
La noche en que Jacques-Yves Cousteau apagó las luces interiores de la “Casa Estrella de Mar” y encendió los reflectores exteriores, la pared de metal entre los hombres y el océano desapareció. Las ventanas se convirtieron en vitrinas iluminadas: una corriente de medio nudo arrastraba crustáceos diminutos, medusas larvales y peces linterna de cuerpo acerado.
Más atrás, en la penumbra, los grandes pelágicos cazaban en silencio, doblaban sobre su presa y se disolvían de nuevo en la oscuridad. Cousteau encendió uno de sus cigarros toscanos y miró. Llevaba toda la vida mirando el mar desde arriba. Esa noche de 1963 lo miraba desde adentro.
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Había nacido en Saintonge, en el suroeste de Francia, en 1910, con una salud frágil que los médicos atribuyeron, entre otras cosas, al agua. Le prohibieron nadar, pero Cousteau aprendió a nadar.
A los 11 años ya se sumergía en el lago de un campamento de verano en Vermont; a los 20 ingresó a la Marina francesa; a los 32 se calzó las primeras aletas de goma y probó un regulador de aire comprimido que él mismo había contribuido a desarrollar con el ingeniero Émile Gagnan.
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El Aqua-Lung, lo que hoy se llama SCUBA, le devolvió al hombre la posibilidad de respirar bajo el agua sin cables ni escafandras rígidas. Era 1943, y el Mediterráneo seguía en guerra. Cousteau buceó de todas formas.
Lo que siguió fue una vida que se desplegó hacia abajo: primero unos metros, luego decenas, luego la idea de que el fondo del mar podía ser un lugar donde vivir, no solo visitar. La expedición Conshelf Two, en el verano de 1963, fue el momento en que esa idea tocó el coral.
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Sha’ab Rūmi: el arrecife elegido por inhóspito
Cousteau eligió el arrecife Sha’ab Rūmi, en el mar Rojo, a 40 kilómetros al noreste de Puerto Sudán. Lo eligió porque era inhóspito: caluroso, remoto y difícil de abastecer. Razonó que si podía sostener una aldea submarina allí, podía sostenerla en cualquier parte del mundo.
Durante semanas, su equipo remolcó estructuras de acero prefabricadas en Niza, las hundió sobre una cornisa de coral a 11 metros de profundidad. Solo para estabilizar la “Casa Estrella de Mar” se necesitaron 100 toneladas de lastre de plomo; el complejo completo demandó 200 en total.
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La estructura principal, con sala de estar, cocina, laboratorio y cuatro dormitorios, quedó apoyada sobre cinco patas telescópicas encima del fondo marino. Una escotilla circular en el suelo, abierta al mar y contenida solo por la presión del aire interior, era la puerta de entrada y salida.

Cinco hombres vivieron allí durante 31 días. No eran atletas: promediaban 35 años, todos estaban casados y tenían hijos. Usaban trajes de neopreno aluminizado, color plata, para que el personal de apoyo en trajes negros pudiera distinguirlos en la oscuridad y vigilar que ninguno ascendiera accidentalmente.
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Saturados de nitrógeno por respirar el doble de la presión atmosférica, sin descompresión controlada, podía matarlos.
31 días saturados de nitrógeno
La cotidianidad bajo el agua tenía su propio ritmo. El cocinero Pierre Guilbert, al que todos llamaban Pierrot, había ganado la amistad de un pez ballesta que vivía a 30 metros de la estación: golpeaba el vidrio con su anillo de sello y el animal aparecía para recibir restos de comida.
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En las noches, los oceanautas salían a nadar con linternas estrechas que hipnotizaban a los peces en el agua abierta, y los tomaban con las manos sin lastimarlos. Encontraron estrellas de mar basket, el llamado “cabeza de Gorgona”, que caminaban y se escurrían entre las grietas del coral. Encontraron un pez loro de 35 kilos que dormía en cavidades del arrecife y cuya huida en pánico volcó un bloque de coral de casi 1,5 toneladas.
La cabina a 27 metros: calor, helio y voces irreconocibles

A 27 metros de profundidad, en una cabina con forma de cohete, otros dos hombres pasaron una semana en condiciones distintas. La temperatura interior llegó a 32 °C (89,6 °F) con humedad del 100%.
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El refrigerador tampoco funcionaba correctamente. Una fuga de helio a través del cable de televisión hacía que el nivel del agua en el compartimento inferior aumentara cada noche.
La mezcla de helio y oxígeno que respiraban para reducir la narcosis a esa profundidad les transformaba la voz en un chillido agudo, incomprensible para los ingenieros de radio en París, que al reproducir las transmisiones llegaron a pensar que la cinta estaba defectuosa.
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El descenso a 100 metros sin narcosis
Al sexto día, esos dos hombres descendieron desde la cabina hasta los 100 metros de profundidad. No experimentaron la narcosis por nitrógeno que suele desorientar a los buceadores de superficie a esa profundidad. Trabajaron con claridad. Miraron el borde de un acantilado que caía vertical hacia el abismo y lo registraron en su bitácora.
Cousteau tenía 53 años cuando salió por última vez de la “Casa Estrella de Mar” y ascendió hacia la superficie del mar Rojo. Había perdido casi nueve kilos en la expedición. Arriba, el sol quemaba.

El océano, visto desde arriba, era otra vez una superficie opaca, sin ventanas, sin luz interior, sin el desfile silencioso de criaturas que había aprendido a reconocer como vecinas. Siguió mirándolo durante el resto de su vida, hasta 1997, con la misma convicción que lo llevó a bajar: que el mar no era un límite, sino un lugar.
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