
Betty era una magnífica esposa/madre muy alegre, de espesa melena rubia y ojos transparentes como el aire. Siempre ocupada con sus hijos, trabajando y apoyando a su marido Daniel que se encontraba enfocado en perseguir, con mucho estudio, el soñado progreso económico. En poco tiempo consiguieron convertirse en la clásica foto del “sueño americano”: unidos, bellos, con dinero y salud. Una mansión, buenos colegios, viajes y la vida prometiendo felicidad por delante.
Todo fue efectivamente así hasta que Daniel dio el “mal paso”.
PUBLICIDAD
Lo que hizo fue algo tan frecuente como poco sorpresivo: se enamoró de su jovencísima secretaria. Desarmar el pilar sobre el que había construido la familia tuvo un efecto devastador para Betty. Sin esa sustentación, la psiquis de Betty entró en pérdida. La desestabilización alcanzó un grado sísmico que hamacó a todos los integrantes de esta historia de manera trágica.
La crónica negra ocurrió, allá por noviembre de 1989, en un coqueto barrio en las afueras de San Diego, California, Estados Unidos. Y Betty logró sorprender. Su reacción ante la traición amorosa no fue la que podría esperarse, plagada de llantos y reproches. Fue tanto más que Betty terminó por inspirar libros (hasta ella tuvo tiempo para escribir su versión de los hechos), películas y documentales que hicieron derrochar lágrimas a lo largo del planeta.
PUBLICIDAD

El pasado fue mejor
Betty se llamaba Elisabeth Anne Bisceglia y había nacido en Eastchester, Nueva York, el 7 de noviembre de 1947. Fue la tercera hija del matrimonio católico conformado por su madre Marita Curtin (una mujer de ascendencia irlandesa que vivió hasta 2007), y su padre, Frank Bisceglia (de origen italiano y quien falleció en 1998). La familia tenía un exitoso negocio en el mundo de la construcción. Como padres fueron estrictos y pusieron la vara alta con sus hijos: los enviaron a colegios religiosos y cuidaron muy bien con quiénes se juntaban. Betty se convirtió en una joven lindísima. Su largo pelo ondeado y rubio y su porte impactaban. Se graduó del secundario en 1965 y entró para estudiar para maestra jardinera en el College of Mount Saint Vincent, en el Bronx, en las afueras de Nueva York.
Ese mismo año, con 17 años, viajó con una amiga a ver un partido de fútbol americano de un equipo de la Universidad de Notre Dame, Indiana. Fue ese fin de semana, en una fiesta en South Bend, que conoció a Daniel Broderick (21). Él se presentó con simpatía y le escribió su nombre en una servilleta de papel: Daniel T. Broderick III. El joven ya había comenzado sus estudios justamente en esa universidad.
PUBLICIDAD
Daniel era de Pittsburgh y provenía, también, de una familia, descendiente de irlandeses, con valores religiosos. Era el mayor de nueve hermanos.
Según contó Betty en sus memorias en 2015 (a las que tituló Betty Broderick: hablando de mí misma) él se obsesionó tanto con ella que hizo lo imposible por conquistarla. Lo logró.
PUBLICIDAD
Siguieron en contacto y la relación comenzó. Daniel siguió sus estudios de medicina en la Universidad de Cornell, Nueva York. Ahora estaban cerca y el noviazgo se afianzó. Cuatro años después del primer encuentro, el 12 de abril de 1969, se casaron en la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Tuckahoe. La pareja pasó la luna de miel en la isla caribeña de Saint Thomas, Islas Vírgenes. Betty volvió del viaje embarazada y se instalaron en la residencia para universitarios de Cornell.
Betty contó, mucho después, que enseguida notó cómo había cambiado su dinámica de vida con el casamiento. Soltera estaba acostumbrada a manejar su dinero, tenía un auto propio y una gran independencia. Ahora, había perdido esa libertad. Todo lo manejaba Daniel aunque ella trabajaba como docente para colaborar con los ingresos. La primera hija de la pareja, Kimberly, nació en 1970. Poco después Daniel se licenció como médico.
PUBLICIDAD

Diez años, nueve embarazos
Daniel era ambicioso y el título de médico no le alcanzó. Decidió que quería seguir estudiando. Se anotó en la escuela de Derecho de Harvard. Tenía la idea de ser abogado para dedicarse a la mala praxis médica. Veía que ahí había una veta monetaria interesante. La familia terminó mudándose al estado de Massachusetts.
Durante los siguientes diez años de su vida Betty estuvo nueve veces embarazada. Aunque no todos los embarazos llegaron a buen puerto: ella se hizo dos interrupciones voluntarias (en ese momento ya vivían en California donde era legal) y, además, pasó por dos abortos espontáneos. En total tuvo cuatro hijos más además de Kimberly: Lee en 1971; un bebé que murió en 1973; Daniel Jr. en 1976 y, por último, Rhett en 1979.
PUBLICIDAD
Él se especializaba y ella criaba hijos. Y también conseguía ingresos vendiendo productos a domicilio de las marcas Tupperware y Avon.
Fue al final de uno de sus embarazos, en febrero de 1973, que Betty entró en trabajo de parto mientras Daniel estaba muy tranquilo esquiando con amigos. Volvió protestando, diciendo que esto le había arruinado sus vacaciones. El bebé murió poco después del nacimiento. Fue tan repentino que no llegaron ni a ponerle un nombre. A finales de ese año, existió el primer indicio de que la salud psíquica de Betty derrapaba: intentó quitarse la vida tomándose todas las pastillas que encontró. Tenía solo 25 años y estaba profundamente deprimida por la muerte del bebé y se sentía atrapada en una vida aislada.
PUBLICIDAD
Dos años después Daniel se graduó como abogado y se mudaron a la Costa Oeste de los Estados Unidos. Betty parecía recuperada y alegre y seguía apoyándolo en todo. Daniel empezó a ganar muy buen dinero. Entró a la firma Gray Cary y empezaron a tener más solvencia.
Se instalaron primero en una casa más pequeña en San Diego que se incendió. El dinero del seguro lo usaron como anticipo para comprar una casa mejor en Coral Reef Avenue, en La Jolla, San Diego. Una zona exclusiva con playas y acantilados.
PUBLICIDAD
En 1976 nació Daniel IV en esa casa. Ya Betty había abandonado definitivamente la docencia aunque seguía trabajando como anfitriona y cajera de un restaurante Black Angus. Hacía malabares para compatibilizar todo. Como sentía que como pareja estaban empezando a tener problemas convenció a Daniel para ir a un encuentro de matrimonios. En ese viaje él le dejó muy en claro que lo que más necesitaba en ese momento era alcanzar el éxito material.
En 1978 Daniel se animó. Le iba tan bien que se dio el lujo de dejar la firma de abogados donde estaba e instaló su propio despacho para atender asuntos de mala praxis. Le fue excelente. Con rapidez su economía despegó. Construyeron una gran piscina en su jardín, empezaron a viajar a Europa en primera clase y con niñeras y, al tiempo, ya tenían una flota de cinco autos.
El dinero corría sin límites: colegios, campamentos de verano, salidas, varias fiestas extravagantes al año para doscientos invitados y una vez por semana tenían invitados importantes para comer en su casa. En medio de esa abundancia, en 1979, nació Rhett, el último hijo de la pareja.

La hoguera con su ropa
Llegamos a la Navidad de 1982. Fue por ese tiempo que en el edificio donde tenía la oficina Daniel contrataron a una recepcionista nueva: Linda Kolkena. La joven tenía 21 años y había sido azafata de Delta Airlines. Esa nochebuena Betty lo escuchó hablar de esa bella joven que se llamaba Linda. Sus antenas se activaron. Poco después, ya avanzado el año 1983, Betty se enteró de que Daniel había contratado a Linda como su asistente legal personal. ¿Cómo podía ser si esa chica no tenía ningún conocimiento legal? Betty no se tragó el cuento, enseguida sospechó de esa contratación. El abogado exitoso y con dinero y la secretaria bella y joven. Demasiado obvio.
Un mes después Betty decidió darle un ultimátum a su marido: debía despedirla. Daniel negó todo y la acusó de actuar como una loca celosa. Betty quiso creerle y bajó la guardia por un tiempo.
El 7 de noviembre de 1983 Betty cumplió 36 años. Daniel no llegó a la fiesta de su cumpleaños. Betty estaba decepcionada con él y sentía que sus mentiras la enloquecían. Esa noche intentó suicidarse por segunda vez. Se cortó las muñecas y tomó un frasco de pastillas. Sobrevivió una vez más.
Dos semanas después, el 22 de noviembre de 1983, cumplía 39 años Daniel. Betty decidió caer de sorpresa a su estudio. Se encontró el estudio vacío y con los restos de un festejo: una botella de vino vacía, dos copas sucias, restos de una torta de cumpleaños y guirnalda decorativa.
Betty volvió a su casa furiosa. Tomó toda la ropa de Daniel e hizo una pila alta en medio del jardín. La prendió fuego delante de sus hijos.
Cuando él volvió esa noche, ante semejante escenario, revolvió la pila de cenizas y rescató lo que no se había quemado. Ante los reclamos de Betty que quería que se fuera de la casa, él siguió negando el romance con su secretaria y se fue a dormir.
Por un momento pareció volver la paz familiar. Pero era solo la calma que reina antes de las peores tormentas.
En 1984 descubrieron unas rajaduras en los cimientos de la casa y eso impulsó a Daniel a mudar a su familia a una casa alquilada en La Jolla Shores de cinco dormitorios. Betty ya no volvería a su hogar de Coral Reef.
Cuando la casa quedó reparada y lista, en febrero de 1985, Daniel le planteó a Betty que necesitaba espacio, un tiempo para pensar. Y se mudó solo a Coral Reef. Dejó a Betty y a los chicos, en la propiedad alquilada. Betty se percató de que el espacio que deseaba su marido era, en realidad, para estar con Linda.
En abril Betty peleó con su hija Kimberly, de 15, y le dijo: “Hacé tus valijas”. Acto seguido la llevó a la casa del padre. No había nadie en Coral Reef pero igual la dejó en la puerta.
A los pocos días repitió lo mismo con Daniel IV. Lo llevó con todas sus cosas a la casa de Daniel. Unas semanas más adelante, abandonó ahí a Rhett y a Lee con sus bolsos.
Los había entregado, uno a uno, al padre. Era su venganza en cómodas cuotas. Aprovechó para decirle a su ex: “Acá los tenés, así ves vos mismo lo que significa criar a una familia”.

Un cuchillo amenazante
Daniel terminó confesándole a Betty que estaba con Linda y comenzó un hostil proceso de divorcio. La estrategia de ella de abandonar los chicos en la casa de su ex tuvo, a la larga, consecuencias indeseadas para ella cuando pretendió la tutela de ellos. El juez le dio la custodia total al padre.
Betty se quejaba con los amigos que su marido al irse le había quitado todo: su hogar, el círculo social y hasta los hijos. Sentía que había tirado diecisiete años a la basura.
Durante el proceso de separación la justicia le impuso a Betty varias perimetrales para que no pudiera acceder a la casa de Coral Reef donde estaba Daniel con los chicos. Sus acciones eran intrusivas y peligrosas.
Ella hizo caso omiso de todas las advertencias judiciales. Continuó apareciendo e irrumpiendo en la casa que consideraba suya. Arrojaba cosas por las ventanas, rompió un espejo, pintó las paredes y cortinas con aerosoles de color. Un desastre incontrolable.
Daniel no sabía qué hacer. En una entrevista en 1988 con el The San Diego Reader él reveló que Betty le decía: “Esta es mi casa y puedo venir cuando quiera te guste o no. La Corte no puede mantenerme fuera de mi propia casa”.
Betty no consiguió una defensa competente y cada vez se la veía más desvalida, más vulnerable. Estaba frustrada por lo que consideraba manejos legales de su poderoso ex.
Cada vez que ella rompía una norma de acercamiento, él conseguía que la justicia la multara y así reducía su cuota mensual. Empezó a restarle 100 dólares por cada escena que ella le montaba; 250 cada vez que pisaba su propiedad y 500 si osaba entrar en la casa. Si se le ocurría llevarse a uno de los chicos sin permiso le restaba otros 1000. Terminó ella debiéndole plata a él.
Daniel se hartó del acoso y puso en venta la casa de Coral Reef. Eso la puso iracunda: estrelló su auto en la puerta de entrada. Daniel buscó una mansión, en la zona de Marston Hills, cercana al Balboa Park, en el número 1041 de Cypress Avenue. Pensó que alejándose de la casa que habían compartido podría funcionar. Se fue a vivir con Linda a ese lugar de ensueño: 308 metros cuadrados sobre un terreno de 2000 metros cuadrados, con pileta y vista al cañón de Marston. Dos pisos, ladrillo a vista, columnas y un garaje independiente para al menos tres autos.
Si creía que escaparía de la persecución de Betty se equivocó. Ella empezó a pasar por la puerta, manejando su auto, periódicamente. Hubo encontronazos serios. Un día él la increpó por lo que hacía y ella sacó un cuchillo de cocina y lo blandió en su cara. Terminó internada en un hospital psiquiátrico durante tres días.
El odio y la sed de venganza de Betty se habían adueñado peligrosamente de su vida.
En enero de 1989 el divorcio quedó finalizado. En el acuerdo se estableció que recibiría 16 mil dólares mensuales, más una recompensa de 28 mil dólares en cash, pero no tendría la tutela de sus hijos.
El 22 de abril de 1989 sucedió lo que Betty tanto temía: Daniel y Linda se casaron en el parque de su mansión. De nada sirvió que amenazara a Daniel diciendo: “Me estás enloqueciendo, te voy a matar”. Betty había conseguido la lista de invitados y se encargó de llamarlos uno a uno para intentar que no fueran.
Tan violenta se había tornado la situación que Linda, el día de la boda, le pidió a Daniel que usara un chaleco antibalas. Daniel se negó a usarlo, pero de todas formas contrató guardias de seguridad para custodiar la ceremonia y evitar escándalos.
No pasó nada y el matrimonio se celebró con total normalidad.

Decisión tomada
Betty estaba cada vez más sola y resentida. Su conducta se volvió errática. Luego del casamiento de su ex, Betty comenzó a repetir que Linda se reía de ella, se burlaba y la insultaba. Incluso comentó que ella le enviaba anuncios de cremas faciales y productos para adelgazar.
El 4 de noviembre Betty recibió una carta de Daniel donde él la amenazaba con llevarla de nuevo a la justicia: si seguía comportándose de esa manera iba a pedir que no la dejaran ver a sus hijos.
Fue la gota que faltaba para que Betty desbordara.
El domingo 5 de noviembre de 1989, Betty tomó el revólver Smith & Wesson que había comprado ocho meses antes y se subió a su auto. Llegó conduciendo en la oscuridad de la madrugada al número 1041 de la Avenida Cypress, Marston Hills, en San Diego.
Con la llave que le había robado a su hija Lee, abrió la puerta principal y entró. Se haría escuchar. Estaba harta de no ser tenida en cuenta. Se deslizó hasta el dormitorio principal donde dormía su ex marido con Linda. El ruido que hizo al entrar los despertó. Linda le gritó a Daniel que llamara a la policía. Betty, según su propia versión, se asustó por los gritos y se apuró a disparar. Fueron cinco balazos. Con bastante precisión. Bang, bang. Dos tiros a Linda, de 28 años: uno en la cabeza y otro en el pecho. Estaba muerta. Bang. Una bala en el pecho a Daniel, 44 años, mientras él intentaba manotear el teléfono para pedir ayuda. Betty arrancó la línea de la pared. Bang. Una segunda bala dirigida a él impactó en la pared. Bang. La tercera en esa dirección se incrustó en la mesa de luz.
Daniel no murió enseguida. Sobrevivió unos minutos porque la bala le había fracturado una costilla y perforado un pulmón. Según Betty llegó a decirle algo: “Okey, me disparaste, estoy muerto”. Ella le respondió: “Tenía que hacerlo”. Muerto Daniel, Betty salió de la casa y llamó a su hija Lee. Le avisó lo que había hecho. También se comunicó con su amiga Diane Black.
Un dato sumamente curioso: al momento de los crímenes Betty no estaba sola, llevaba varios años saliendo con Bradley T. Wright, un hombre dueño de una empresa constructora, aficionado a la navegación, cinco años menor que ella. Estaban juntos desde el divorcio de ella y Daniel. Ese amor no fue nunca lo suficientemente fuerte ni importante para que ella dejara de odiar a Daniel. La madrugada en que ella salió a matar a Daniel y a Linda, Bradley estaba durmiendo en la cama de Betty. No la escuchó irse. Recién abrió los ojos cuando sonó el teléfono. Era muy temprano y escuchó la voz de Diane Black para darle la terrible noticia: Betty era una doble asesina.
Con su hija Lee, con Diane y otro amigo llamado Ronnie Brown, conversaron en un estacionamiento público y terminaron decidiendo que lo mejor que podía hacer era entregarse a la policía. Lo hizo horas después acompañada por un abogado.

El peregrinaje de sus hijos
Madre presa, padre muerto. Los hijos de Beth y Daniel comenzaron un peregrinaje por casas de familiares hasta que los cuatro se quedaron a vivir con su tío Larry Broderick y su esposa Kathy, en Colorado.
Cuando la pareja se divorció en 1992 fue Kathy quien se quedó con la custodia de los menores Daniel Jr y Rhett. Las mayores ya vivían por su cuenta.
Rhett, que tenía 13 años al momento de los homicidios, tuvo muchos problemas de conducta. Eso lo llevó a vivir un tiempo en un departamento correccional para adolescentes con conflictos. Al final, él quiso irse a vivir con un hermano de su madre, Gerard Bisceglia.
La investigación sobre los homicidios descubrió varias cosas. Una fue que, el 9 de agosto de 1988, casi un año antes, Daniel había modificado su testamento para excluir a su hija Lee. El motivo no escrito fue que Lee había tomado partida por su madre, se había vuelto a vivir con ella y había abandonado el colegio. Para su padre estos problemas eran graves. Amenazó a su hija con quitarla de su testamento. Ella no creyó que fuera a hacerlo. Se equivocó: el patrimonio se repartió luego de los crímenes entre Kimberly, Daniel Jr y Rhett.
Justo un mes antes de ser baleado, Daniel había contratado un seguro de vida por dos millones de dólares. Ese dinero se repartió entre los cuatro.
El amor filial también quedó dividido con el tiempo. Lee apoyó siempre a Betty y se mantuvo a su lado durante los procesos judiciales; Kimberly declaró en contra de su madre y aportó testimonios perjudiciales para ella. Por su lado, Daniel Jr. no declaró por ser menor, pero se mostró una grabación de él con 11 años rogando a Betty que dejara de pelear e insultar a su padre y trascendió que fue muy crítico con ella. Rhett, en cambio, resultó más comprensivo con su madre y llegó a aceptar la posibilidad que ella saliese en libertad. Daniel Jr. se opuso de manera terminante.
Dos juicios y un novio solidario
Betty alegó en un primer juicio que los hechos no habían sido premeditados. Su defensa habló de años de abuso mental, físico y psicológico sobre la acusada. La fiscalía dijo todo lo contrario: Betty era una manipuladora que había planeado sus crímenes. La acusación apuntó que ella había conseguido de su ex marido una pensión, trabajaba en una galería de arte, vivía en una propiedad frente a la playa -valuada en 650 mil dólares- comprada por la víctima y tenía dos coches. Además, tenía un novio que vivía con ella varios días a la semana. Pero que nada le alcanzaba porque tenía un trastorno narcisista de la personalidad.
En este primer juicio su novio Bradley declaró algo que resultó en su contra: contó que ella con frecuencia hablaba con odio de Daniel y de Linda y que hasta había expresado que deseaba matarlos. Sin embargo, su testimonio no rompió su relación con Betty. Bradley le siguió administrando sus finanzas y la visitaba en prisión.
Este juicio terminó con el jurado dividido: dos de los doce jurados pensaron que era un homicidio sin intención. Por esto el juez Thomas Whelan lo declaró nulo. Sería juzgada nuevamente al año siguiente.
El segundo proceso comenzó el 11 de diciembre de 1991. Si bien el haber comprado el arma tanto tiempo antes indicaba que podría haber un plan, ella sostuvo que pensaba usarla contra sí misma delante de ellos. Pero cuando Linda se despertó y gritó, ella atemorizada disparó.
El fiscal Kerry Wells tuvo éxito en esta ocasión: los doce jurados, de manera unánime, la encontraron culpable de dos asesinatos en segundo grado, es decir, con intención de matar.
Fue sentenciada a 15 años por cada una de sus víctimas. Dos penas consecutivas por un total de 32 años de cárcel más dos años extra por uso ilegal de arma de fuego.
El día que entró a prisión Betty tenía 44 años. Su vida soñada era ahora una pesadilla diaria en el California Institute for Women.
Bradley siguió teniendo presencia en su vida. Defendió la versión de Betty en el segundo juicio y criticó al juez. En 1998 Betty reconoció que Bradley le seguía depositando 150 dólares por mes en su cuenta carcelaria aunque, según ella, ya no la iba a visitar porque su nueva novia estaba celosa. El amor seguía para ella vestido de locura.
Mientras Betty pasaba su vida a la sombra del mundo, guionistas y escritores documentaban su vida para la pantalla. La célebre Oprah Winfrey la entrevistó tras las rejas para su show. Betty aprovechó sus días tranquilos y escribió su propia versión de la historia. Se entretuvo.

Cero culpa
La primera petición para obtener la libertad condicional la hizo en enero de 2010 y se la rechazaron. ¿El motivo? La convicta no demostraba tener remordimientos. Por el mismo motivo, se la denegaron otra vez en 2017. Ella se quejó amargamente y se autodenominó una “presa política”. Le dijo a la revista People en 2019: “Cumplo con todos los requerimientos para ser elegible para la libertad condicional (...) no tienen razones para negármela”.
El tema es que el equipo de libertad bajo palabra seguía sin ver cambios en su actitud. Recién podría volver a pedirla en enero de 2032. No llegó a esa fecha.
Cuando Betty aplicó a la libertad condicional, el más duro fue Daniel Jr.: “En mi corazón sé que mi madre es una buena persona, pero en el camino se perdió. Liberar a una persona perdida en la sociedad podría ser un error peligroso”.
En abril de 2026 Betty se resbaló en prisión y se rompió varias costillas. Terminó en la terapia intensiva del Centro Médico Chino Valley. Tuvo mala suerte: se le generó una infección que derivó en una septicemia. Debido a su gravedad, tres de sus hijos fueron a despedirse de ella al hospital y el cuarto estuvo por Facetime.
Como el odio había devorado su vida, esa infección la devoró por dentro. Todo en ella fue de una intensidad voltaica. Un rayo que lo atravesó todo y arruinó demasiadas vidas.
Betty murió el 8 de mayo de 2026 con 78 años.
Se fue impenitente, sin arrepentirse jamás de sus pecados.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
De las aulas de Rosario a Estados Unidos: un reencuentro de dos viejos amigos 58 años después
En 1968 terminamos la secundaria sin saber que el destino nos llevaría al mismo país. Tras una vida de medicina, viajes y distancia, me reencontré en California con un gran compañero que conoció al joven que fui antes de que empezara casi todo

La habían admitido en Harvard, pero alguien envió recortes sobre el matricidio que cometió a los 14: la decisión que desató la polémica
La noche del 13 de septiembre de 1990, cuando tenía 14 años, Gina Grant asesinó a su madre alcohólica luego de una fuerte discusión. Estuvo 9 meses detenida en un centro juvenil y luego fue autorizada a mudarse con sus tíos en otra ciudad. Estudiante sobresaliente, fue admitida por la Universidad de Harvard en 1995, pero alguien que conocía su pasado envió información para que la rechazaran. El caso provocó un debate que recorrió Estados Unidos

Saltar o arder: la historia detrás de “El hombre que cae”, la foto del 11-S que el mundo prefirió no mirar
El fotógrafo Richard Drew inmortalizó la trágica elección de una víctima en las Torres Gemelas, borrada de las portadas tras una ola de indignación. Dos nombres posibles y un enigma sin resolver que persiste a 25 años del atentado

Genelle Guzmán-McMillan, la última sobreviviente rescatada del 11-S: sus 27 horas bajo los escombros de las Torres Gemelas y el milagro que nadie logra explicar
Hace 25 años, el 12 de septiembre de 2001, fue sacada de los escombros tras permanecer atrapada a 9 metros de profundidad. Tenía una pierna enterrada y una sola mano libre cuando sintió que alguien la sujetó y la salvó

La foto acertijo: ¿Quién es esta niña que empezó en Nickelodeon y terminó lanzando uno de los discos más importantes de los 90?
Hija de maestros, creció junto a un hermano mayor y un gemelo, y desde pequeña imaginaba que algún día viajaría por el mundo mientras cantaba. A los 10 años comenzó a trabajar en televisión, mientras estudiaba y entrenaba como nadadora de competición




