Defensa de la novela romántica: a ningún varón que escribe sobre fútbol le dicen que hace “literatura machirula”

La autora fue miembro del jurado del concurso de novela romántica que se dio en la Feria del Libro y ganó Valeria Naya. Dice que sobre el género cae una montaña de prejuicios. Y explica qué tiene de bueno.

La entrega de los Premios Lidia María Riba, en la Feria del Libro de Buenos Aires 2022. (Foto VR Editoras)
La entrega de los Premios Lidia María Riba, en la Feria del Libro de Buenos Aires 2022. (Foto VR Editoras)

A fines del año pasado, la editora Marcela Aguilar del sello VeRa Romántica, me convocó para ser jurado del Premio Lidia María Riba de Novela Romántica. Acepté de inmediato, porque es un género que me produce mucha curiosidad -no son las aguas por donde navegué habitualmente en mi carrera – y porque creo que una debe vencer los propios prejuicios sobre todo, y este es el primer deber del artista, para convertirse en un artista, sin lugar a dudas.

Cómo fue que a la editora se le ocurrió imaginar un concurso de novela romántica es harina de otro costal y ella lo cuenta con sus palabras: “La idea partió de escuchar un par de cosas desde este lado del escritorio: que no hay oportunidades para las nuevas voces, o que es dífícil que te atiendan en una editorial, o que si no tenés un contacto dentro, la puerta de la editorial está sellada con siete llaves. Me pareció que organizar un concurso era una muy buena y democrática oportunidad para abrir las puertas a todo aquel que tuviera ganas de compartir lo que escribía. Y además un concurso era la posibilidad de la esperanza, decir: ‘Ahora está todo mal, hay pandemia, aislamiento, pero en un tiempo nos vamos a juntar y haremos una fiesta y esa fiesta será el premio a la escritura de una novela.’” La editorial entregaba al ganador una lapicera diseñada y labrada por Juan Carlos Pallarols y la suma de U$3000 dólares.

“Me preocupa la problemática que suscita el género, tan resistido y menospreciado en círculos académicos y feministas”

Mis compañeras de labor fueron la matriarca del género, Cristina Bajo, y la no menos exitosa Viviana Rivero, autora de una decena de novelas de amor (algunas como La magia de las flores y El alma de la vida) y de quien pueden ver la serie Secreto bien guardado en la plataforma audiovisual de la TV Pública. Las novelas no llegaron a nosotras directamente, sino que pasaron primero por un jurado de preselección, formado en su mayor parte por coordinadoras de clubes de lectura de novela romántica. Según comentó después Natalia Vázquez, prensa de la editorial y coordinadora: algunas de las lectoras del prejurado habían leído hasta dos veces o más las novelas que les había tocado en suerte, de puro entusiastas. Es que el alma de la novela romántica, su crema y nata, son sus lectoras. Esto afirmado incluso por las grandes del género como Florencia Bonelli, Viviana Rivero y Laura Miranda: son ellas las que hacen la prédica de la recomendación de los libros y los llevan y traen como hormiguitas de un lector a otro.

Por otra parte, yo me preparé como jurado. Sabiendo la sororidad que existe entre las lectoras y escritoras del género romántico -tal vez en ningún otro género la línea entre escribir y leer es tan delgada, porque muchas de las lectoras desaforadas son escritoras o aspiran a serlo -, salí de los grupos de Whatsapp que compartía con algunas de ellas y me abstuve de meterme en tema con amigas, grandes escritoras, que sabía que podían presentarse al concurso. A las novelas había que enviarlas firmadas con seudónimo, para evitar que los jurados supiéramos quiénes eran sus autores. Sí, también hubo un hombre, Nicolás Blampied, autor de El melancólico de Girolata, una historia cortazariana, entre las diez novelas finalistas.

“Creo que debería apoyarse a las mujeres que escriben, lo hagan en el género que lo hagan, porque están rompiendo esa cuadratura del círculo que es el varón escritor y patriarcal, autoritario respecto de su saber”

No hay nada mejor que no conocer los nombres de quienes participan y ganan, porque entonces uno como jurado se siente orgulloso de haber elegido bien, y no llevado por su corazón . Hace poco, Ana María Shua me contó una anécdota sobre Beatriz Guido, quien tenía fama de premiar sólo a los amigos cada vez que era jurado. La prensa le pregunta sobre esta inclinación suya, tan poco justa, y ella respondió algo como: “¿Cómo le voy a dar el premio a un desconocido? ¿Y si resulta ser un nazi o algo peor? Mejor entregárselo a un amigo.”

Llegaron a mí diez novelas, las diez finalistas, de las cuales debíamos elegir tres. Norte, la novela de Valeria Naya, a la que dimos el primer premio, nos saltó a la cara. De una escritura clara, trepidante, era una novela que impresionaba lo bien escrita que estaba y yo me pregunté quién estaría detrás de ese texto, porque sin duda era alguien muy profesional. El voto para la novela fue unánime. Una mujer de cierta edad decide empezar una vida nueva en Barcelona; y allí se topa con un policía con fama de mujeriego -y con el corazón roto, como todos los mujeriegos – y se traba entre ellos una relación pasional. Ya la leerán ustedes con sus propios ojos en los próximos meses.

El premio se entregó con una gran gala en la Feria del Libro de Buenos Aires, y estaban presentes todas las finalistas o sus representantes menos dos, que por COVID y razones de salud, sólo estaban presentes a través de sus pantallas. Primero fueron premiadas las novelas mencionadas y que serán publicadas por la editorial: Un destino llamado puerto de Magalí Escandell y Nuevos comienzos de Florencia Álvarez. De pronto, y con musiquita de suspenso, abrimos el sobre con la ganadora: ¡estaba en la pantalla y le llegaba la comunicación con retraso! Experimentamos con ella segundo a segundo su emoción; y creo que todos lloramos en ese momento. Sucede que ser jurado es un trabajo y uno lo puede tomar fríamente como a cualquier otro trabajo, pero llegado el momento de premiar es imposible no recordar la ilusión con la que alguna vez estuvimos en ese mismo lugar. El 90 por ciento de los escritores hemos pasado por el banquillo de los finalistas, esperando salir a patear a la cancha.

“Cuando un escritor varón publica un libro sobre fútbol o sobre béisbol o boxeo, que puede interesar sólo a los fans del deporte, y en su mayor parte son lectores hombres, nadie lo tacha por estar haciendo ‘literatura machirula’”

Como yo no la conocía, quise conocer más a la autora de Norte, Valeria Naya (La Plata, 1971), y por qué escribía tan bien. Resultó que no era una recién llegada: para empezar es una profesora de Letras egresada de la UNLP, y para seguir ya tenía en su haber una novela llamada Alma, amor en la tormenta autopublicada en 2018. Esta historia cuenta sobre una pareja que se conoce durante la inundación en La Plata en 2013. Luego, Alma pasó al sello digital Selecta, a la par de Paulo. Laberinto de pasiones en 2019. La pueden ir leyendo por allí, por ahora.

Valeria Naya, además, es una lectora febril de romance y una de las creadoras del grupo de fans de Florencia Bonelli, Bonellistas unidas. Organizan eventos para encontrarse con su ídola, así como actividades y juegos sobre el género en un grupo de Facebook. Las lectoras de romántica suelen tener una vida social activa entre ellas y reunirse en meriendas y desayunos con sus autoras favoritas, y Valeria Naya es una de las gestoras de estos movimientos.

Valeria Naya. La ganadora del concurso VeRa 2022. (Foto @valerianaya_escritora)
Valeria Naya. La ganadora del concurso VeRa 2022. (Foto @valerianaya_escritora)

Todas mis expectativas estaban puestas en este premio”, me cuenta, “las personas que somos autopublicadas venimos trabajando en la literatura, solos, generalmente, y haciendo de manera ‘artesanal’ por decir así, el trabajo de corrección y edición. Las escribo, las envío a un corrector literario, en mi caso Mimi Romanz, también escritora de novelas románticas, y la registro en Propiedad Intelectual. Ahora, estoy deseando ver mi libro en las librerías: ese sueño que yo quería cumplir. ¡Estoy deseando ver la portada! Respecto de mi carrera, yo lo único que quiero es escribir, y que mis historias lleguen a las personas que quieren leerlas.”

Particularmente me preocupa la problemática que suscita el género, tan resistido y menospreciado en círculos académicos y feministas. Creo que debería apoyarse a las mujeres que escriben, lo hagan en el género que lo hagan, porque están rompiendo esa cuadratura del círculo que es el varón escritor y patriarcal, autoritario respecto de su saber.

Cuando un escritor varón publica un libro sobre fútbol o sobre béisbol o boxeo, que puede interesar sólo a los fans del deporte, y en su mayor parte son lectores hombres, nadie lo tacha por estar haciendo “literatura machirula”. Las mujeres que escriben romántica no corren la misma suerte y eso que en la Facultad de Letras suele leerse a Jane Austen y a las Brönte.

Sobre este dilema, Valeria Naya opinó: “Me parece importante marcar que el género del romance, que ha sido bastante vapuleado, es un género noble. En la actualidad una novela romántica no se limita a una historia de amor. Es un género que ha evolucionado junto con sus lectores y sus intereses, y una lectora actual es inquieta, investigadora. Una novela de romance hoy día puede incluir (como tramas que componen el entretejido) subgéneros como policial, thriller, fantástico. Si decido ambientar en un lugar y una época, no puede haber errores, todo debe estar chequeado, para que la lectora no pierda la ilusión de realidad. Escribir romance es una tarea titánica.”

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