Andrés Rivera
Andrés Rivera

Hijo de inmigrantes judíos que huyeron de Ucrania acosados por el pogrom. Andrés Rivera, nombre real Marcos Ribak Schatz, no terminó la escuela secundaria. Sólo recordaba, de ella, la fórmula del ácido sulfúrico: acaso una metáfora de la violencia que respira toda su literatura. Fue obrero textil, periodista y corrector de estilo.

Susana Fiorito, su segunda mujer, fue redactora de diarios gremiales en los días del primer Cordobazo. A Rivera lo cautivaron su militancia y su inteligencia, pero también su minifalda y sus medias negras de red. Juntos dirigieron en Bella Vista, un barrio bravo y pobre de Córdoba, una fundación que aún tiene desde huerta hasta biblioteca, desde costura y cocina hasta cine-debate, apoyada por organizaciones no gubernamentales extranjeras (Suecia, Canadá, los Países Bajos) y fundaciones locales.

Rivera escribía un libro por año, a mano, con lapicera fuente, en cuadernos anillados, y luego pasa el texto a máquina. Cuando tenía 14 años, su tío Felipe le hizo descubrir a Roberto Arlt. Admira el Martín Fierro. Obras esenciales: El amigo de Baudelaire, La sierva, El verdugo en el umbral, En esta dulce tierra, El Farmer, La Revolución es un sueño eterno, Ese manco Paz. Sus casi veinte novelas le valieron el Premio Nacional de Literatura y el Konex.

Esta entrvista fue realizada en el año 2000:

Hace café. A las cinco en punto de la tarde, con precisión de químico (porque, entre otros oficios terrestres, estudió Química), vigila el punto del agua, echa las exactas cucharadas, presiona el émbolo, sirve.

Buen café, Rivera.
-Sin modestia: dicen que lo hago muy bien.
No mienten, créame. León Bloy les dijo a sus hijos, mientras agonizaba: "Aprendan a hacer café. Nada de lo demás tiene importancia".
Se ríe. Divagamos un rato: libros, anarquistas, poetas, barrios de Buenos Aires.

¿Grabo?
-Grabe.
Judío, comunista, escritor, y no se exilió después del golpe del 76. ¿Cómo le escapó a la muerte?
-Pensé: "No soy conocido. Más que un militante, soy un testigo. Mi hijo Carlos está enfermo y debo ayudarlo (Nota: Carlos murió de leucemia a los 16 años). Conclusión: me quedo".
Con un agravante, además: usted, en esos años, trabajaba en El Cronista, un diario copado por los Montoneros…
-Así es. Éramos cien periodistas, había asambleas y votaciones a cada rato, y cuando yo pedía la palabra, sentía que hablaba solo, y en el Polo. Un día, mientras iba para el baño, uno de los redactores me susurró: "A vos te vamos a llevar al paredón". Levanté una máquina de escribir y amenacé con estrellársela en la cabeza…
Pero el gran peligro estaba en la calle.
-Créame. No hubo un día, en todos esos años, en que caminando desde el diario hasta el subte dejé de sentir que alguien, desde atrás, me agarraba del hombro. Ya sabe a qué me refiero…
Absolutamente. Pero también lo expulsaron del Partido Comunista. Doble soledad.
-Sí. Me afilié en el 45 y me echaron en el 65 por nacionalista, burgués, contrarrevolucionario, indisciplinado partidario, etcétera. Me aplicaron todo el repertorio.

“La revolución es un sueño eterno” (Planeta), Andrés Rivera
“La revolución es un sueño eterno” (Planeta), Andrés Rivera

Pero cumplió su destino. Llegó, por fin, su primer éxito literario: La revolución es un sueño eterno. ¿Por qué eligió a Juan José Castelli como protagonista?
-No sé mucho de Castelli. En todo caso, sé lo mismo que usted y que la mayoría. El orador de la Revolución de Mayo, el enviado a los ejércitos del Alto Perú… Pero cuando leí que ese hombre, como Freud, murió de cáncer de lengua, bueno: sentí el impulso, el disparador, esa pasión de la que hablaba Faulkner, y me puse a escribir. ¿Sabe qué decía Faulkner del impulso? "Si su madre se interpone entre el impulso y usted, ¡mate a su madre!".
¿Qué vio en Castelli?
-El Bien absoluto. Y en Rosas, el Mal absoluto.

“El farmer” (Alfagura), de Andrés Rivera
“El farmer” (Alfagura), de Andrés Rivera

Sin embargo, Rosas es el personaje de otro libro suyo también exitoso: El farmer. ¿Por qué?
-Mis afinidades con Castelli son ideológicas, políticas y humanas: totales. Por Rosas, en cambio, no tengo afinidad ni simpatía alguna. Sin embargo, estoy ligado al Rosas de El farmer
-¿En qué? ¿Por qué?
-Ese Rosas es viejo, y yo soy viejo. Ese Rosas está solo, y yo estoy solo. Ese Rosas vive en el exilio, y yo también. Vivo en Córdoba, que es una forma de exilio.
Pero algo afín debe encontrar en Córdoba…
-Es cierto. Córdoba es una ciudad de iglesias, y yo soy ateo. Pero en Córdoba, Castelli ordenó fusilar a Liniers por contrarrevolucionario, estalló la Reforma Universitaria, y hubo dos cordobazos. ¿Me entiende?
Absolutamente.
-Como se habrá dado cuenta, no soy un profesional del optimismo. No tengo definiciones para las palabras amor y felicidad, y me guía una frase de la que tengo el copyright: "La esperanza se escribe en el agua".

“Ese manco Paz” (Octaedro), de Andrés Rivera
“Ese manco Paz” (Octaedro), de Andrés Rivera

Pero ahora, contra toda esperanza, Ese manco Paz, su última novela, está a la cabeza de las ventas. De paso: ese mirar hacia atrás (Castelli, Rosas, Paz), ¿es su manera de definir su desencanto hacia el país de hoy?
-La palabra desencanto es buena, sí. Después de todo, pertenezco al bando de los que pelearon y perdieron.
Pero, además de la literatura, le quedan otros placeres, supongo. No todo será desencanto y derrota…
-Es cierto. Me queda escribir (el impulso), el café, el guiso de lentejas, el whisky JB, el bourbon Jack Daniel´s, la noche, el cine (amo el cine), mi hijo Jorge –que es mago de profesión-, y la Susana Fiorito, mi mujer.
¿Por qué dice la Susana Fiorito?
-Ah, porque en Córdoba, a todos le meten el artículo: el Andrés, la Susana, etcétera.
¿Y Borges?
-Quien no lo lee no aprenderá nunca a escribir.
¿Sus grandes pecados?
-Como ateo, no creo en el pecado. Sin embargo, tengo un pecado: no haber aprendido inglés para leer a Shakespeare y a Joyce en su lengua original. Me perdí esa música para siempre…

“Andrés Rivera” (Sudestada), de Martín Latorraca u Juan Ignacio Orúe
“Andrés Rivera” (Sudestada), de Martín Latorraca u Juan Ignacio Orúe

Dinero. Hablemos de dinero, Rivera.
-No me importa mucho, y tengo el que necesito. Anote. Cobro, para siempre, 709,50 por el Premio Nacional de Literatura y 328,50 como periodista jubilado. Son 1,038 pesos. Me alcanza para comprar un jean, JB, libros, y para salir a comer una vez por mes con un amigo. ¿Para qué más? Usted me dijo antes que soy un sobreviviente. Es cierto. Pero también soy un privilegiado.
Bueno, puede aumentar su bolsa presentándose a otros concursos literarios…
-No. ¿Sabe por qué? Porque tengo vergüenza de mí mismo.
Su literatura no puede avergonzarlo: a esta altura, está sacramentada por las cifras…
-Es cierto. Pero hoy no premiarían a un libro sino a un nombre y una trayectoria. A una marca. Me niego a ser un fetiche.

Anochece. Volvemos a divagar. De pronto me dice: ¿Sabe? Un día, a mis 27 años, descubrí que iba a morirme. Es decir, tomé conciencia de mi mortalidad. Porque hasta ese momento me sentía eterno…
-…
Y le digo otra cosa: esta entrevista fue mucho más que una entrevista: ¡fue un banquete!

Lo dijo a plena risa y con los brazos abiertos hacia la ventana de su pied-à-terre, barrio de Belgrano, piso veinte. Ya era noche cerrada. A plena risa: algo casi inédito en un perpetuo "cara de bulldog". Brindamos con bourbon Jack Daniel´s. Nos despedimos hasta el próximo café. No lo hubo. Se fue antes.

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