Descubrió cómo contar la vida privada y la lucha política y sobrevivió al tiempo: claves para leer a Andrés Rivera

Su novela “La sierva” cumple treinta años y narra como pocas el vínculo entre amo y esclavo. Fue admirado por Ricardo Piglia, Juan José Saer y Beatriz Sarlo.

Andrés Rivera publicó "La sierva" en 1992. Ese mismo año ganó el Premio Nacional de Literatura por "La revolución es un sueño eterno".
Andrés Rivera publicó "La sierva" en 1992. Ese mismo año ganó el Premio Nacional de Literatura por "La revolución es un sueño eterno".

Tres décadas configuran una medida de tiempo razonable para empezar a tantear la resistencia de una obra literaria, el modo en que ésta se sostiene en ese futuro que el autor del libro quizás ni siquiera imaginó. Muy pocos escritores, si no tienen un ego hipertrofiado, abrigan la certeza de que sus textos se seguirán leyendo cuando ellos ya no estén. Lo expresó mejor, y de manera epigramática, un poeta nacional: “Tanta palabra que alguna vez fue necesaria y hoy resulta incomprensible”.

Treinta años atrás, en junio de 1992, la editorial Alfaguara publicó La sierva, una nouvelle del argentino Andrés Rivera, un escritor notable que antes de su desembarco en ese sello ya había publicado una obra sustancial en editoriales pequeñas o periféricas dentro del sistema editorial nacional.

En escuetas 94 páginas Rivera logró un texto clásico, una narración que no es sólo un relato intimista del vínculo entre un juez y una joven con ansias de dominio, en la segunda mitad del siglo XIX, sino una vivisección del tema del poder, con una lucidez y una economía de recursos expresivos que hubiera fascinado incluso a un entendido como Michel Foucault. La trama resulta sencilla de sintetizar: Bedoya es el juez de la causa en la que se investiga un asesinato en el que Lucrecia Basualdo fungió de instigadora, y le garantiza su impunidad convirtiéndola en su criada y en objeto de sus perversiones sexuales. La sierva es, en cierto modo, el reverso de la novela El amigo de Baudelaire -publicada un año antes- en la que el narrador es el propio Bedoya contando su vida de burgués próspero, hombre refinado, terrateniente, libertino en París y, también, un observador implacable de los subsuelos pútridos donde se cuecen los negociados políticos de la Argentina.

En La sierva la voz que “escucha” el lector es la de Lucrecia y opera como un contrapunto de los hechos ya narrados en El amigo de Baudelaire. Suerte de thriller mínimo donde la peripecia es menos relevante que la subjetividad de los dos personajes principales, el párrafo inicial ya sujeta al lector por el cuello. Dice: “No soy como él, que tiene palabras -y palabras lujosas- para nombrar lo que piensa. A mí las palabras me cuestan. Sé lo que hice. Parpadeo, y lo que hice aparece en mis ojos. Ocurre en mis ojos. Pero mis ojos no tienen lengua”.

Según Ricardo Piglia, Rivera fue un experto en encontrar el equilibrio para contar la vida privada y la lucha política.
Según Ricardo Piglia, Rivera fue un experto en encontrar el equilibrio para contar la vida privada y la lucha política.

El poeta, periodista y editor Guillermo Saavedra fue quien ofició de puente para que Andrés Rivera dejara su condición de autor casi imperceptible (o escasamente difundido) y desembarcara en el mainstream editorial publicando su obra -que se inició en 1957 con la novela El precio (Ediciones Platina)- en el sello Alfaguara. A comienzos de la década del 90, Saavedra se desempeñaba como asesor literario externo y desde ese rol impulsó la edición de El amigo de Baudelaire, en 1991. Un año más tarde llegaría la hora de La sierva, publicada en ese año dorado en el que otra gran pieza central de la narrativa de Rivera, La revolución es un sueño eterno, obtuvo el Premio Nacional de Literatura. A partir de ese momento, Rivera ganó visibilidad pública y su protagonismo dentro del sistema literario argentino se afianzó hasta posicionarse como un narrador nacional ineludible del siglo XX.

Parquedad, concisión, brevedad, despojamiento, son palabras asociadas al análisis teórico del estilo narrativo de Rivera. También, la idea de que es un artífice de novelas “históricas” ha magnetizado su nombre alrededor de un género del cual sólo parece haber tomado algunos elementos como punto de partida para, a continuación, hacer su propio camino a contrapelo de las preceptivas de la novela tradicional que recrea hechos del pasado: así, se apropia de personajes históricos como Juan José Castelli en La revolución es un sueño eterno (Seix Barral), Juan Manuel de Rosas en El farmer (Seix Barral) o José María Paz en Ese manco Paz (Seix Barral), disemina unos pocos hechos y datos reales y reinventa, con calculada arbitrariedad, el imaginario de esas figuras. En La sierva, por el contrario, aborda a dos individuos ignotos que encarnan perfectamente las guerras inclementes que se libran alrededor de la sujeción del otro y el deseo de sojuzgarlo a través de la humillación y la extorsión.

Nadie narró como él la épica de los derrotados. Sabía de eso, había visto defeccionar a compañeros de lucha y de escritura y nos lo recordó libro a libro editado o reeditado en los aciagos noventa”, sostuvo la narradora María Teresa Andruetto, coautora con Lilia Lardone del libro Ribak/Reedson/Rivera. Conversaciones con Andrés Rivera (Ediciones De la Flor), en un texto de despedida escrito a raíz del fallecimiento de Rivera en 2016. “Su escritura habla de claudicaciones, convicciones, fidelidades como tal vez ninguna otra en nuestra literatura”, sumó Andruetto, y también señaló: “Encontró para eso una lengua de condensación, interpelación histórica y potencia ideológica inusitadas y con ella narró luchas, decepciones y triunfos en el camino de los oprimidos hacia la conciencia de clase”.

El libro Historia y brevedad narrativa. La escritura de Andrés Rivera de la teórica Marta Waldegaray (Editorial Biblos) es un riguroso y exigente análisis de la totalidad de la obra de Andrés Rivera, un arco narrativo que se inicia con El precio y que se cierra, en 2011, con la publicación del que sería su último libro, Kadish (Seix Barral). Explica Waldegaray: “Siempre atento a los procesos sociales, Rivera erige en su obra una imagen de autor que merece el calificativo de social (…) Sin embargo, ya en 1972, en un texto crítico célebre, Ricardo Piglia señalaba aspectos esenciales de la ficción rivereana. Apuntaba en primer lugar que en la narrativa de Rivera hay un balanceo interno entre vida privada y lucha política, y que, en este vaivén, su narrativa ´hace hablar a la política el lenguaje del deseo´. Agregaba Piglia que esta tensión agencia ‘sobre la realidad de las relaciones sociales la palabra de un cierto delirio’”.

"La revolución es un sueño eterno" (Planeta), Andrés Rivera
"La revolución es un sueño eterno" (Planeta), Andrés Rivera

En una ocasión Ernest Hemingway -uno de los escritores admirados por Rivera- sentenció que acaso en la vida de una persona y, en la literatura, los únicos temas centrales son el poder, el sexo y la muerte. El autor de Hay que matar (Seix Barral) parece haber asumido esa observación como la tríada desde la que cimentó su propia obra, quizás con el agregado del tema de los estragos de la vejez, configurando un mantra de obsesiones que, bajo diferentes enfoques y ropajes, es revisitado libro a libro.

Obrero textil, periodista especializado en noticias sindicales, militante comunista expulsado del partido por heterodoxo y autoproclamado “derrotado” ante la imposibilidad revolucionaria de tomar el poder en los años 70, lo ideológico es un elemento que adquiere una relevancia natural en las novelas y cuentos de Rivera. “Su decepción histórica, su creencia en una autenticidad propia del tiempo pasado acompañan su convencimiento en la anomia moral del presente (…). Hay en la literatura de Rivera una actitud existencial dolorosa que lo emparenta con la tradición literaria de escritores existencialistas rioplatenses como Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Ernesto Sábato, Haroldo Conti, Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti. Pero lo que en la literatura de estos escritores es una resignación inherente a la condición humana, en la literatura de Rivera la decepción es consustancial al fracaso político”, puntualiza Waldegaray, trazando un linaje en el que también hay que incorporar, por declaraciones periodísticas del propio Rivera, a autores de la narrativa estadounidense como William Faulkner, John Dos Passos, Thomas Pynchon y el ya mencionado Hemingway, entre muchos otros novelistas extraordinarios en lengua inglesa.

En La sierva, la lucidez política del escritor para nombrar los males cíclicos –y aparentemente insolubles- de la Argentina no está ausente: “Bedoya dijo que el motín en el que participaron algunos jóvenes de buenas familias, algunos cuchilleros de los arrabales y algunos militares sentenciados a criar panza en los cuarteles, indicaban que era necesario expropiar los bienes del señor Juárez Celman, de sus favoritos y de sus amigos. Que devuelvan el dinero que robaron. Que vomiten el dinero de los sobornos. Que se les quiten, por ley, sus tierras, sus casas, sus joyas, sus caballos árabes. La lección perdurará, dijo. Si se hace eso, cuenten conmigo”. Habla de la Generación del 80, pero podría también aplicarse, sin esfuerzo, a cualquier tramo de los últimos cien años de la Historia nacional.

"El farmer" es una de las novelas en las que Rivera se apoya en un personaje histórico. En este caso, Juan Manuel de Rosas.
"El farmer" es una de las novelas en las que Rivera se apoya en un personaje histórico. En este caso, Juan Manuel de Rosas.

La sierva es un libro que me conmueve mucho, porque de algún modo funcionó como la rúbrica de la Operación El amigo de Baudelaire. Y hablo de ‘operación’ porque en aquel momento yo estaba desesperado porque Andrés tuviera mayor visibilidad, y trabajaba como asesor externo de Alfaguara –explica, a tantos años de distancia pero como si se refiriera a sucesos recientes, Guillermo Saavedra-. Ya entonces nos unía una gran amistad, me había honrado con el pedido de que le escribiera la solapa a la primera edición de La revolución es un sueño eterno, cosa que por supuesto hice. Al poco tiempo me pasó el original de El amigo para que lo leyera, porque le interesaba mi opinión. En Alfaguara, en ese entonces, el único editor era Juan Martini y yo empecé a trabajar ahí sugiriéndole autores para publicar. Leo El amigo, se lo llevo a Martini y no le digo ‘me parece’ sino ‘tenés que publicar esto, es una obligación’, y Martini aceptó”.

Saavedra también recuerda detalladamente cómo fue su ingreso al universo de la narrativa de Rivera y su temprana fascinación por ese corpus literario excepcional.

“Yo fui un beneficiario de la biblioteca de mi padre -que era un autodidacta- y leí de chico las experiencias maravillosas de Boris Spivacow, en el Centro Editor de América Latina, que tenía una hermosísima colección que se llamaba Narradores de hoy, y allí aparecía Ajuste de cuentas, que es el libro en el que Andrés hace un clic –dicho esto por Beatriz Sarlo, por Juan José Saer, por Ricardo Piglia, sus lectores de aquellos años- reflexiona Saavedra-. Yo tenía once años cuando lo leí y siempre me quedé con esa música, aunque no podía todavía saber qué era lo que tenía de nuevo. Pero después, cuando en los 80 empiezo a leer Una lectura de la historia, Apuestas y Nada que perder, me digo este tipo tiene algo que no se parece a nadie. Después sí, me doy cuenta que ese tono lacónico, lleno de sobreentendidos, de agujeros de silencio, de ironía feroz y mirada distanciada de lo que está contando le debe mucho a Onetti, y Andrés me lo confirmó en nuestras charlas. Y también, por supuesto, hay una deuda con Borges, en la elegancia y la búsqueda de ciertos adjetivos de gran precisión”.

Inmune a la docilidad, Rivera fue siempre plenamente consciente de que su misión, tras la consagración literaria que le deparó el Premio Nacional en 1992, no era convertirse en una versión adocenada de sí mismo sino continuar poniendo el dedo en la llaga y, de ser posible, salarla con alguno de sus comentarios astringentes. En una entrevista con el periodista Luis Gruss, en 1994, el narrador señalaba: “Muy pocos de los escritores de mi generación se salvaron de una posición maniquea en la literatura, que encontraba en el oprimido sólo lo bueno, y que cuando se lanzaba contra los explotadores, que por cierto existen al igual que los oprimidos, evidenciaba una gran incapacidad de mostrar su perversidad con convicción”. Quizás sea en La sierva donde Rivera encontró el tono más contundente para evidenciar que, en ocasiones, el amo y el esclavo no son tan distintos como podría suponer una mirada biempensante. O que esos roles son, en ciertas circunstancias, fácilmente intercambiables.

"La sierva", uno de los textos más fascinantes de la literatura argentina contemporánea.
"La sierva", uno de los textos más fascinantes de la literatura argentina contemporánea.

Políticos, terratenientes, curas, militares, intelectuales burgueses, desposeídos arribistas, obreros despolitizados, fascistas, asesinos paraestatales y lúmpenes del crimen, a todos Rivera los encaró con la potencia de una escritura que más que un modo de interpelación podría parecer un navajazo (o un escupitajo) lanzado contra el rostro de la hipocresía social. En su novela Los vencedores no dudan (Grupo Editor Latinoamericano), la voz del narrador diagnostica: “El país, este país, está empachado, atosigado de palabras inverosímiles. Pero también harto. Inútiles, no. Huecas. Huecas, no. Falsas. Falsas. Sirven para lo que se te antoje. Para a o para zeta. Para blanco o para negro. Es como una diarrea que no para. Palabras falsas de noche y de día: vivimos en el país de la ficción. Ficción en las caras, ficción en la letra escrita, ficción en la letra hablada... Patria: ahí tenés la palabra Patria. ¿Qué quiere decir hoy, la palabra Patria? Pe-a-te-erre-i-a. ¡Patria! ¿Qué? ¿El hogar del estoicismo? ¿La alianza con Dios? ¿La cuna invariable del héroe? ¿Esparta que aniquila, con la Cruz y la Espada, al mundo fenicio? No. No. ¿Una puta de la que se aprovecha cuanto canalla se sienta detrás de un mostrador o sube a una tribuna y proclama que, si ponés una papeleta con su nombre en una mierdosa escupidera, el futuro nos sonreirá?”.

El sexo con su correlato de situaciones de dominación y asimetría entre los géneros ha recorrido toda la obra de Rivera, por lo que ciertamente ese aspecto no resultó una novedad incorporada en la trama de La sierva a la que se le hubiera podido atribuir, con suspicacia, una intención efectista. Ya en 2001, en una entrevista con la periodista Patricia Kolesnicov, interrogado sobre la recurrencia de escenas de sexo de perfiles brutales en sus textos, Rivera contestaba: “Me lo han dicho. ¿Alguien cree que la mujer goza de los mismos derechos que el hombre? La mujer es considerada inferior. Eso está arraigado en los cuerpos. ¿Por qué un hombre no va a ejercer su dominio sobre alguien que está más bajo que él? Mis novelas no son espejos, pero yo no voy a presentar situaciones ideales que no van a convencer al lector inteligente”. Si Fogwill se jactó alguna vez de ser “el único que puede parar una pija en la literatura”, en La sierva Rivera canaliza el pensamiento y las emociones de una mujer que está dispuesta a todo porque aspira a ser patrona, y lo hace con un procedimiento narrativo no menos arriesgado que el presunto logro fogwilleano. Escribe: “El subió sobre mí. Me abrió las piernas y pechó, y pechó. Y yo, allí, en la cama, de cara al techo, quieta y fría, debajo de él, los ojos abiertos.

Un hombre es todos los hombres. La tiene corta o larga, gruesa o flaca, se le pare o no, solo quiere eso: entrar en una. Y pechar hasta verse en una como nunca volverá a verse, como nunca recordará que se vio. Yo ya sabía casi todo lo que debía saber”.

Sobre la perdurabilidad de la obra de Rivera, Saavedra no abriga la menor duda: “El amigo y La sierva son un caso de gran interés dentro de la narrativa argentina, porque se entrecruzan prolíficamente, tanto en uno como en otro, política, sexualidad, economía narrativa, ironía, revisión de la Historia, pero todo en función de un talento narrativo, de una especie de instinto literario, que desata un goce incómodo, como cuando leemos historias canallescas y, sin embargo, a través de la lectura nos sentimos liberados de las miserias que se cuentan”.

No hubo ni hay comercio –entendido como la puesta en escena de una serie de trucos para encandilar a lectores inexpertos- en la literatura de Rivera. Hay, sí, la voluntad sostenida, durante más de cincuenta años, de nombrar aquellas cosas que otros prefieren callar o, en todo caso, no escuchar. Por su contundencia expresiva, por su hechura clásica, a treinta años de su publicación, La sierva continúa siendo uno de los textos más fascinantes de la literatura argentina contemporánea. Aunque toda profecía implica apostar a favor del error, no parece desatinado arriesgar que pasarán treinta años más y este libro seguirá estando allí: inamovible, perturbador, interpelante.


Quién fue Andrés Rivera

♦ Nació en Buenos Aires en 1928 y murió en Córdoba en 2016.

♦ Hijo de inmigrantes obreros, fue él también obrero textil. Luego se dedicó al periodismo y la literatura. Militó en el Partido Comunista, del que fue expulsado.

♦ Publicó su primer libro, El precio, en 1957, y el último, Kadish, en 2011. Entre sus novelas se cuentan Nada que perder, La revolución es un sueño eterno y La sierva. Entre sus libros de cuentos, Ajuste de cuentas y Por la espalda.


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