
El desarrollo inmobiliario refleja las tensiones y oportunidades de un país: costos logísticos, distancias, acceso al crédito y capacidad productiva. En ese mapa, Jaime comparte una idea clara: “si la rueda de la construcción se mueve, se mueve todo”.
¿Cuál es el impacto de la logística en el desarrollo de viviendas?
La logística en construcción es decisiva. Los materiales de obra gruesa—áridos, ladrillos, cemento—son casi siempre locales, porque moverlos desde lejos no tiene sentido económico. Las cementeras están en todo el país, así que ahí el flujo logístico funciona bastante bien. Donde empieza el desafío es en las terminaciones: muchas fábricas importantes están en la provincia de Buenos Aires, y ahí sí el costo logístico pesa.
Y ahora se abre otro capítulo: la importación. Todos estamos esperanzados con que la importación vuelva a arbitrar precios, algo que todavía no sucede en gran escala pero que obligaría a las empresas a ser más eficientes. Durante años la inflación tapaba todo; hoy no tapa nada. En construcción, igual que en cualquier otro sector, ya no hay margen para la ineficiencia.
¿Y cómo impactan las diferencias geográficas en la planificación de proyectos?
Desarrollar en cada provincia es un mundo distinto. Cambian los gustos, la capacidad económica, las distancias y la relación entre dónde se vive y dónde se trabaja. En las provincias medianas o chicas, la vida está concentrada: el centro económico está al lado de los barrios, lo que facilita proyectos de vivienda individual o edificios muy cerca del corazón urbano.
En Buenos Aires es al revés: para que la vivienda sea accesible, hay que irse a una hora y media del centro. Eso repercute en tiempos, transporte y calidad de vida. Por eso cada plaza tiene una lógica distinta. Donde la logística urbana es más amable, el producto también cambia.
¿Qué cambios notás en la innovación de materiales y métodos constructivos?
Hay una idea de que la vivienda no innova, pero viene pasando todo lo contrario. El mundo construye en seco. Argentina todavía no, porque no hay plena ocupación en la construcción y falta mano de obra intensiva. Pero cuando la actividad crece, el ladrillo sobre ladrillo deja de alcanzar: se industrializa el proceso.
Industrializar significa fábricas produciendo componentes para abastecer la demanda. Si la construcción se activa, ese círculo genera un nivel de actividad económica enorme. Por eso siempre digo: si la rueda de la construcción se mueve, se mueve todo.

¿Cómo ves la situación actual del acceso a la vivienda?
Argentina arrastra un problema histórico. Hace 50 o 60 años la vivienda se financiaba. Pero la cultura del “me la tiene que regalar el Estado” destruyó el recupero, y sin recupero no hay crédito sostenible. La economía dejó de generar ahorro, sin ahorro no hay depósitos a largo plazo y sin depósitos no existe el crédito hipotecario.
Somos un país donde podés comprar zapatillas en 60 cuotas pero la casa tenés que comprarla al contado. El mundo funciona al revés. Paraguay, Brasil, Chile… todos tienen crédito hipotecario. Nosotros no. Y eso hace que la demanda sea infinita: si trabajáramos 50 años seguidos a buen ritmo, igual no la abasteceríamos. La juventud compra en cualquier país del mundo. Acá no compra porque no puede, no porque no quiera.
¿Qué expectativas tenés para el país y para el sector?
Argentina tiene un problema sociológico, no es solo político. Me pasé toda la vida esperando que mejore. A uno puede irle bien o mal por mérito o por suerte, pero nadie es feliz en un país infeliz. Nos cortaron las raíces. El argentino no siente orgullo por casi nada. Y así es difícil construir futuro. Si se ordena la economía y vuelve el crédito, el crecimiento de la vivienda sería infinito.
¿Qué aprendizajes de tu trayectoria aplicás a nivel profesional?
La actitud. Eso es todo. Yo estudié abogacía, algo que no tiene mucho que ver con lo que hago, pero me dio base. Lo que realmente aplico todos los días es la visión comercial y financiera. Y también pesa haber visto a mis padres venir de abajo: cuando uno no nace con todo resuelto, se hace en el camino, y ese trayecto te da habilidades y empuje. Lo importante es tener actitud y entender que para crecer hay que salir de nuestra zona de confort.
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