
En el corazón del Adriático, una ciudad de apenas 28 kilómetros cuadrados se convirtió entre 1920 y 1924 en uno de los experimentos políticos más inestables del período de entreguerras: el Estado Libre de Fiume, una entidad soberana nacida del choque entre dos reinos victoriosos y un poeta que se proclamó dictador.
Su historia condensa, en escala microscópica, las tensiones que fracturaron Europa tras el fin del Imperio austrohúngaro.
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La disputa que ningún tratado de paz supo resolver
Cuando el Imperio austrohúngaro se desintegró en octubre de 1918, durante las últimas semanas de la Primera Guerra Mundial, la ciudad adriática de Fiume —hoy Rijeka, en Croacia— quedó en un vacío de soberanía. Tanto el Reino de Italia como el recién formado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos —que años más tarde pasaría a llamarse Yugoslavia— reclamaron el territorio apelando al principio de autodeterminación impulsado por el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson.
El problema era estadístico y territorial al mismo tiempo. Los italianos argumentaban que, dentro del Corpus separatum —la unidad administrativa especial que Fiume había tenido bajo la corona húngara—, existían alrededor de 22.488 italianos frente a 13.351 yugoslavos, según datos recogidos por Encyclopædia Britannica. Los eslavos, por su parte, reclamaban que el suburbio de Sušak, con unos 11.000 habitantes eslavos y apenas 1.500 italianos, era parte inseparable de la ciudad. Wilson llegó a proponer que Fiume fuese la sede de la flamante Sociedad de Naciones, precursora de la ONU. Ninguna de estas salidas prosperó.
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La Conferencia de Paz de París de 1919 no resolvió la cuestión. El gobierno italiano consideró el resultado una “victoria mutilada”: había combatido junto a los aliados, pero no obtuvo todos los territorios que el Tratado de Londres de 1915 le había prometido. Esa frustración encendió el ambiente político peninsular y allanó el camino para episodios más violentos.
D’Annunzio, la Regencia de Carnaro y la “Navidad sangrienta”
El 12 de septiembre de 1919, el escritor y militar Gabriele D’Annunzio encabezó una columna de 287 hombres que avanzó desde Trieste hacia Fiume. Para cuando llegó a la ciudad, la columna sumaba cerca de 2.000 irredentistas. Las tropas aliadas que custodiaban la zona se retiraron sin resistencia, y D’Annunzio proclamó la anexión de la ciudad a Italia.
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Al no obtener el reconocimiento de Roma, en septiembre de 1920 el escritor declaró la creación de la Reggenza Italiana del Carnaro —Regencia Italiana de Carnaro—, un miniestado del que se proclamó Comandante y cuya constitución, la Carta del Carnaro, combinaba elementos del sindicalismo nacional, el corporativismo y el republicanismo democrático.
D’Annunzio es considerado el “Juan el Bautista del fascismo italiano”: prácticamente todo el ritual del movimiento de Benito Mussolini —el saludo romano, los discursos desde el balcón, las camisas negras de los Arditi, el uso del título Duce— fue inventado o ensayado en Fiume.
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Cuando el 12 de noviembre de 1920 el Reino de Italia y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos firmaron el Tratado de Rapallo, D’Annunzio rechazó el acuerdo y declaró la guerra a su propio país. La respuesta fue contundente: el 24 de diciembre de 1920, el Ejército Real italiano, bajo el mando del general Enrico Caviglia, lanzó un ataque completo sobre la ciudad. Los acorazados Andrea Doria y Duilio bombardearon Fiume durante tres días. El 28 de diciembre D’Annunzio dimitió y el 30 la Regencia capituló. El episodio pasó a la historia como la “Navidad sangrienta” (Natale di sangue).
Cuatro años de independencia y un final anunciado
Con la expulsión de D’Annunzio, el Tratado de Rapallo pudo ejecutarse: ambas coronas reconocieron “la completa libertad e independencia del Estado de Fiume” con obligación de respetarla a perpetuidad, según el texto del acuerdo. El nuevo Estado fue reconocido de inmediato por Estados Unidos, Francia y el Reino Unido. Su primer premier, Riccardo Zanella, impulsó incluso una solución que contemplaba un consorcio tripartito italo-fiumano-yugoslavo para la administración del puerto. La propuesta fue aprobada en referéndum el 24 de abril de 1921.
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Sin embargo, la estabilidad duró poco. En marzo de 1922, los fascistas locales derrocaron a Zanella en un golpe y forzaron una ocupación militar italiana. Siete meses después, Mussolini llegó al poder en Roma. El 27 de enero de 1924, el Reino de Italia y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos suscribieron el Tratado de Roma, que asignó Fiume a Italia y Sušak a Yugoslavia, con administración portuaria conjunta. El Estado Libre dejó de existir.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la ciudad corrió otra suerte: el Tratado de París de 1947 la incorporó formalmente a Yugoslavia y, desde la disolución de ese país, forma parte de Croacia con el nombre de Rijeka.
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