
Durante generaciones, los serenos desempeñaron un papel fundamental en la vida urbana de pueblos y ciudades de todo el mundo. Su figura antecedió a la policía moderna y a los sistemas de seguridad actuales, y su labor era velar por la tranquilidad de las calles antes de la llegada de la modernidad.
Los serenos eran vigilantes nocturnos que cuidaban las calles, controlaban el alumbrado público, custodiaban llaves y daban aviso ante altercados, incendios o urgencias. Su función era necesaria en una ciudad sin teléfonos, sin relojes accesibles para todos y con servicios públicos nocturnos limitados.
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Su nombre surgió de una de sus tareas más reconocibles. Cuando patrullaban, cantaban la hora y el tiempo con fórmulas como: “¡Las doce y sereno!” o “¡Las cinco y lluvioso!”, recogidas por National Geographic.
Esa parte nocturna tenía una utilidad concreta. Permitía saber qué ocurría en la calle sin necesidad de asomarse.
Cómo trabajaban los serenos

La ronda iba mucho más allá de vigilar. Los serenos llevaban las llaves de los portales de su demarcación y acudían cuando un vecino llegaba tarde, olvidaba la llave o no podía abrir.
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Bastaba con dar unas palmas o gritar: “¡Sereno!” para pedir ayuda. Muchas veces, el vecino recibía al guardián con una propina tras abrir la puerta.
Su equipo variaba según la ciudad y la época, pero las descripciones históricas repiten varios elementos. Solían llevar gorra de plato, gabán o capote, manojo de llaves, bastón o chuzo, farol y silbato.
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El silbato era una herramienta del oficio. Servía para avisar a otros serenos, alertar a la policía o llamar a los bomberos si había fuego.

La labor también tenía un componente de cercanía barrial. El sereno conocía a los vecinos, sabía quién regresaba de madrugada y podía intervenir si una mujer se ponía de parto o si había que buscar a una comadrona, un cura o ayuda urgente.
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En Badalona, algunos despertaban a los pescadores con un sistema de nudos atados al picaporte. Tantos nudos indicaban una hora y un nudo con lazo señalaba media hora, según detalla National Geographic.
Del origen en Valencia a su expansión urbana
Aunque hay referencias tempranas desde 1715, muchos historiadores sitúan la organización moderna del oficio en Valencia en 1777. Allí, el alcalde Joaquín Fos impulsó un cuerpo de serenos para dar trabajo a antiguos operarios de la pirotecnia, los llamados coheteros, afectados por restricciones a su actividad.
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Desde esa experiencia, el modelo se extendió a otras ciudades españolas. En Madrid y otros núcleos urbanos, la figura se consolidó entre finales del siglo XVIII y el XIX.
Esa expansión estuvo ligada al alumbrado público y a la ciudad anterior a la generalización de la luz eléctrica. En algunos lugares, incluso se solapó con el oficio de farolero porque la noche exigía encender y supervisar faroles, además de patrullar.
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Por qué desaparecieron y qué dejaron en la memoria
El oficio perdió sentido de forma gradual. El alumbrado moderno, las cerraduras más manejables, el telefonillo, el teléfono doméstico y la profesionalización de la policía local redujeron sus funciones.
Abrir portales dejó de ser necesario cuando los vecinos tuvieron sus propias llaves o un porterillo al que llamar. La vigilancia nocturna también pasó a manos policiales, mientras el resto de sus tareas se repartió entre otros servicios.
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La desaparición oficial del oficio se sitúa en torno a 1977, aunque en algunas ciudades llegó antes o sobrevivió de forma residual. En Barcelona, a modo de ejemplo, el final del cuerpo de serenos se recuerda en 1976, y parte de sus miembros pasó a cuerpos municipales o servicios de vigilancia.
También quedaron expresiones populares vinculadas a su mundo, como “estar al sereno”, que quedó asociado a pasar la noche al raso.
El último tramo del siglo XX acabó casi por completo con este oficio, pero no con su recuerdo. Según National Geographic, su rastro sigue en el lenguaje y en la memoria urbana española y de gran parte de América Latina.
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