
Para Mariana, “la logística es parte estructural del desarrollo energético”. A lo largo de esta nota, conecta la transformación del sector energético con la apertura de mercados, la articulación público-privada y los desafíos logísticos que atraviesan al país en un contexto de cambios estructurales.
Tenés una amplia trayectoria en el sector energético. ¿Cómo ves la actualidad y cuáles son hoy las novedades que marcan la agenda?
El tema estratégico de la Argentina es la energía. Mi recorrido fue principalmente en el mundo de la energía eléctrica, aunque hoy la agenda está dominada por el petróleo y el gas porque tenemos reservas increíbles. Vaca Muerta es un recurso extraordinario y seguirá siendo una fuente de empleo, divisas e inversiones muy importante, además de tener un impacto federal porque atraviesa varias provincias y toda la cadena logística.
En lo eléctrico, después de 30 años pasé por todos los marcos regulatorios y ahora estamos frente a un cambio grande: una desregulación que permitirá a las industrias comprar directamente al generador. Es un paso clave.
¿Qué significa este cambio en la práctica para las empresas?
Hasta ahora había un intermediario estatal. Con la nueva normativa, las empresas podrán elegir a quién comprar. Podrán licitar y contratar energía térmica, renovable o hidroeléctrica según precio y condiciones pactadas libremente entre privados. Esto abre un mundo nuevo: desde sumar servicios combinados de gas y electricidad hasta la posibilidad de instalar paneles solares y convertirse en autogeneradores o “prosumidores”, que consumen y producen a la vez.
Además, en un contexto sin subsidios, manejar el costo energético es vital, sobre todo en industrias electrointensivas. La eficiencia energética pasa a ser un incentivo natural: la energía más barata es la que no se consume. Por eso muchas empresas buscan modernizar instalaciones para reducir consumo. Es beneficioso en lo económico, en lo productivo y también en lo ambiental.
¿Qué desafíos logísticos enfrenta hoy el sector eléctrico en la Argentina?
El principal cuello de botella son las redes de transmisión. El recurso solar está en el norte, el eólico en puntos específicos, y necesitamos líneas que lleven esa generación a los centros de consumo. Son inversiones enormes y urgentes.
Otro desafío es que muchos repuestos y nuevas tecnologías son importados. Desde turbinas hasta equipamiento de generación, dependen de cadenas globales de suministro. La pandemia y la guerra en Europa mostraron lo vulnerable que es ese esquema: a veces los tiempos de entrega de una turbina pueden demorar años, lo que complica la oferta local.
Por eso se exploran alternativas como el almacenamiento en baterías, que complementa a las renovables. Todo esto requiere articulación público-privada y marcos regulatorios estables porque las inversiones son muy significativas y de largo plazo.
¿Cómo es la logística concreta de mover estos equipamientos?
Es muy compleja. Un ejemplo: cambiar un transformador que ocupaba prácticamente el tamaño de una sala entera implicó traerlo al país y después trasladarlo en camión durante días a velocidad mínima, coordinando incluso el levantamiento de líneas eléctricas en el camino.
En petróleo y gas pasa lo mismo: se necesitan gasoductos, oleoductos, rutas, servicios especializados. La logística es parte estructural del desarrollo energético porque hablamos de equipos de grandes dimensiones y proyectos de enorme escala.
El consumo de energía no deja de crecer. ¿Cómo ves el futuro de la demanda?
A nivel local, si logramos crecer como país, el primer motor será ese mismo crecimiento. El desafío será abastecer esa mayor productividad. A eso se suman nuevas demandas globales: centros de datos, inteligencia artificial y electromovilidad, todos grandes consumidores de electricidad.
Argentina tiene un potencial enorme no solo para abastecerse, sino también para exportar. El gas y el petróleo ya se exportan por gasoductos o como GNL. La electricidad se vende a países vecinos por interconexiones. Incluso surgen usos innovadores, como aprovechar gas asociado que antes se desperdiciaba para generar energía y aplicarla a nuevas industrias. Todo eso significa desarrollo, inversiones y divisas.

Pasando a tu rol institucional, ¿cómo surgió tu vínculo con la cámara de comercio de los Estados Unidos que hoy presidís?
Comencé a participar hace más de diez años como directora, y desde entonces acompañé todo el proceso hasta llegar a la presidencia. La cámara es bilateral y representa a cientos de compañías de más de 40 sectores distintos. En conjunto aportamos una parte significativa del PBI nacional y de la recaudación impositiva, lo que muestra nuestra representatividad.
Más allá de los orígenes de cada empresa, lo que nos une son los valores compartidos: reglas claras, seguridad jurídica y libre mercado. Nuestro propósito es crear un clima de negocios que fomente la inversión, el empleo y el desarrollo sostenido. Además, tengo el honor de ser la primera mujer presidenta en más de 110 años de historia. Es una gran responsabilidad y un orgullo.
¿Qué papel cumple hoy la cámara en el escenario actual?
Uno de los ejes centrales es el diálogo público-privado. No solo con el Poder Ejecutivo, también con el Legislativo y el Judicial. En un país que busca abrirse al mundo, esa articulación es fundamental para propiciar negocios y dar previsibilidad.
Hablando de tu liderazgo personal, ¿cómo lo definís frente a tantos cambios estructurales, desde la energía hasta la inteligencia artificial?
Creo que hoy un líder necesita dos cualidades que no siempre se mencionan. La primera es humildad. Porque uno debe reconocer que lo aprendido quizás ya no sirva y hay que estar en aprendizaje continuo, dispuesto a dejar atrás lo conocido para abrazar lo nuevo.
La segunda es la templanza. En tiempos turbulentos e inciertos, hay que mantener la calma, no perder de vista el largo plazo y tener la serenidad de navegar escenarios complejos sin desviarse del objetivo. Para mí, esas dos virtudes son las que pueden llevar lejos a un líder en este mundo de cambios constantes.
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