
¿Por qué no surge la iniciativa sexual aunque el cariño se mantenga? Ese dilema ha inquietado a muchas mujeres que, lejos de haber perdido el afecto por su pareja, notan cómo la distancia física crece y la espontaneidad disminuye.
En entrevista con Infobae México, la doctora Fabiola Trejo, psicóloga social de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) aborda las causas culturales, sociales y personales detrás de esa pregunta silenciosa.
La especialista señala que existe una visión distorsionada sobre el deseo sexual femenino, aún vigente en la conversación pública. Explica:
“Apenas hace cinco años se empezó a hablar de deseo responsivo en México, mientras que llevamos veinticinco años con datos sobre ese tema. Todavía escucho a especialistas hablar de un deseo que ya no aplica”.

Según la experta, este cambio de perspectiva resulta clave para comprender por qué tantas mujeres perciben el sexo como una tarea extra y dejan de proponer el encuentro físico.
El deseo responsivo, malentendidos y desigualdad
La explicación tradicional sostiene que el deseo aparentemente surge de manera espontánea, casi automática, especialmente en los hombres.
En contraste, el concepto de deseo responsivo refiere a una variante donde la motivación sexual aparece a partir de la cercanía, la conversación o el estímulo previo, no como un impulso súbito.
“La primera investigación sobre deseo responsivo se centró en mujeres, pero todas las personas tienen deseo responsivo. La diferencia es que vivimos en una cultura que estimula emocional y sexualmente a los hombres de manera constante”, afirma Trejo.

En chats, espacios sociales y medios, la sexualidad masculina se representa y valida abiertamente. Las conversaciones entre hombres tienden a estar cargadas de referencias sexuales, imágenes y bromas explícitas, lo que refuerza la idea de un deseo mas activo.
“Te metes a un chat de hombres y hay memes y cosas muy sexualizadas; te metes a un chat de mujeres y hablan de trabajo, hijos o salidas. Desde ahí observamos realidades paralelas”, agrega la experta.
De acuerdo con Trejo, la cultura empuja a los hombres a mostrarse siempre deseantes, mientras a las mujeres se les exige recato y afectividad: “Las mujeres tenemos que demostrar que no somos solo cuerpo, que tenemos sentimientos, inteligencia… que somos mujeres ‘de bien’”.
La carga invisible, la rutina diaria y el agotamiento
El deseo, lejos de desaparecer, suele ocultarse tras capas de obligaciones y cansancio.

“Cuando estamos en una relación de pareja a largo plazo, el deseo empieza a decaer, tanto para hombres como para mujeres, porque dejamos de estar en contacto con estímulos nuevos, y estos son fundamentales”, explica Trejo.
No solo se trata de tiempo, sino también del trabajo emocional previo, durante y después del encuentro sexual.
¿Cuáles son esas `tareas invisibles’ que afectan?
La especialista describe algunas de las siguientes:
- Preparar el cuerpo
- Pedir el preservativo
- Estar pendiente del ciclo menstrual
- Preocuparse si no hay erección en la pareja
- Fingir el orgasmo para evitar malos entendidos
- Gestionar las consecuencias emocionales del encuentro
Trejo detalla que muchos de estos trabajos caen de modo desigual sobre las mujeres, quienes ya sostienen trabajos no remunerados y roles de cuidado en otros ámbitos.

Este fenómeno se traduce en momentos de evasión:
“Cuando la pareja se acerca y no tienes ganas, sabes que un beso implica sexo, tiempo y otros pendientes. A veces lo haces solo para evitar problemas, porque llevas tiempo sin nada”.
El resultado, dice la experta, es el apagamiento parcial del propio deseo: “Apagamos una parte de nosotras, lo postergamos hasta que sea un verdadero problema en la pareja o hasta buscar ayuda”.
¿Por qué la iniciativa no desaparece, solo duerme bajo el peso cultural?
“No existe una masculinidad natural más deseante ni una feminidad espontáneamente apática”, sostiene la especialista.
Todas las personas pueden sentir deseo espontáneo o responsivo, pero el contexto y la estimulación cotidiana marcan la diferencia.
Para la doctora, la respuesta a la pregunta “¿por qué ya no tomo la iniciativa?” podría estar más ligada a las cargas emocionales, las expectativas y el cansancio acumulado que a la falta de sentimientos hacia la pareja.

Incluso en relaciones satisfactorias, la intimidad puede pasar a segundo plano ante la suma de tareas, la rutina y la presión cultural sobre el desempeño.
Es por ello que desligar la capacidad de desear de la idea de “querer menos” abre una vía para repensar el lugar del deseo en las relaciones duraderas.
En este entendido, el deseo sexual no es un medidor de amor, sino un reflejo de lo que cada persona vive, espera y soporta.
Conocer el origen de la dificultad para tomar la iniciativa puede ayudar a nombrar y transformar esa inquietud en nuevas formas de construir la cercanía.
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