
Al referirse al trabajo cotidiano de los despachantes de aduana, Joana comenta que “nosotros vendemos un servicio; si no lo demostramos, no tiene sentido”. En esta entrevista, resalta el valor del compromiso, la confianza y la cercanía como ejes de una profesión que se renueva ante la digitalización y los nuevos desafíos del comercio exterior.
¿Cómo ves la evolución del rol del despachante de aduana en los últimos años?
Para mí el rol del despachante cambió muchísimo. Es un mix de cosas. Lo más reciente fue el DNU, que nos obligó a reinventarnos en tiempo récord. Todos tuvimos que adaptarnos rápido y, de alguna manera, eso nos empujó a mejorar.
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También la tecnología tuvo un impacto enorme. Antes, por ejemplo, pagábamos un VEP (Volante Electrónico de Pago) en persona, con papeles y colas interminables en el banco. Hoy todo eso desapareció, y los procesos se agilizaron muchísimo. Nos permite trabajar de forma más eficiente y dedicar tiempo a lo realmente importante: generar un vínculo humano con el cliente, ponernos la camiseta de su empresa y cuidar sus costos.
¿Por qué decís que hay un vínculo humano detrás del trabajo del despachante?
Porque el trabajo no se trata solo de papeles o trámites. Eso ya quedó atrás. Hay una parte muy fuerte de acompañamiento al cliente. Cada operación tiene su historia y su necesidad. Un error operativo puede generar costos, y ahí es donde uno tiene que estar, defendiendo los intereses del cliente.
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Hoy somos mucho más que administrativos: gestionamos, mediamos y tomamos decisiones estratégicas. A veces mandamos cinco mails en diez minutos para resolver un reclamo. Detrás de cada documento hay personas, tiempos y dinero, y eso nos hace parte activa de la operación.
¿Qué particularidades encontrás en ejercer la profesión desde Rosario?
Rosario es, como yo digo, un “pueblo grande”. Acá todos nos conocemos. Eso genera cercanía, confianza y también un sentido de responsabilidad. Nos cruzamos en la calle, en el puerto, en el aeropuerto, y eso hace que los vínculos sean más personales.
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La ciudad tiene un potencial tremendo. No sé si al nivel uno, pero sí muy cerca. El puerto tiene mucho movimiento, las cerealeras absorben gran parte del flujo y eso genera una dinámica constante.
Hace poco el aeropuerto estuvo cerrado, y eso afectó un poco la logística aérea, pero cuando reabra con nuevas rutas, vamos a recuperar competitividad y mejorar la coordinación regional. Además, la conexión terrestre es muy buena. Rosario está estratégicamente posicionada en el mapa del comercio exterior argentino.
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¿Qué tipo de productos y operaciones te toca manejar actualmente?
Me toca trabajar con varios rubros, pero hace años me enfoco bastante en medicamentos y materias primas para la producción farmacéutica. Las empresas de ese sector están en constante evolución y dependen de la importación para seguir innovando.
La apertura de importaciones ayudó muchísimo. Antes había muchos proyectos frenados y ahora se están reactivando. Eso permite que las empresas avancen con investigación y desarrollo, algo clave para el país.
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También hay mucho movimiento en maquinarias. Muchas compañías están renovando equipos o sumando tecnología para optimizar la producción. Y me sorprendió ver proyectos de energía solar: loteos completos con paneles solares, sin cableado tradicional. Esas iniciativas muestran que la innovación está llegando a todas partes.
¿Qué ventajas encontrás al operar desde Rosario respecto a Buenos Aires?
Lo primero es el costo operativo. Si bien el flete marítimo hacia Buenos Aires puede ser un poco más barato, después los gastos adicionales —depósitos fiscales, terminales, traslados— encarecen todo el proceso.
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En Rosario todavía se puede trabajar con tarifas competitivas y una coordinación más ágil. No digo que sea barato, pero sigue siendo conveniente para las empresas de la región. Nosotros también operamos en Buenos Aires, pero si tengo que elegir, prefiero Rosario por una cuestión de eficiencia y equilibrio entre costo y servicio.
¿Qué importancia tienen los vínculos dentro del ecosistema del comercio exterior?
Son fundamentales. El trabajo del despachante depende del ida y vuelta con el cliente, con el forwarder, con los transportistas. Hay que conocer el proyecto, entender cómo paga, qué necesita y hasta responderle al proveedor cuando el cliente lo pide.
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De ese modo, uno se pone la camiseta de ambos lados y actúa como mediador. A veces hay diferencias, demoras o costos extra, y hay que saber equilibrar la relación. Hay que poner paños fríos y buscar soluciones que beneficien a todos.
Nosotros no vendemos un producto tangible. Vendemos un servicio, y si ese servicio no se demuestra en eficiencia, compromiso y confianza, pierde valor. Por eso, mantener los vínculos es esencial. Es la única forma de que el cliente confíe y de que la cadena funcione.
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¿Qué aprendizaje te dejó tu experiencia en el sector?
Que la comunicación y la empatía son tan importantes como el conocimiento técnico. Hay que escuchar, acompañar y resolver. Cada operación es distinta, y detrás de cada cliente hay una persona que necesita sentirse respaldada.
Me gusta pensar que nuestro trabajo tiene un lado humano muy fuerte. Más allá de los códigos y las declaraciones, lo que hacemos es hacer que las cosas pasen. Que una carga llegue, que un proyecto avance, que una empresa crezca. Y cuando eso sucede, sabés que valió la pena.
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