
El uso de ratas gigantes africanas entrenadas para detectar enfermedades como la tuberculosis y rastrear minas terrestres es sin duda una solución innovadora, no obstante, aunque estas especies “heroicas” llevan años demostrando su efectividad en África y Asia, su aporte no ha sido reconocido oficialmente por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
En las montañas Uluguru de Tanzania, durante un simulacro de terremoto, un roedor con mochila se desliza entre los escombros y muebles caídos hasta localizar a un “superviviente” humano. Seguido de ello, al activarse un dispositivo en su espalda, alerta a los rescatistas de la presencia de una persona, y finalmente, la rata entrenada por la ONG APOPO, que ha cumplido exitosamente su misión, es recompensada con un trozo de plátano.
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De acuerdo con la agencia de noticias Associated Press (AP), APOPO, con sede en Tanzania, lleva más de dos décadas entrenando ratas para operaciones humanitarias que incluyen la detección de minas antipersona, búsqueda y rescate en desastres y, sobre todo, identificación de tuberculosis (TB) en muestras humanas.
Estos ejemplares, que comienzan su entrenamiento poco después de nacer, poseen uno de los sentidos olfativos más desarrollados del reino animal, por lo que son capaces de detectar compuestos químicos en niveles imposibles para humanos o incluso maquinaria estándar. “Su olfato es increíble”, asegura para AP Fabrizio Dell’Anna, especialista en comportamiento animal de APOPO.
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El costo de entrenar a cada rata ronda los seis mil euros, es decir, aproximadamente ciento treinta y un mil veintiún pesos mexicanos, pero la organización afirma que la inversión es rentable, considerando el impacto humanitario de su labor.
Detectores de tuberculosis

A pesar del trabajo de las ratas en la detección de minas terrestres, con más de 50 mil desactivadas desde 2014 en países como Angola y Camboya, según los datos proporcionados por AP, es en los laboratorios donde estas criaturas han demostrado su mayor potencial.
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APOPO expandió su operación a la lucha contra la tuberculosis en 2007, una enfermedad que, pese a ser conocida desde hace siglos, sigue siendo una de las principales causas de muerte por infección en el mundo.
Según el último informe de la OMS sobre dicha afección, publicado en octubre de 2024, más de 8,2 millones de personas contrajeron la enfermedad en 2023, y 1,25 millones murieron a causa de ella.
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En África subsahariana, apenas la mitad de los infectados recibe un diagnóstico, lo que facilita la propagación de la enfermedad de manera silenciosa. De hecho, de acuerdo con los datos citados por la agencia de noticias mencionada, un solo paciente no diagnosticado puede contagiar entre 10 y 15 personas al año.
En este contexto, los roedores de APOPO demostraron ser sorprendentemente eficaces, pues al olfatear muestras de esputo recolectadas de hospitales, han logrado detectar más de 30 mil casos positivos que habían sido clasificados como negativos por medios tradicionales.
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Según lo detallado para AP, mientras una máquina GeneXpert puede tardar hasta dos horas en procesar una muestra, una rata puede analizar 100 muestras en apenas 20 minutos.
“Nos ayudan a detectar casos que de otro modo podrían pasar desapercibidos”, afirma para AP Felista Stanesloaus, médica en una clínica de tuberculosis en Morogoro. “Eso evita que las personas propaguen infecciones sin saberlo”.
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Un método eficaz sin aval internacional

Pese a la efectividad comprobada en campo, el método de APOPO no cuenta con la aprobación de la Organización Mundial de la Salud, lo cual limita gravemente su integración en los sistemas de salud pública y en la cadena de financiamiento internacional.
Actualmente, las ratas no están clasificadas como herramientas diagnósticas primarias, lo que significa que cualquier muestra positiva detectada por ellas debe ser verificada por microscopía humana antes de iniciar tratamiento. La organización humanitaria, por tanto, solo puede operar como una “segunda línea de defensa”, un sistema complementario, pero no central en la lucha contra la tuberculosis.
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Christophe Cox, director ejecutivo de APOPO, lo resume para AP de la siguiente manera: “No ser reconocido por la OMS significa que la financiación general para la tuberculosis… nunca nos llega”.
El camino para lograr esa aprobación es largo, costoso y no garantiza éxito. De igual manera, implica someter el método a ensayos clínicos rigurosos y cumplir con estándares internacionales de precisión y reproducibilidad.
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De acuerdo con el director ejecutivo, uno de los puntos críticos es que APOPO decide proceder con una muestra si una sola rata la detecta, lo que podría aumentar los falsos positivos. Por su parte, los criterios regulatorios exigen mayores niveles de especificidad, como que varias ratas coincidan antes de confirmar una muestra como sospechosa.
Cox defiende esta estrategia argumentando que su prioridad es “buscar el impacto social” y no solamente la precisión técnica. “Nuestra elección fue ir por ese último paciente”, afirma, refiriéndose a aquellos casos que podrían pasar desapercibidos bajo métodos tradicionales.
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