociados sin una agenda interna sólida en materia de competitividad, infraestructura, innovación o formación de capital humano, bajo la premisa equivocada de que el acceso preferencial bastaría para transformar la estructura productiva.
La relación con China refleja con nitidez esta ambivalencia estratégica. El tratado bilateral ha dinamizado las exportaciones mineras y pesqueras, pero también ha afianzado un esquema tradicional de intercambio desigual: el Perú provee insumos primarios y demanda manufacturas, bienes de capital y tecnología. Aunque la balanza resulte superavitaria, la calidad de la inserción permanece en entredicho. Sigue pendiente una política clara orientada a captar inversión china en manufactura avanzada, energías renovables o servicios intensivos en conocimiento.
Una situación comparable se observa en los vínculos con Estados Unidos y la Unión Europea. Tras más de una década de vigencia de los acuerdos, la presencia empresarial peruana continúa concentrada en un número reducido de sectores, mientras que las pequeñas y medianas empresas, llamadas a protagonizar una internacionalización más amplia e inclusiva, enfrentan obstáculos logísticos, financieros y regulatorios que ningún tratado, por sí solo, puede resolver.

Nuevo escenario del comercio internacional
La ausencia de una visión estratégica se vuelve particularmente crítica ante los nuevos determinantes del comercio internacional. La expansión de la economía digital, los servicios intensivos en conocimiento, el comercio sostenible y las crecientes exigencias ambientales están redefiniendo profundamente las reglas de la competencia global. En este escenario, el Perú arriba con retraso y desde una posición esencialmente reactiva. No encabeza iniciativas regionales en comercio digital, no ha construido un relato consistente sobre sostenibilidad exportadora y carece de una postura definida frente a los mecanismos de ajuste de carbono que sus principales socios comienzan a implementar.
Este rezago se manifiesta, además, en un contexto geopolítico crecientemente fragmentado. La rivalidad entre Estados Unidos y China, la reconfiguración de las cadenas productivas, el auge del nearshoring y la revalorización de la seguridad económica están transformando el mapa del comercio mundial. Mientras economías como México, Vietnam o Marruecos han logrado posicionarse como plataformas productivas estratégicas, el Perú parece observar el proceso desde una posición marginal, confiando en que su extensa red de acuerdos bastará para evitar la pérdida de relevancia.
No se trata de cuestionar el principio de apertura comercial. Los tratados han generado beneficios indiscutibles en términos de previsibilidad normativa, atracción de inversiones y expansión de exportaciones no tradicionales. El error ha sido equiparar apertura con estrategia. Suscribir acuerdos es relativamente sencillo; diseñar una política de inserción inteligente exige coordinación institucional, horizonte de largo plazo y voluntad reformista.
El país requiere una política de desarrollo productivo estrechamente vinculada al comercio exterior, capaz de identificar sectores prioritarios, promover encadenamientos, estimular la innovación y utilizar los tratados como instrumentos activos de transformación. Sin una política industrial moderna, inversión sostenida en capital humano y una institucionalidad que conciba el comercio en clave geoeconómica, las ventajas estructurales del Perú se diluyen.
En un entorno donde la apertura ya no garantiza éxito, el desafío no consiste en firmar más tratados, sino en aprender a emplear con inteligencia los ya existentes. La pregunta decisiva no es cuántos acuerdos ha suscrito el Perú, sino qué papel aspira a desempeñar en el comercio internacional de las próximas décadas. Sin esa definición, continuaremos acumulando tratados y desaprovechando oportunidades.
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