
Atracción irresistiblemente dulce, antojos constantes al pasar por una pastelería o la necesidad imperiosa de endulzar el café: gran parte de estas experiencias cotidianas tienen su explicación en la compleja relación entre el cerebro y el consumo de azúcar. Este vínculo va mucho más allá de un simple gusto personal; responde a una serie de mecanismos neurobiológicos que nos conducen a repetir el consumo de este ingrediente una y otra vez.
Como explica Mariana Valdés Moreno, especialista de la Universidad Nacional Autónoma de México, según recogió UNAM Global, cuando una persona ingiere azúcar, lo primero que ocurre es una detección a nivel gustativo. Al percibir el sabor dulce, el cerebro interpreta inmediatamente que se está obteniendo una fuente rápida de energía.
Desde una perspectiva evolutiva, esto tenía mucho sentido: consumir este tipo de alimentos facilitaba la supervivencia porque ofrecían energía inmediata, algo indispensable para la actividad física y mental. El cuerpo reacciona ante el azúcar desencadenando sensaciones placenteras, lo que hace que estas conductas tiendan a repetirse.

Consumir azúcar activa el llamado circuito de recompensa, un complejo sistema de conexión neuronal. Este es responsable de generar sensaciones placenteras cuando hacemos algo beneficioso, como alimentarnos. La dopamina cumple un papel esencial en este proceso: este neurotransmisor transforma la experiencia de comer algo dulce en una experiencia altamente satisfactoria, reforzando el deseo de repetirla.
La dopamina no se limita a transmitir placer por sí sola. Cuando se libera tras la ingesta de azúcar, queda grabado en el cerebro un registro positivo. Así, la próxima vez que se presenta la oportunidad de consumir algo dulce, la persona experimenta impulsos difíciles de ignorar, buscando revivir aquella sensación placentera.
Con el tiempo y el consumo habitual, el sistema recompensa puede desarrollar tolerancia: el estímulo que antes generaba un gran placer deja de ser suficiente, sobre todo si se ingiere azúcar en exceso. El cerebro demanda entonces más cantidad para experimentar el mismo tipo de satisfacción, lo que contribuye a que la ingesta aumente paulatinamente.

Los científicos han encontrado que estos mecanismos son similares, hasta cierto punto, a los que ocurren durante la adicción a sustancias como algunas drogas. El cerebro responde ante ambos estímulos de manera parecida, a través del mismo sistema de recompensa.
A pesar de ello, el mundo de la ciencia aún debate si el consumo de azúcar puede considerarse equiparable clínicamente a una manía, aunque sí existe consenso en cuanto a la dificultad de controlar los patrones de ingesta cuando se sobreestimulan estos circuitos cerebrales.
Resulta fundamental comprender que no todas las fuentes de azúcar afectan al cerebro del mismo modo. Existen azúcares naturales, presentes en frutas y lácteos, que el organismo asimila de forma gradual cuando se consumen en su forma completa junto a fibra y otros nutrientes.

Por otro lado, los azúcares añadidos, presentes en alimentos procesados y ultraprocesados, llegan al torrente sanguíneo de manera mucho más rápida, elevando los niveles de dopamina de forma abrupta y activando más intensamente el placer.
Este tipo de azúcar, advierte Valdés Moreno, no resulta necesario para un adecuado funcionamiento del organismo y sí supone un riesgo mayor de desarrollar problemas metabólicos y obesidad.
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