
Corrían los últimos días de julio de 1945 y Estados Unidos daba a conocer un ultimátum a Japón en el que las alternativas se reducían a dos: la rendición incondicional o una catástrofe absoluta, aunque nadie podía imaginar la devastación de Hiroshima y Nagasaki. Las informaciones sobre el avance de los Aliados en el Pacífico eran optimistas, pero entre el público local aún no se disipaba el temor de un desesperado ataque japonés contra territorio estadounidense. Así estaban las cosas cuando a las 9.49 del sábado 28 de julio, miles de neoyorquinos escucharon la explosión y al levantar sus cabezas vieron las alturas del Empire State Building envueltas en humo y llamas. Algunos habían alcanzado a ver lo sucedido segundos antes, cuando un avión militar impactó contra la mole de cemento de 443 metros que por entonces era el edificio más alto del mundo. Era, también, el mayor orgullo de la ciudad y por eso hubo quienes en un primer momento creyeron que el avión era japonés, una suerte de kamikaze que se había estrellado deliberadamente contra uno de los mayores símbolos del progreso estadounidense.
Los rumores alarmistas no duraron mucho tiempo, porque la información oficial llegó rápida y precisa: se trataba de un accidente y el avión no era japonés sino estadounidense, un bombardero B-25 Mitchell reconvertido que realizaba un viaje rutinario de transporte de personal desde Bedford, Massachusetts, a Newark, Nueva Jersey, donde debía abordarlo un coronel. En los comandos estaba el teniente coronel William Franklin Smith Jr., de 27 años, y lo acompañaban el sargento Christopher Domitrovich, de 31, y el maquinista de segunda Albert Perna, de 29. The New York Times le dedicó al título cinco de las nueve columnas de su portada: “Bomber Hits Empire State Building, Setting it Afire at the 79th Floor” (“Un bombardero choca el Empire State Building y provoca un incendio en el piso 79; 13 muertos, 26 heridos; una amplia zona se vio sacudida”), decía. Y el Pittsburgh Sun-Telegraph calificó al hecho como “probablemente la tragedia más extraña en la historia de la aviación”.
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Los tripulantes volaban relajados, porque después de meses en los frentes de combate, un viaje de transporte lejos de la guerra era para ellos casi un paseo. Todo cambió en cuestión de segundos: el cielo de Nueva York estaba cubierto de niebla cuando el avión esquivó por pocos metros el edificio Chrysler pero no pudo hacer lo mismo con el Empire State, al que golpeó como un misil entre los pisos 78 y 80 y estalló en el interior. Los tres tripulantes murieron carbonizados y se llevaron con ellos a otras once personas que estaban en el edificio. Pudieron ser muchas más, pero hubo suerte en medio de la desgracia y, además, ocurrió un verdadero milagro dentro de un ascensor que todavía hoy figura en El Libro Guinness de los Records.

Un vuelo de rutina
Las crónicas reconstruían paso a paso lo que había sucedido. El teniente coronel Smith despegó del aeropuerto de Bedford con la alegría de saber que, después de esa pacífica misión de rutina, comenzaría una licencia de dos semanas durante las cuales podría desfrutar a pleno de la compañía de su esposa Martha y de su hijo Billy. Si bien era un piloto experimentado y fogueado en la guerra, su especialidad era pilotear bombarderos B-17; esa era la segunda vez que se sentaba frente a los comandos de un B-25 y la primera en ese avión especial, modificado.
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Diseñado y construido para ser bombardero, el B-25 había comenzado a volar en mayo de 1943 y fue utilizado como aeronave de entrenamiento de la 12° Fuerza Aérea en el norte de África. A principios de 1945 lo habían traído de regreso a Estados Unidos para reconvertirlo en un avión de transporte VIP para la alta oficialidad del Ejército. Le cambiaron los asientos por otros más confortables y le cerraron con cerrojos las puertas desde donde se lanzaban las bombas. Era una aeronave inofensiva.
Minutos después del despegue, desde la base le informaron al teniente coronel Smith que, debido al clima, tendría que volar con instrumentos y a menos de 500 metros de altura, por debajo de una capa de nubes y sin perder contacto visual con el suelo en ningún momento. Si no lo hacía así, debería regresar a la base de Bedford y esperar que cambiara el tiempo. El piloto decidió seguir adelante, porque sabía que tenía que llegar a las diez de la mañana a Newark, donde debía recoger al coronel John Rogner.
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Pasadas las nueve y media, cuando estaba a la altura de Queens, el avión volaba a unos 250 metros de altura. En ese momento, Smith se comunicó por radio con la torre del aeropuerto La Guardia para pedir una actualización del clima. Se la dieron, pero le dijeron que no volviera a comunicarse con ellos porque entorpecía el trabajo de los controladores que debían guiar a los aviones de pasajeros que estaban por aterrizar. Era un pedido lógico: el control aéreo civil no debía ni podía involucrarse con la operación de aviones militares. Sin embargo, poco después le avisaron que al volar a menos de 500 metros de altura estaba violando las reglas del tráfico aéreo civil y que estaba volando sin autorización en el espacio aéreo del aeropuerto La Guardia. Le ordenaron aterrizar allí.

La confusión y el impacto
Fue entonces cuando Smith sufrió una confusión que sería fatal: en medio de la niebla creyó volar sobre la isla de Walfare cuando en realidad estaba sobrevolando Manhattan. Al darse cuenta, ya estaba volando sobre las calles de Nueva York. Esquivó por pocos metros el edificio Chrysler y siguió sobre la calle 42 para girar después hacia el sur a la altura de la calle 5, lo que lo puso en curso de colisión contra el edificio más alto del mundo.
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El reloj marcaba las 9.49 cuando chocó entre los pisos 78 y 80, contra las oficinas del Consejo Nacional de Bienestar Católico. La fuerza del impacto destrozó al avión, cuyos tanques rociaron de combustible encendido las paredes de la cara norte del edificio. Uno de los motores voló a través de las oficinas y salió disparado por la cara sur para terminar cayendo sobre el techo de un edificio cercano. Estaba envuelto en llamas y al impactar inició un incendio que destruyó por completo un estudio de arte que había en el ático. El otro motor y parte del tren de aterrizaje golpearon contra el hueco de un ascensor y cortaron los cables de seguridad.
Cuando se produjo el impacto había unas sesenta personas en el famoso mirador del piso 86, donde se desató el pánico. Muchos de los que estaban allí habían visto cómo el avión se dirigía como un cohete en dirección a ellos. Murieron 14 personas en total: los tres tripulantes del avión y once ocupantes del edificio, casi todos empleados del Consejo Nacional de Bienestar Católico.
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Las estimaciones sobre la cantidad de heridos fueron variando con el correr de las horas. Primero se habló de unos treinta, pero la cifra se fue elevando hasta llegar a más de 60. Los bomberos demoraron casi una hora en apagar el incendio, mientras el edificio era evacuado. El cadáver del teniente coronel William Franklin Smith Jr. fue encontrado dos días después, totalmente carbonizado, en el fondo del hueco de un ascensor.

La sobreviviente récord
Entre los heridos se contaba una joven ascensorista de 20 años llamada Betty Lou Oliver. En el momento del impacto del avión contra el edificio, su ascensor estaba a la altura del piso 76 y fue alcanzado por la onda expansiva de la explosión y una llamarada que entró por el hueco. Unos oficinistas escucharon sus gritos y la encontraron con contusiones y quemaduras de segundo grado en el cuerpo.
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Como el ascensor que había estado manejando ella había quedado desencajado y fuera de servicio, la trasladaron al otro ascensor para enviarla a la planta baja para que fuera atendida por las ambulancias que empezaban a llegar. Nadie supo explicar por qué la acostaron sobre el piso y la enviaron sola hacia abajo, apretando el botón de la planta baja. En medio de la confusión, nadie se dio cuenta tampoco de que ese otro ascensor tenía varios cables de seguridad cortados.
El ascensor empezó a caer cada vez más rápido, bajando a la velocidad de un cohete. Ahí se produjeron varios milagros. A último momento funcionaron algunos frenos de emergencia y la compresión del aire en el espacio cerrado del hueco ayudó también a desacelerar la caída. Además, cientos de metros de cable de acero que estaban en el fondo del hueco ayudaron a amortiguar el impacto.
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La mujer, que había entrado al ascensor con quemaduras de segundo grado y contusiones varias, fue rescatada abajo con la pelvis y varias costillas quebradas… pero, increíblemente, viva. Todavía hoy Betty Lou Oliver figura en El Libro Guinnes de los Récords, donde ostenta el de la persona que sobrevivió a la caída libre desde mayor altura.
El Empire State Buiding resistió el impacto del bombardero y el incendio sin derrumbarse. En la serie de documentales del Instituto Smithsonian Secrets of the Empire State Building hay un episodio especial dedicado a la ingeniería del rascacielos donde se explica cómo su estructura pudo mantenerse en pie, algo que no ocurriría 55 años más tarde, cuando dos aviones de línea impactaron contra las Torres Gemelas y las hicieron caer en el peor atentado terrorista perpetrado en territorio estadounidense.
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