
“El sector no se está moviendo con el volumen que debiera”, sintetiza Natalia al referirse al momento que atraviesa el comercio exterior textil argentino. En esta entrevista, analiza el impacto de la desregulación aduanera, las dificultades logísticas y la necesidad de fortalecer la formación técnica para sostener un sector que sigue siendo clave en la economía nacional.
¿Cuál es la actualidad del comercio exterior de los insumos textiles?
En la actualidad, los insumos textiles bajaron notablemente. Estamos atravesando una etapa de recesión en el sector. A principio de año se movía bastante, pero ahora la importación de productos terminados está afectando a la producción nacional. Seguimos con las proyecciones anuales de importación, pero el mercado no se mueve con el volumen que debería. Se nota una caída en la actividad, y eso repercute en toda la cadena.
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¿Esa caída se relaciona con la apertura de importaciones y los envíos courier?
En parte sí. La apertura del courier para envíos personales de productos textiles abrió el mercado a nuevas modalidades de compra, pero también influyeron otros factores. Hay corte de cadena de pagos, problemas financieros y falta de liquidez. Todo esto hace que a las empresas les cueste trasladar la mejora macroeconómica a su operativa diaria. Hasta que la economía se estabilice, va a ser difícil ver una recuperación sólida.
¿Cómo se gestiona el día a día en un contexto de crisis?
Se gestiona con necesidad y estrategia, no tanto con stock. Hay que sostener la producción mes a mes, evitando sobrecargarse. La gestión diaria se centra en ajustar precios, controlar costos y priorizar la continuidad de la operación. En este contexto, la planificación y la flexibilidad son claves para sostener el trabajo.
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¿Qué particularidades tiene la gestión de estos insumos en materia aduanera?
Antes existían reglamentaciones más estrictas. Con la desregulación, se liberaron algunos controles técnicos y aduaneros, lo que agilizó ciertos procesos. Sin embargo, el sector sigue enfrentando demoras portuarias y altos costos logísticos. La eliminación de algunos controles in situ permitió un flujo más fluido, pero persisten las dificultades estructurales, especialmente en los puertos, donde los costos operativos son elevados y el espacio físico es limitado.
¿Por qué son tan altos los costos portuarios?
Porque la capacidad operativa es insuficiente para el volumen actual de importaciones. Faltan turnos, espacios y sistemas informáticos actualizados. Cuando se acumulan contenedores y hay paros gremiales o portuarios, las demoras se multiplican. Muchas veces nos toca coordinar de madrugada la salida física de contenedores, sin horarios fijos. Es una cadena que se sostiene con esfuerzo y coordinación constante.
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¿Qué desafíos implica ser despachante de aduana en este contexto?
Es una profesión apasionante pero exigente. Comparado con otros países, en Argentina hay mucha burocracia y falta una política integral de facilitación del comercio. Cada organismo tiene sus propios tiempos y criterios. La desregulación no resolvió eso. Falta coordinación entre sectores, y eso nos hace perder eficiencia. Aun así, seguimos siendo un eslabón esencial: los despachantes aseguramos que las operaciones se realicen correctamente, minimizando riesgos.
¿Cómo te afectó la desregulación de la figura del despachante?
Al principio pensé que iba a ser una catástrofe, pero no lo fue. Las empresas siguen necesitando profesionales idóneos, con formación y responsabilidad. Permitir que cualquier persona sin preparación técnica realice operaciones aduaneras es un error grave. Nos formamos durante años, estudiamos normativa, comercio exterior, legislación y análisis operativo. No se trata solo de despachar mercadería, sino de prever costos, evitar sanciones y garantizar cumplimiento. La idoneidad sigue siendo la diferencia entre una operación segura y un problema.
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¿Qué importancia tiene una correcta clasificación arancelaria?
Clasificar correctamente es fundamental. Cada posición arancelaria define el tratamiento tributario, normativo y legal de una mercadería. En el rubro textil, antes se aplicaban valores criterio que, si estaban mal declarados, generaban perjuicios fiscales. Hoy esos valores se suspendieron, pero sigue siendo esencial clasificar bien para evitar errores. Aunque el riesgo fiscal haya bajado, la precisión técnica sigue siendo una responsabilidad profesional.
¿Qué procesos deberían flexibilizarse?
Creo que la facilitación del comercio debería ser el eje. Falta digitalización, unificación de sistemas y criterios homogéneos entre aduanas y puertos. En un mismo país, distintas terminales piden documentación diferente. Eso duplica el trabajo administrativo. Si lográramos un sistema unificado y una misma regla para todos, las operaciones serían mucho más ágiles y seguras.
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Como docente, ¿qué observás en las nuevas generaciones que se forman en comercio exterior?
Veo una pérdida de interés en algunos estudiantes. Las crisis, los cambios de políticas y la inestabilidad desmotivan. Pero el comercio exterior es una disciplina apasionante. Intento transmitir esa pasión desde mi experiencia. Les muestro que no se trata solo de meter un contenedor en un barco: es entender cómo cada decisión afecta a toda la cadena productiva. Me gusta que vean las fábricas, los procesos, que comprendan por qué un insumo en tiempo y forma puede definir toda una producción.
¿Qué reflexión final harías sobre el rol del despachante en este contexto?
Mi reflexión es que las empresas y emprendedores deberían valorar la figura del despachante de aduana. Trabajar con profesionales formados ahorra costos, evita errores y mejora los tiempos. No se trata solo de cumplir con trámites, sino de darle previsibilidad y seguridad a la operación. En un entorno tan cambiante como el actual, la profesionalización es la única garantía de que el comercio exterior siga siendo una herramienta de desarrollo y no una fuente de conflictos.
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