
El 16 de julio de 1945, el barco de guerra USS Indianapolis zarpó del puerto de San Francisco con una misión secreta. Su destino era la isla de Tinian, en las Marianas. En su interior llevaba los componentes esenciales de la bomba atómica Little Boy.
Para asegurar el secretismo y la rapidez, la nave viajó sin escolta y a la máxima velocidad que permitían sus motores, que estaban recién reparados. Llegó al destino el 26 de julio y, tras descargar su cargamento, se dirigió hacia Leyte (Islas Filipinas), para unirse a la flota que se preparaba para invadir Japón.

12 minutos
Todo se torció en la noche del 30 de julio. El capitán Charles B. McVay III decidió que el barco dejara de navegar en zigzag debido a la falta de visibilidad por la niebla y acelerará la marcha. Al carecer de sonar, un submarino japonés se acercó lo suficiente como para lanzar dos torpedos.
El buque se partió por la mitad y se hundió en apenas 12 minutos. De los 1.196 tripulantes, unos 900 lograron abandonar el barco, la mayoría sin chaleco salvavidas, quedando a la deriva sin que nadie supiera dónde estaban, sin poder pedir auxilio.
Empieza la pesadilla
El ruido, el ajetreo del mar, la sangre de los muertos y heridos o los cuerpos carbonizados atrajeron a decenas y decenas de tiburones. La mayoría de ellos, de los más peligrosos del océano, los de puntas blancas. Estos peces suelen medir entre tres y cuatro metros y son conocidos por su agresividad en el momento de alimentarse.

Los marineros tuvieron que aferrarse a los escombros flotantes del barco, sin comida, sin agua potable, y temperaturas extremas tanto por la mañana y la noche. Pasaron así cuatro días infernales.
De inmediato comenzaron los ataques de tiburones. “Era una pesadilla, veías a alguien junto a ti y al segundo ya no estaba”, contó Edgar Harrella la BBC, uno de los supervivientes. Los hombres se intentaban juntar para poder defenderse, pero cuando alguien se alejaba o se quedaba solo, era atacado y devorado al momento.
A medida que pasaban los días, la sed era insufrible. Algunos bebieron agua salada, lo que les afectó al cerebro provocando alucinaciones. “Uno de ellos me dijo que veía una fuente de agua dulce en el fondo del océano. Se zambulló y nunca volvió a salir”, confesó Harold Bray, otro superviviente.
No obstante, también hubo actos de heroísmo, como el del capellán Thomas Conway, que nadaba de grupo en grupo intentando subir la moral de los supervivientes, hasta que en uno de sus trayectos un tiburón le atacó. Además, el médico del barco, Lewis Haynes, pasó los cuatro días ayudando a los heridos y curándolos como podía.

Un rescate desesperado
Nadie sabía lo que estaba pasando. Nadie estaba buscando al Indianapolis y su rescate fue pura casualidad. El 2 de agosto, un Lockheed Ventura de la Marina de EE.UU. vio una mancha de aceite en el mar.
Al acercarse descubrió el océano lleno de hombres flotando y envió un SOS. Además, lanzó una balsa inflable para proteger a los supervivientes. Un hidroavión recibió el mensaje. Su piloto, el teniente Adrian Marks, quedó horrorizado y amerizó, desobedeciendo las órdenes y arriesgando su vida.
El hidroavión metió a tantos hombres como pudo en su interior, y después con cuerdas ató a más supervivientes a las alas para mantenerlos fuera del agua. El avión, sobrecargado y dañado por el oleaje, no pudo ni despegar, pero mantuvo con vida a 56 marineros hasta la llegada del USS Doyle.
En total, fueron 316 hombres de 1.196 que conformaban la tripulación del Indianapolis. De los 900 que consiguieron saltar al mar, entre 500 y 600 hombres murieron a causa de las heridas, la sed, la locura o ataques de tiburones.
El emblemático barco de la armada estadounidense fue hallado 72 años después de haber sufrido el ataque, el 19 de agosto de 2017, descansando a 5.500 metros de profundidad.
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