
“El comercio exterior tiene que fomentar la competitividad, pero también proteger a las pymes y a la producción nacional”, resume Claudia. En esta entrevista, reflexiona sobre la realidad del sector, los efectos de la liberalización del comercio, el impacto en las pymes industriales y la importancia del asesoramiento aduanero en una logística cada vez más compleja.
¿Cómo describirías la actualidad del comercio exterior en Argentina?
Venimos de una etapa muy cerrada, con muchas restricciones y trámites. Tuvimos licencias no automáticas, el sistema SEDI, controles muy estrictos. Hoy el panorama cambió completamente: ya no hay licencias no automáticas y la apertura fue muy grande.
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No diría masiva, pero en algunos casos sí fue excesiva. Se nota sobre todo en la entrada de productos terminados que llegan al mercado con precios más bajos que los que pueden ofrecer las pymes locales. Esto se debe a los altos costos impositivos y de servicios que tenemos en Argentina, que hacen difícil competir.
Me parece positivo que se haya abierto la importación de productos que no se fabrican acá, pero también hay que cuidar a las empresas nacionales. Las pymes necesitan acceso a materias primas a precios razonables y condiciones para colocar sus productos en el mercado interno de forma competitiva. Hoy eso no está ocurriendo.
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¿Qué industrias se vieron más beneficiadas con esta apertura?
Las que tienen poca estructura, es decir, pocas personas y bajos costos fijos. Son empresas que pueden importar productos terminados y venderlos directamente al público. Con tres empleados administrativos y una importación bien gestionada, pueden colocar mercadería en el mercado a precios bajos.
En cambio, las más perjudicadas son las industrias que producen localmente: las que tienen 50, 100 empleados, fabrican, envasan y pagan altos costos de producción. Compiten contra productos terminados importados que entran con menos impuestos y sin estructura industrial detrás.
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Ese desequilibrio no es positivo. Pasamos de un extremo a otro: de un esquema cerrado a uno abierto en exceso. Lo ideal sería encontrar un punto medio que fomente la competencia sin dejar desprotegidas a las empresas nacionales.
¿Cómo ves el sector de maquinarias actualmente?
El de maquinarias está bastante bien. Hay una gran oferta internacional, sobre todo en China e India, con equipos tecnológicos y competitivos. Muchas empresas argentinas están importando maquinaria para uso propio y, al hacerlo bajo ese régimen, no pagan derechos de importación, IVA ni otros impuestos.
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Eso hace que la importación resulte atractiva: permite renovar equipos, ampliar la producción y reducir costos operativos. Es positivo que las empresas puedan modernizarse.
El problema es que no hay tanto consumo. Algunas compañías tienen planes para importar maquinaria, pero los frenan porque el mercado interno está quieto. Entonces surgen dudas: “¿Conviene invertir ahora o esperar?” Ese es el dilema actual. La herramienta está, la apertura existe, pero el contexto económico hace que muchas decisiones se posterguen.
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¿Qué otros sectores se vieron impactados por los cambios normativos recientes?
Hubo modificaciones importantes en seguridad eléctrica. Antes, Aduana controlaba los certificados de los productos eléctricos al momento de la importación. Ahora eso ya no ocurre: el control pasó a ser responsabilidad de la empresa importadora.
En la práctica, significa que algunos productos pueden ingresar al país sin tener los certificados actualizados. Luego, si la empresa no cumple con la normativa, enfrentará sanciones, pero el producto ya ingresó.
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Eso agilizó las operaciones, pero también redujo el control previo. En algunos casos es positivo porque facilita el comercio, pero también puede generar riesgos si no se cumple con los estándares de seguridad establecidos.
¿Y qué ocurre con la importación de mercaderías peligrosas?
Las mercaderías peligrosas tienen regulaciones específicas. Algunas requieren intervención de Sedronar o tienen cupos por razones ambientales. Se controla su volumen porque pueden afectar la capa de ozono o representar riesgos para la salud.
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Hoy, con la baja producción y el bajo consumo, no se están importando tantas materias primas de ese tipo. Volvemos al mismo problema: si no hay demanda interna, no hay producción, y si no hay producción, no se importan insumos.
En este contexto, la apertura sirve de poco si no hay un mercado que consuma. Podemos importar mucho, sí, pero el desafío está en fortalecer el consumo interno y cuidar las pymes que generan empleo.
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¿Qué rol tiene hoy el despacho aduanero dentro de la cadena logística?
El despacho aduanero es parte esencial de la logística. El despachante no solo tramita una importación: asesora estratégicamente a las empresas. Es quien define por dónde conviene traer la mercadería, qué régimen usar, qué impuestos aplicar, por qué puerto ingresar y cuál es el camino más eficiente para reducir costos.
Por ejemplo, si una empresa está en Córdoba y me pide hacer el despacho en Buenos Aires, lo primero que hago es preguntar por qué. Muchas veces conviene ingresar por Rosario: menos kilómetros, menos transporte terrestre y menor costo final.
El despachante cumple un rol de planificación logística. Ayuda a que el producto sea competitivo, no solo en el trámite aduanero, sino en toda la cadena: desde la compra en el exterior hasta la entrega en destino.

¿Y en el caso de las cargas peligrosas?
Ahí el papel del despachante es aún más crítico. Son mercaderías que requieren manipulación especial, permisos y avisos a Prefectura sobre los movimientos y tiempos de tránsito.
Hay que presentar cartillas de seguridad, verificar habilitaciones del transporte, colocar calcos según el tipo de riesgo y controlar que las rutas estén autorizadas. Son detalles que no se pueden descuidar, porque un error puede generar un problema serio.
El despachante acompaña todo el proceso, supervisa y se asegura de que se cumplan las normas. Es el nexo entre la empresa, los organismos y la logística operativa.
Para cerrar, ¿qué reflexión te gustaría dejar sobre el futuro del comercio exterior?
Creo que el gran desafío es encontrar equilibrio. Ni un cierre total ni una apertura sin límites. El comercio exterior tiene que fomentar la competitividad, pero también proteger a las pymes y a la producción nacional. Hay que controlar, sí, pero sin trabar. Y hay que abrir, sí, pero sin desbordar.
Argentina tiene mucho potencial: buenas empresas, profesionales capacitados y recursos. Solo falta una política estable que permita planificar a largo plazo. Ese sería el verdadero punto de equilibrio.
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