
Corrían los últimos días de julio de 2013 cuando la BBC buscó, encontró y pudo entrevistar al viejo marinero estadounidense Loel Dean Cox, uno de los últimos sobrevivientes del hundimiento del crucero pesado USS Indianapolis, ocurrido 68 años antes en el Mar de Filipinas, a pocos días de la finalización de la Segunda Guerra Mundial.
Cox tenía 87 años, pero recordaba con claridad el hecho más traumático de su vida. La madrugada del 30 de julio de 1945 estaba de guardia en el puente de mando del barco cuando escuchó el estampido y sintió como la nave de guerra se estremecía. “¡Buuum! Salí volando por los aires. Había agua, escombros, fuego, todo subía y estábamos a 25 metros sobre el agua. Fue una explosión tremenda. Y luego, cuando me pude arrodillar, otro estallido. ¡Buuum! Había llamas por todos lados y el barco se inclinaba. Corrí a la parte más alta y salté al agua. Después miré para atrás. El barco estaba hundiéndose en picada. Había hombres saltando desde la popa mientras las hélices seguían rotando. Doce minutos. ¿Se puede imaginar un barco de 186 metros de largo, que es el tamaño de un campo de fútbol, hundiéndose en doce minutos? Sencillamente se volcó y naufragó. Nunca vi una lancha salvavidas. Finalmente escuché unos gemidos y gritos, nadé en esa dirección y me uní a un grupo de treinta hombres, con los que me quedé”, le contó al periodista Alex Last.
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Loel Cox acababa de cumplir 19 años cuando cayó al agua y fue uno de los 316 sobrevivientes de los 1.195 hombres que estaban a bordo del USS Indianápolis. Cerca de 300 murieron por las explosiones y el fuego, atrapados dentro del barco; de los más de 800 que cayeron o saltaron al agua, unos 500 murieron ahogados o atacados por los tiburones. No fueron rescatados de inmediato, sino que estuvieron casi cinco días sin que nadie los buscara. Cox sabría mucho después la razón de esa demora: el barco venía de cumplir una misión ultrasecreta, navegaba en silencio de radio y casi nadie sabía dónde estaba.

Una bomba y dos torpedos
Botado en 1931, para 1945 el USS Indianápolis tenía un destacado historial de guerra. Había recibido diez estrellas de combate y había servido como buque de Estado del presidente Franklin D. Roosevelt. En marzo de 1945, pocos meses antes de su hundimiento, un piloto kamikaze japonés impactó la nave durante una operación en Okinawa, le perforó el casco y lo obligó a regresar a California para ser reparado. Cuando estuvo nuevamente en condiciones de navegar, en julio, fue elegido para una misión ultrasecreta: trasladar desde territorio estadounidense el uranio-235 y otros componentes esenciales de “Little Boy”, la primera bomba atómica, que sería lanzada sobre Hiroshima.
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El 16 de julio zarpó hacia la isla de Tinian, bajo estricto silencio de radio. La tripulación desconocía el contenido de la carga, aunque el capitán Charles Butler McVay tenía indicios de su importancia, sobre todo cuando pidió una escolta y se la negaron porque el alto mando quería que pasara inadvertido. No solo eso: el destino del barco se lo dieron en un sobre cerrado y lacrado, sobre que debía abrirse “no antes de estar 5 millas fuera del puerto”. La travesía se realizó a máxima velocidad y sin protección, en un tiempo récord.
El 26 de julio, entregó el cargamento y volvió a zarpar, con la orden de dirigirse a Leyte, en Filipinas, para participar de otras operaciones de guerra, nuevamente sin escolta y en silencio de radio.
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Seguía navegando hacia su nuevo destino la madrugada del 30 de julio, cuando fue detectado por el submarino japonés I-58, al mando del comandante Mochitsura Hashimoto. Para el marino japonés fue verlo a través del periscopio y dar la orden de disparar. El ataque se realizó desde unos 1.400 metros de distancia con una andanada de seis torpedos, lanzados con intervalos de dos segundos, a cuatro metros de profundidad. Dos de ellos hicieron blanco a babor del crucero y le provocaron dos enormes vías de agua. El USS Indianápolis estaba perdido.
El capitán McVay dio de inmediato la orden de abandonar el barco, pero ya no había tiempo para organizar de manera ordenada la evacuación de los casi 1.200 tripulantes. En apenas 12 minutos, el crucero se fue al fondo del mar con unos trescientos hombres atrapados en su interior, mientras que el resto alcanzó a lanzarse – o cayó – al agua, algunos de ellos sin haber tenido tiempo de calzarse el chaleco salvavidas. La mayoría de los botes de salvamento quedaron atados al acorazado y se hundieron con él.
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“Pensamos que era cuestión de esperar un par de días mientras nos recogían”, le contó el marinero Cox al periodista de la BBC. Más de ochocientos hombres quedaron a la deriva en el mar sin que la Marina estadounidense se moviera para rescatarlos hasta cuatro días después, porque nadie registró la desesperada señal de SOS y, si bien la inteligencia estadounidense pudo detectar y descifrar un mensaje del comandante del submarino japonés donde informaba a sus superiores el “hundimiento de un buque americano de la clase ‘Idaho’”, lo descartó porque no conocía el paradero ni la misión del USS Indianápolis y creyó que se trataba de una transmisión falsa para desorientar a los Aliados.
A merced de los tiburones
Sin balsas ni provisiones, sin agua potable, flotando bajo un calor abrasador durante el día y un frío extremo durante la noche, muchos de los casi 900 náufragos murieron en el agua ahogados, por deshidratación o agotamiento, pero los que todavía sobrevivían no tardaron en enfrentar una situación mucho más aterradora, si eso era posible: una carnicería perpetrada por cientos de tiburones.
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El primer ataque se produjo poco después del amanecer. “Nos hundimos a la medianoche y vi uno por la mañana cuando salió el sol. Eran grandes. Le juro que algunos tenían 4,5 metros de largo. Pronto llegaron más y estaban continuamente ahí, la mayor parte del tiempo comiéndose los cuerpos de los muertos. Gracias a Dios había mucha gente muerta flotando en el área”, relató el marinero Cox en la entrevista con la BBC.
Cuando se terminó la carnicería de los muertos, lejos de detenerse, atacaron a los vivos. “Perdíamos tres o cuatro compañeros cada noche y día. Uno sentía miedo constantemente pues los veía todo el tiempo. A cada rato uno veía sus aletas... una docena, dos decenas en el agua. Venían y se tropezaban con uno. A mí me golpearon varias veces: uno nunca sabía cuándo iban a atacar. En esa agua clara, uno podía ver a los tiburones merodeando. Y de tanto en tanto, como un rayo, uno nadaba derecho para arriba, tomaba a un marinero y se lo llevaba. Uno vino y se llevó al marinero que estaba a mi lado”, contó Cox.
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Muchos años después, los relatos de los sobrevivientes inspiraron a los guionistas de Tiburón, la película de Steven Spielberg inspirada en la novela del mismo nombre escrita por Peter Benchey y estrenada en 1975, para escribir el monólogo de Quint – encarnado en el filme por Robert Shaw -, en el que cuenta que fue uno de los pocos sobrevivientes del USS Indianapolis.
“Un submarino japonés le disparó dos torpedos al costado del barco. Yo había vuelto de la isla de Tinyan, de Leyte, donde habíamos entregado la bomba, la que había de ser para Hiroshima. 1100 hombres fueron a parar al agua. El barco se hundió en 12 minutos. No vi el primer tiburón hasta media hora después, un tigre de cuatro metros (…) Nuestra misión de la bomba se hizo tan en secreto que ni siquiera se radió una señal de naufragio. No se nos echó de menos hasta una semana después. Con las primeras luces del día llegaron muchos tiburones y nosotros fuimos formando grupos cerrados, algo así como aquellos antiguos cuadros de batalla, igual que la que había visto en una estampa de la de Waterloo. La idea era que cuando el tiburón se acercara a uno de nosotros éste empezara a gritar y a chapotear y a veces el tiburón se iba, pero otras veces permanecía allí y otras se quedaba mirándole a uno fijamente a los ojos; una de sus características son sus ojos sin vida, de muñeca, ojos negros y quietos; cuando se acerca a uno se diría que no tiene vida, hasta que le muerde; esos pequeños ojos negros se vuelven blancos y entonces ah... entonces se oye un grito tremendo y espantoso, el agua se vuelve de color rojo, y a pesar del chapoteo y del griterío ves como esas fieras se acercan y te van despedazando…”, dice Quint en la película ante la mirada asombrada de Martin Brody (interpretado por Roy Scheider) y el biólogo marino Matt Hooper (encarnado por Richard Dreyfuss).
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El rescate y las consecuencias
El hundimiento del USS Indianápolis y la existencia de sobrevivientes se conoció recién el 2 de agosto por una casualidad. Mientras realizaba un patrullaje aéreo el teniente Wilbur Gwinn, vio manchas de petróleo y restos de un barco flotando en el mar. Al hacer un vuelo más rasante descubrió también a un grupo de hombres y pidió ayuda para rescatarlos.
Poco después, el teniente Adrian Marks llegó en un hidroavión, aterrizó en mar abierto y subió a varios sobrevivientes, incluso atándolos a las alas con cuerdas de paracaídas. Más tarde llegaron los barcos de rescate. Dos días después se pudo hacer el recuento final: de los 1.195 tripulantes del acorazado solo 316 habían logrado sobrevivir.
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El capitán Charles Butler McVay fue sometido a un consejo de guerra en diciembre de 1945 por presunta negligencia al no hacer zigzaguear al barco como las normas navales exigían cuando se navegaba por zonas donde presumiblemente había submarinos enemigos.
El propio capitán Hashimoto testificó en defensa de su otrora enemigo y declaró que incluso si el USS Indianápolis hubiera zigzagueado no habría tenido posibilidad de escape, ya que en ese caso el submarino habría lanzado sus kaiten, unos torpedos modificados para que se pudiera dirigirlos manualmente hasta su objetivo.
Aún así, el tribunal lo encontró culpable y lo sentenció a la degradación -de contraalmirante a capitán, sin derecho a promoción- y a la pérdida de antigüedad en la Armada, aunque no lo expulsó del servicio. La sentencia arruinó su carrera militar y lo convirtió en el único capitán de un barco de combate estadounidense hundido durante la Segunda Guerra Mundial en ser juzgado y condenado. Durante años, fue acosado por familiares de marinos fallecidos, quienes lo consideraban responsable de la tragedia. Charles McVay se suicidó en su casa, de un disparo en la cabeza, el 6 de noviembre de 1968.
Recién en 2000, el entonces presidente Bill Clinton firmó una ley aprobada por el Congreso que exoneraba de toda culpa a McVay y reconocía que su condena había sido injusta y que el hundimiento del USS Indianapolis se debió a fallas de los altos mandos de la Armada estadounidense. La exoneración del capitán fue el resultado de una intensa campaña de la que participaron algunos de los sobrevivientes del desastre y el propio capitán Mochitsura Hashimoto.
En 2017, más de 70 años después de su hundimiento, el USS Indianapolis fue localizado a más de 5.500 metros de profundidad en el Mar de Filipinas gracias a una expedición liderada por el empresario Paul Allen. El hallazgo permitió rendir un último homenaje a los marineros muertos en una de las peores tragedias marinas de la Segunda Guerra Mundial.
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