
En los últimos años, Australia se consolidó como uno de los destinos preferidos por los argentinos que buscan una salida laboral en el exterior. La combinación de salarios altos en dólares, un mercado de trabajo robusto y regímenes de visa accesibles para jóvenes convirtió al país oceánico en una opción concreta para quienes consideran emigrar. No se trata solo de grandes ciudades: el sector agrícola y ganadero australiano absorbe una porción importante de esa mano de obra extranjera, y es allí donde muchos migrantes encuentran condiciones que difícilmente podrían replicar en origen.
Dentro de ese universo de historias, la de Julia Porporato condensa varios de los elementos que definen esta tendencia: la decisión de dejar atrás una vida conocida, la búsqueda de mejores condiciones económicas, la adaptación a un trabajo completamente distinto al de origen y la posibilidad de construir un proyecto a largo plazo en otro país. Porporato tiene 31 años, es oriunda de Ramona, una localidad de la provincia de Santa Fe, y hoy trabaja en un tambo del estado de Victoria, donde ordeña junto a su novio un rodeo de unas 700 vacas y cobra 33 dólares australianos por hora.
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Desde su perfil de Instagram @juliaenviaje, documenta su experiencia cotidiana en el tambo, comparte los pormenores de la rutina diaria y orienta a quienes evalúan seguir un camino similar.
De atender un negocio familiar al sueño de emigrar
Porporato creció rodeada por el ambiente productivo típico de la región pampeana, aunque sin ningún vínculo directo con el campo. Su casa estaba a poco más de una cuadra de la zona rural, pero esa cercanía geográfica no se tradujo en ningún contacto con las tareas agropecuarias. “Si le cuento esto a la Julia de hace tres años, a esa que no sabía distinguir un pollo de una gallina, no me creería”, contó en su perfil.
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Su trayectoria laboral y educativa fue diversa. Estudió Letras en Santa Fe, carrera que completó sin llegar a ejercer. Luego comenzó Informática y, durante la pandemia, regresó a Ramona donde hizo cursos de desarrollo web. Daba clases, tenía un emprendimiento de costura y trabajaba en el kiosco y almacén familiar que sus padres habían abierto en 2017. Allí las jornadas podían extenderse hasta 12 horas: atendía clientes, preparaba comidas, manejaba las redes sociales del negocio y compartía turnos con sus padres y sus hermanos.

El paso por Europa y la estrategia de la visa australiana
Su historia comenzó a cambiar en marzo de 2024, cuando Porporato tenía 28 años. Junto con su novio, Javier Pedrotti, de 26 años y oriundo de Pueblo Vila, Santa Fe, dejó la Argentina y viajó a Italia. El objetivo no era quedarse en Europa, sino conseguir el pasaporte italiano que le permitiría ampliar sus opciones migratorias.
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La razón era concreta: para la visa Working Holiday australiana, quienes aplican con pasaporte italiano pueden hacerlo hasta los 35 años, mientras que la visa Work and Holiday disponible para ciudadanos argentinos establece un límite de 30 años al momento de la solicitud. Ese margen de cinco años fue determinante en la planificación del viaje.
Lo que debía ser una estadía de seis meses en Europa terminó extendiéndose casi dos años. Trabajaron, ahorraron y finalmente, en noviembre de 2025, viajaron a Australia. Primero se instalaron en Griffith, al oeste de Sídney. Desde allí surgió la oportunidad laboral en el estado de Victoria, a ocho horas de distancia.
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La entrevista para ingresar al tambo fue virtual y presentó una dificultad adicional: el inglés de ambos todavía era limitado. Habían grabado la llamada por si no entendían algo. Al escucharla de nuevo descubrieron que el encargado no solo los había contratado, sino que además les había informado que la casa donde iban a vivir ya estaba preparada. “Lo gracioso es que mientras nosotros cortamos la llamada pensando: ‘Bueno, ojalá nos llame’, el hombre habrá pensado: ‘¿Y estos dos cuándo vienen?’”, relató la protagonista entre risas.
Cuánto gana y cómo es su rutina en Australia
El tambo donde trabajan Porporato y Pedrotti cuenta con un rotary, una plataforma giratoria de 60 puestos donde se realiza el ordeñe. La jornada arranca antes de las cuatro de la mañana y, una vez concluido el primer turno —cerca de las 8.30—, continúan otras tareas: mantenimiento, limpieza, preparación de parcelas y trabajos en otro campo de la misma empresa destinado a ganadería. En plena época de nacimientos pueden llegar entre 10 y 15 terneros por día. “Trabajar en un tambo es aproximadamente cuarenta por ciento vacas y sesenta por ciento abrir y cerrar tranqueros”, describió Porporato.
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Por esas aproximadas 44 horas semanales, Porporato cobra alrededor 33 dólares australianos por hora, lo que equivale a unos 6.000 dólares australianos mensuales. La vivienda está incluida, con todos los servicios cubiertos y leña provista para el invierno. “Nuestros únicos gastos realmente necesarios son el supermercado y el combustible. Eso hace que ahorrar sea muchísimo más fácil”, señaló.
El ritmo de trabajo no admite concesiones. “¿Llueve? Se trabaja. ¿Hace cero grados? Se trabaja. ¿Hay viento, barro o un temporal? También se trabaja. Las vacas no conocen de feriados ni de pronósticos de tiempo”, describió Porporato. Al final de cada turno vuelven a casa cansados, mojados y con olor a tambo, pero felices: cuentan con dos días libres por semana.
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Menos estrés y un futuro ligado a la tierra
El contraste con la vida anterior es uno de los temas que Porporato retoma con más frecuencia. “Hace un año estaba en Italia trabajando en un supermercado, que sí me gustaba, pero era algo conocido, algo que ya había hecho en Argentina, y quería cambiar. Apliqué una visa, me vine a Australia y amo el país, me encanta la gente y me encanta mi trabajo, que en mi vida pensé que lo iba a hacer”, describió. Para ella, las jornadas de 12 horas en el negocio familiar, que combinaban atención al público, gestión y tareas múltiples, quedaron atrás.
“¿Y lo mejor de todo? Trabajar todos los días rodeada de naturaleza, ver amaneceres y atardeceres increíbles, estar con animales y sentir que cada día trabajo en un lugar distinto. ¿Tiene cosas difíciles? Muchísimas. Pero también tiene cosas que no encontré en ningún otro trabajo”, relató.
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“Cambiar de planes no significa que te haya ido mal. A veces significa que encontraste algo que ni siquiera sabías que estabas buscando”, reflexionó sobre su trayectoria desde Ramona hasta Victoria.
El horizonte que ambos se plantean es claro: seguir ligados al trabajo rural, sin importar la actividad específica. Lo que empezó como una estrategia migratoria articulada alrededor de un pasaporte europeo derivó en una reorientación laboral que, por ahora, no tiene fecha de regreso.
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