
Este jueves 6 de noviembre, poco después las 10:20, 87 imputados y sus defensores se dieron cita frente vía Zoom para el juicio más largo de la historia de la corrupción argentina, con la causa más grande de la corrupción argentina. El primer día del juicio caso de los cuadernos de las coimas, llevado adelante por el Tribunal Oral Federal N°7, con una audiencia transmitida en el canal de YouTube de la Corte Suprema, tuvo una sensación doble, con un poco de pasado, y un poco de purgatorio, en este proceso que podría durar tres años o más. Y el primer día en el purgatorio siempre es un poco incómodo.
La audiencia comenzó casi una hora tarde, por demoras de los acusados. Poco después, cuatro secretarios del Tribunal se turnaron para leer la primera de una serie de acusaciones cuya lectura tomará, al menos, hasta el comienzo de la feria judicial de verano. Luego, vendrán las indagatorias, si es que los imputados deciden responder.
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Este jueves, se leyó, en un 60 por ciento aproximadamente, la primera acusación del caso, el pedido de elevación a juicio del primer tramo del expediente 9608/2018, firmado en 2019 por el fiscal Carlos Stornelli. El pedido completo mide unas 225 mil palabras. Es lo que mide, por ejemplo, un libro de no ficción de una extensión respetable.

Ninguna sala física de la Justicia argentina podría contener un proceso tan grande. Pero un juicio por Zoom no tiene encanto. La mística hubiese sido doble; la causa de los cuadernos, si es que la acusación es cierta, reveló las relaciones carnales, impúdicas, entre la Casa Rosada y el capital.
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Cristina Fernández de Kirchner, la principal acusada, señalada como la jefa de una asociación ilícita dedicada a la recolección de coimas de empresarios, estaba allí con un suéter blanco. Apenas mostraba la cara frente a su webcam en su departamento de la calle San José en Constitución, donde cumple su condena por la causa Vialidad. Carlos Beraldi, su histórico defensor, acaparaba la lente.
Horas antes, CFK había posteado en sus redes sociales, el equivalente en el tiempo del despoder de sus viejas cadenas nacionales, donde calificó al proceso como “otro show judicial”, una bomba de humo mientras “se discute el futuro del trabajo y de las jubilaciones”.
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El caso Cuadernos impactó como pocos eventos políticos en la grieta de la posverdad. Para los ultras de un lado, todo el expediente es una fabricación, a pesar de que los empresarios arrepentidos hicieron filas para confesar. Para los ultras del otro, una infamia que despierta sobreactuaciones indignadas. Pero el Gobierno libertario, tal vez envalentonado por los últimos resultados electorales, decidió no opinar sobre el juicio; en este proceso, CFK se encuentra acusada de recibir 204 coimas.

Hacía tiempo que no se veía en público a su ex superministro Julio De Vido, hoy con 75 años, condenado en otros expedientes, pero libre al fin, con el fondo difuminado detrás suyo, señalado como pieza clave del entramado. Mucho menos a Roberto Baratta, su viejo subsecretario de Coordinación, acusado de ser el cobrador de esas coimas, vestido con un buzo, junto a su abogado, Alejandro Rúa.
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La cuadrícula de Zoom solo permitía exhibir en la transmisión de YouTube a los primeros 25 en la fila ante el Tribunal, integrado por Méndez Signori, Fernando Canero y Germán Castelli, con Néstor Costabel como magistrado suplente en la transmisión de YouTube. Juan Manuel Abal Medina, distanciado de CFK y del kirchnerismo, con una imputación decididamente menor, estaba dos hileras por debajo de su ex jefa política.
Sin embargo, no se vio a Oscar Centeno, el autor de los cuadernos, al ex chofer de Néstor Kirchner, Rudy Ulloa, al financista Ernesto Clarens, o a la inmensa mayoría los más de 60 empresarios acusados. Solo se vio, por un momento, a Francisco Valenti, mano derecha de Enrique Pescarmona, hoy de 78 años, acusado de ser participe necesario trece cohechos activos, a quien su jefe intentó cubrir en su propia declaración. Fue durante un cuarto intermedio declarado a media mañana. Valenti miró a cámara, curioso, con el sol pleno que venía de la ventana.
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Hubo una cara que se vio durante toda la transmisión, acaso desconocida, una historia de tantas dentro de la historia grande de los cuadernos. Era Hernán del Río, el otro chofer del caso, remisero de José Olazagasti, secretario de De Vido, acusado de ser partícipe secundario en los pasamanos de dos coimas.
Lo detuvieron en 2018, declaró como arrepentido, después de que Centeno lo complicó en los cuadernos. Afirmó que, tras la debacle del caso, llevaba a la mujer de De Vido a la cárcel a ver al ex ministro y que se bañaba con un balde. Siete años después, Del Río estaba allí, en el Zoom, más flaco, contra una puerta blanca.
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En el medio de la audiencia, uno de los más de cien defensores preguntó si la cuestión “se finiquitaba” a las 13:30, porque “tenía otros compromisos”. El juez Méndez Signori le recordó, con un buen grado de paciencia, el horario pactado anteriormente.
Para la próxima audiencia, jueves 13 de noviembre, Méndez Signori requirió que todos se presenten a las 9 AM, así no hay demoras.

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