
La noche del 31 de julio de 1977, Robert Violante salió por primera vez con Stacy Moskowitz después de conocerla en una fiesta. Horas más tarde, en Brooklyn, ambos fueron atacados por David Berkowitz, el asesino serial que asoló Nueva York y que fue conocido como “el Hijo de Sam”: Moskowitz murió 18 horas después y Violante quedó ciego.
Esa noche fueron al cine a ver New York, New York y después manejaron hasta Shore Parkway, en Brooklyn, donde pasearon y jugaron en una plaza. “Éramos como dos chicos”, recordó Violante años después ante CBS News. Una figura parada en las sombras con los brazos cruzados inquietó a Moskowitz, que le pidió a Violante que se fueran. Él le dijo que esperaran cinco minutos más. Siempre lamentó no haber encendido el auto para abandonar el lugar en ese momento.
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A los dos minutos, los vidrios del auto estallaron. Una bala calibre .44 destruyó el ojo izquierdo de Violante y le dañó el derecho al cruzarle el cráneo. Quedó ciego, cubierto de sangre, convencido de que estaba muerto. “Oh, Dios mío. Nos mató”, gritó. Entonces escuchó a Moskowitz gemir y entendió que seguía vivo. Abrió la puerta del auto, se aferró a un poste de luz y tocó la bocina hasta que se agotó la batería del vehículo. Después se desplomó en la calle.
Stacy Moskowitz murió 18 horas después del ataque. Era la última víctima fatal de David Berkowitz, el asesino que se había bautizado a sí mismo como “el Hijo de Sam”. Violante sobrevivió, pero perdió la vista para siempre. Su padre fue quien le dio la noticia. “Lloré como un bebé”, dijo.
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David Berkowitz nació el 1 de junio de 1953 en el Bronx y fue adoptado por Pearl y Nathan Berkowitz, que lo criaron. Pero un día su padre le reveló que era adoptado, que su madre biológica había muerto en el parto y que su padre biológico no lo había querido. Berkowitz lo contó así en grabaciones incluidas en la docuserie de Netflix Conversations with a Killer: The Son of Sam Tapes (Conversaciones con un asesino: las grabaciones del Hijo de Sam): “Pensé que había un hombre allá afuera que me odiaba y que posiblemente iba a intentar matarme por haber causado la muerte de su esposa”.
Cuando era adolescente, su madre adoptiva Pearl murió de cáncer de mama. Al terminar el secundario en 1971, Berkowitz se enroló en el Ejército y sirvió tres años, incluida una estadía en Corea del Sur. Al regresar, contactó brevemente a su madre biológica y descubrió que en realidad estaba viva, que había nacido de una relación extramatrimonial y que su padre biológico simplemente no había querido quedarse.
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“Me sentía un accidente”, dijo en las grabaciones. "La rabia reemplazó a la culpa. Estaba tan enojado que culpaba a otros y empecé a cometer mis crímenes para que la gente me prestara atención", agregó. El director de la docuserie, Joe Berlinger, lo interpretó así: Berkowitz apuntaba a parejas jóvenes que tenían sexo en sus autos, producían hijos no deseados, “para que no naciera otro chico con ese nivel de alienación y resentimiento”.

En 1975, Berkowitz comenzó a leer la Biblia Satánica y a practicar rituales ocultistas. Más tarde reconoció que la historia del perro poseído por un demonio —su vecino Sam Carr supuestamente le ordenaba matar a través de su labrador negro— era una justificación que él mismo había fabricado. “Necesitaba algún tipo de justificación. Tenía que convencerme de que no era yo quien hacía esto”, admitió en una entrevista de 1980 con el Rochester Democrat and Chronicle.
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El primer ataque ocurrió el 29 de julio de 1976 en el Bronx. Donna Lauria, de 18 años, murió al instante. Su amiga Jody Valenti, de 19, recibió un balazo en el muslo y sobrevivió. Berkowitz usaba un revólver calibre .44 y atacaba a parejas o mujeres jóvenes sentadas en autos estacionados, casi siempre de noche.

En 2024, la Policía de Nueva York confirmó que Wendy Savino había sido en realidad su primera víctima: Berkowitz la atacó el 9 de abril de 1976 con un revólver distinto del que usaría después, razón por la cual las autoridades tardaron en conectar ese caso con los siguientes.
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Durante 13 meses, Berkowitz mató a seis personas e hirió a siete más en tres distritos de la ciudad. Las víctimas incluían a Christine Freund, Virginia Voskerichian, Valentina Suriani y Alexander Esau, entre otros. El pánico se instaló en Nueva York. Las mujeres de pelo largo y oscuro empezaron a cortárselo o a teñírselo de rubio. Muchos padres les rogaban a sus hijas que no salieran hasta que atraparan al asesino.
Los diarios Daily News y New York Post cubrían el caso a diario. Berkowitz los alimentaba con cartas escritas a mano. En una que envió a un columnista del Daily News, escribió que no debía olvidar a Donna Lauria: “Ella era una chica muy, muy dulce, pero Sam tiene sed y no me dejará parar de matar hasta que se llene de sangre”. La edición en la que se publicó la carta vendió más de un millón de ejemplares.
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“Tenía absolutamente todo para ser una tormenta perfecta para los tabloides”, dijo Sam Roberts, editor de noticias del Daily News en 1977, a The New York Times. “Era una historia criminal en desarrollo constante que aterrorizaba genuinamente a los neoyorquinos”.
La noche del ataque a Violante y Moskowitz, una vecina de Brooklyn llamada Cecelia Davis vio a un hombre retirar una multa de estacionamiento de su auto momentos antes de escuchar los disparos. Varios días después se lo contó a la policía.
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Los detectives rastrearon los autos multados esa noche en la zona. Uno pertenecía a David Berkowitz, de Yonkers. La policía local de esa ciudad ya lo tenía en la mira por denuncias de acoso a un vecino. El 10 de agosto de 1977, agentes de la Policía de Nueva York encontraron el auto de Berkowitz frente a su edificio. Esperaron. Cuando salió y se sentó al volante, lo rodearon.
Tenía balas en el bolsillo y el revólver calibre .44 en el asiento delantero. Según los registros del caso, Berkowitz sonrió al oficial que lo detuvo y le dijo: “Bueno, me agarraron”.
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Al día siguiente confesó todo. Les dijo a los investigadores que también era responsable de 1.500 incendios provocados en distintos puntos de la ciudad. Uno de los detectives que lo había seguido de cerca durante meses, lo resumió así: “Cuando hablaron con Berkowitz esa noche, recordaba todo paso a paso. El tipo tiene un cien por ciento de memoria. Él es el asesino y no hay nada más que analizar”.

El 8 de mayo de 1978, Berkowitz retiró su defensa por insanía y se declaró culpable de los seis asesinatos. Fue condenado a seis cadenas perpetuas con posibilidad de libertad condicional a los 25 años, una por cada víctima fatal.
Pasó por varios penales, incluido el de Attica, que describió en el programa del recordado periodista Larry King como “una pesadilla”. Dentro de ese establecimiento, otro recluso intentó matarlo con una navaja en el cuello. Berkowitz dijo que fue “un milagro” haber sobrevivido.
Durante sus primeros años preso, consideró el suicidio. Fue otro interno quien lo sacó de ese pozo al hablarle de Jesucristo. Con el tiempo, Berkowitz se convirtió en un cristiano evangélico y trabajó como asistente del capellán del penal. Antes de su primera audiencia de libertad condicional en 2002, le escribió una carta al entonces gobernador de Nueva York, George Pataki, para pedirle que la cancelara.

“Él está genuinamente arrepentido y no quiere salir de la cárcel”, dijo la pastora Roxanne Tauriello, que lo visita regularmente, a People en 2017. “Sabe que merecía morir y que merece estar exactamente donde está”.
Berkowitz tiene hoy 73 años y cumple su condena en un penal del norte del estado de Nueva York. En 2025, Netflix estrenó la serie de las grabaciones, una serie de tres episodios que incluye no solo los registros de conversaciones que tuvo con un periodista en 1980 sino también una entrevista realizada en 2024.

En ese reportaje, Berlinger le preguntó qué quería que la gente supiera de su historia. Berkowitz respondió que estaba muy arrepentido, que había estado en “un lugar oscuro” y que su vida “se fue de control” y no pudo encontrar el camino correcto. Cuando el director le preguntó qué consejo le daría a su versión más joven, respondió: “Dave, corre por tu vida. Busca ayuda”. Dijo que podría haber recurrido a su padre o a su hermana, pero que guardó todo para sí mismo.
Robert Violante, el sobreviviente de aquella primera cita del 31 de julio de 1977, trabajó durante 35 años como empleado del Servicio Postal de Estados Unidos —la misma institución donde había trabajado Berkowitz— hasta jubilarse. Nunca se casó. Siempre se preguntó qué podría haber sido de su relación con Stacy Moskowitz si hubieran tenido tiempo.
Violante no está del todo convencido de que Berkowitz haya actuado solo. Pero está feliz de que nunca más pueda hacerle daño a nadie. La última vez que lo hizo fue exactamente hace 49 años.
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