En el verano de 1890, Vincent van Gogh buscó un último refugio en Auvers-sur-Oise, un pequeño pueblo francés. Sus calles tranquilas y los extensos campos de trigo le daban la paz que durante años había buscado. Allí pintaba de forma casi frenética, casi a diario, mientras alternaba momentos de lucidez creativa con las severas crisis mentales que marcaron su vida.
El 27 de julio, completamente agobiado, intentó quitarse la vida. No murió en el acto: agonizó durante dos días. En una modesta habitación de la posada Ravoux, acompañado por su inseparable hermano Theo, cerró los ojos para siempre el 29 de julio de 1890, con apenas 37 años y en el más absoluto anonimato.
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Tuvieron que pasar poco más de diez años para que su genialidad comenzara a ser reconocida y valorada gracias a los incansables esfuerzos de Jo van Gogh-Bonger, la viuda de Theo. Más de un siglo después, sus cuadros se consideran unas de las obras de arte más valiosas y admiradas del mundo.

El desenlace en Auvers-sur-Oise
Aquel 27 de julio de 1890, Vincent van Gogh caminó hacia los campos de trigo de Auvers-sur-Oise portando un lienzo, pinceles y un revólver de pequeño calibre. Se detuvo entre las espigas y apretó el gatillo contra su pecho. La bala no llegó a su corazón ni le causó una muerte instantánea: quedó alojada en su torso, dejándolo caminar tambaleante hasta la posada Ravoux, donde alquilaba la modesta habitación número cinco, ubicada bajo un tejado.
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Al anochecer, al verlo regresar malherido, Arthur Gustave Ravoux, el dueño de la posada, subió a la habitación del pintor y lo encontró sangrando en su cama. Al darse cuenta de la gravedad de la situación, le pidió al joven artista neerlandés Anton Hirschig —que también se hospedaba allí— que corriera a buscar al médico. Poco después regresó con el doctor Mazery, un médico local, y el doctor Paul Gachet, amigo cercano y médico personal de Vincent.
Sin cirujanos ni el equipamiento adecuado en el pueblo, los médicos determinaron que era imposible extraer la bala sin poner en mayor riesgo su vida. Poco podían hacer más que aliviar su dolor y esperar. A la mañana siguiente, el doctor Gachet envió un telegrama urgente a Theo van Gogh, el hermano menor del pintor y su principal sostén económico y afectivo, quien viajó de inmediato desde París.
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Cuando llegó a Auvers-sur-Oise, encontró a Vincent consciente y fumando en pipa. En medio de un denso silencio, los hermanos hablaron sobre los padecimientos emocionales que el artista padecía desde hacía años. Esperaban juntos un desenlace que ya parecía inevitable.
Durante casi treinta horas, la infección que causó la bala avanzó sin piedad mientras Theo permanecía sentado junto a la cama. Vincent murió en la madrugada del 29 de julio de 1890 luego de susurrar: “La tristeza durará para siempre”. El entierro se realizó al día siguiente en el cementerio local, ante un puñado de conocidos y algunos pintores que viajaron desde París.
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El pintor, que había nacido el 30 de marzo de 1853 en Zundert, Países Bajos, arrastraba un delicado estado psicológico desde hacía varios años. Nunca se determinó qué era lo que lo perseguía en su mente. En diciembre de 1888, en Arlés, Vincent se había cortado parte de la oreja izquierda tras una violenta discusión con Paul Gauguin, lo que derivó en internaciones en el asilo de Saint-Rémy. Allí había pintado cuando las crisis nerviosas le daban un descanso. A pesar de esa inestabilidad crónica, sus allegados en Auvers lo creían en una etapa de relativa recuperación, una ilusión que se desvaneció por completo aquella tarde en los campos de trigo.

Una década de creación
La trayectoria artística de Van Gogh duró solo diez años, un período breve y de una intensidad que arrasó con todo. Produjo unas 900 pinturas y 1.600 dibujos. Empezó a pintar formalmente a los 27 años, luego de fracasar como comerciante de arte, maestro de escuela y predicador laico en las minas del Borinage belga... Sus primeros años creativos tuvieron tonos oscuros y sombríos, enfocados en el crudo realismo de los campesinos y tejedores de los Países Bajos.
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Su traslado a París en 1886 cambió su vida y paleta de colores. Al descubrir el impresionismo y las estampas japonesas, sus lienzos ganaron luz. Después, su mudanza al sur de Francia desató la etapa más célebre de su carrera: aparecieron las pinceladas gruesas, los colores puros y una expresividad que anticipó el expresionismo moderno. En esta fase final mantenía un ritmo de trabajo casi frenético: pintaba todos los días y todo el día. Creaba un cuadro por día.
Pese al inconfundible talento, el mercado le dio la espalda. Las galerías rechazaban sus obras por considerarlas “toscas” y ajenas a la técnica académica, cosa que obligó al pintor a depender del dinero mensual que le enviaba su hermano Theo. Según su biografía, Van Gogh solo vendió una pintura de forma oficial en vida, La viña roja, adquirida por la artista Anna Boch en Bruselas por 400 francos.
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Su único pilar fue Theo. Su hermano financió materiales, comida y alquileres, además de ser su confidente en más de seiscientas cartas. El golpe emocional por la muerte de Vincent quebró la salud de Theo, quien falleció seis meses después, en enero de 1891. Hoy yacen juntos en el cementerio de Auvers-sur-Oise, unidos bajo una misma alfombra de hiedra.

Del anonimato al mito
El reconocimiento que se le negó en vida comenzó a llegar poco después de su muerte. A comienzos del siglo XX, grandes exposiciones retrospectivas en París, Ámsterdam y Berlín impulsaron una profunda revalorización de su obra. La crítica identificó a Vincent van Gogh como una figura decisiva en el nacimiento del arte moderno y destacó la fuerza expresiva de una pintura que influiría en movimientos como el expresionismo y el fauvismo, caracterizado por el uso provocativo e intenso del color por encima de la realidad. Al mismo tiempo, su vida marcada por las privaciones y las crisis de salud mental alimentó la imagen del artista incomprendido, un mito que aún perdura.
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Con el paso de las décadas, ese reconocimiento también se reflejó en el mercado del arte. Obras como el Retrato del doctor Gachet, la serie de Los girasoles y varios de sus autorretratos alcanzaron cifras récord en subastas internacionales. Lo que en vida apenas despertó el interés de unos pocos se convirtió en un patrimonio artístico de valor incalculable, codiciado por los principales museos y coleccionistas del mundo...
La figura de Van Gogh trascendió las galerías y se instaló en la cultura popular. Su vida inspiró películas, novelas, ensayos, obras teatrales, novelas gráficas y documentales. En las últimas décadas, las exposiciones inmersivas dedicadas a su obra acercaron su universo pictórico a millones de personas en distintos países.
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Hoy, la habitación de la posada Ravoux, donde pasó sus últimas horas, se conserva como un sitio histórico, mientras que el Museo Van Gogh de Ámsterdam reúne la mayor colección de sus obras y recibe cada año a millones de visitantes. El pintor que vendió una sola obra durante su vida terminó convirtiéndose en uno de los artistas más influyentes, admirados y valorados de la historia del arte.

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