
En los márgenes del desierto, donde el silencio envolvía las necrópolis monumentales de Egipto, un grupo selecto de artesanos ejercía un oficio envuelto en misterio y respeto. Los embalsamadores, conocidos como wetyw, operaban en talleres alejados del bullicio de las ciudades, en espacios vedados al común de la población.
Allí, rodeados de vasijas, ungüentos y fórmulas ancestrales, se preparaban los cuerpos para el viaje al más allá, aplicando métodos que combinaban precisión técnica y una profunda dimensión sagrada en el corazón de la civilización faraónica, según National Geographic.
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No vivían en los propios talleres, sino con sus familias en la ciudad o en aldeas cercanas. Quienes trabajaban en Saqqara probablemente residían en Menfis, mientras que los vinculados a la necrópolis tebana pudieron hacerlo en Tebas o en poblados próximos.
Los talleres seguían una organización precisa y una jerarquía estricta. El proceso empezaba en el Ibu, o Lugar de la Purificación, donde lavaban el cuerpo con agua del Nilo y vino de palma, y continuaba en la Per-Nefer, la Casa de la Belleza, donde tenían lugar las fases principales.
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En Saqqara, un taller de momificación datado en la dinastía XXVI permitió conocer esa distribución: en 2018, los arqueólogos documentaron que el lavado del cuerpo se hacía en la superficie y que las tareas de momificación se realizaban en cámaras subterráneas del mismo complejo funerario.

En 2023, otras excavaciones en la misma necrópolis sacaron a la luz dos grandes talleres, uno destinado a humanos y otro a animales sagrados, de la Baja Época y el período ptolemaico, como recordó National Geographic.
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Esas estructuras de superficie contaban con lechos de piedra inclinados y canales para evacuar fluidos corporales. Los espacios permanecían separados de las zonas habitadas, al parecer por razones higiénicas y religiosas.
Cómo trabajaban los embalsamadores
La momificación, que por lo general duraba 70 días, exigía dominio técnico y una organización social y económica compleja. Tampoco todas las familias podían pagar el mismo tratamiento, de modo que existían distintos niveles de servicio según la riqueza del difunto, de acuerdo con la descripción de Heródoto en el Libro II de sus Historias.
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Ese conocimiento fue fruto de siglos de aprendizaje. Desde los enterramientos en la arena del desierto, donde la deshidratación conservaba los cuerpos de forma natural, los egipcios desarrollaron procedimientos cada vez más elaborados, que alcanzaron su auge en el Reino Nuevo y siguieron evolucionando en etapas posteriores.

El trabajo consistía en extraer la humedad del cuerpo, aplicar sustancias aromáticas y colocar vendajes, todo ello acompañado de fórmulas rituales. El objetivo era que el difunto conservara su identidad y pudiera vivir eternamente en el reino de Osiris.
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Investigaciones recientes de especialistas como Salima Ikram, de la Universidad Americana de El Cairo, junto con estudios biomoleculares de Philipp W. Stockhammer, Maxime Rageot y Susanne Beck, confirmaron que los embalsamadores seguían métodos bien establecidos. En el taller hallado en Saqqara aparecieron recipientes etiquetados con instrucciones sobre la sustancia que debía usarse, la parte del cuerpo y el momento de aplicación.
Los hallazgos también aportaron numerosas vasijas y útiles quirúrgicos que aún se estudian. Para National Geographic, ese material ayuda a precisar qué elementos empleaban quienes ejercían este oficio.
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Aunque no formaban parte de las élites, los embalsamadores tampoco eran trabajadores corrientes. Estaban vinculados a talleres de templos y necrópolis, y su formación combinaba práctica sobre anatomía y conservación de tejidos con estudios religiosos.
La jerarquía del oficio

En la parte más alta estaban los Hery-seshta, o “supervisores de los misterios”, encargados de dirigir los talleres y coordinar el proceso, además de mantener vínculos con el culto a Anubis y con familias influyentes.
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La arqueología y los textos antiguos han conservado algunos nombres. Entre ellos figuran Minmesut, de la dinastía XIX, cuyo nombre aparece en un cuchillo de bronce usado para incisiones rituales y conservado en el Museo del Louvre, y Petiese, o Peteese, un supervisor de la Baja Época citado en documentos sobre momificación y asuntos legales.
En un escalón inferior se situaba el paraschistes, nombre griego del encargado de practicar la incisión inicial en el cuerpo. Diodoro de Sicilia contó en el Libro I de su Biblioteca histórica que, tras hacer el corte, los otros embalsamadores lo expulsaban con insultos en una aparente persecución ritual.
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El sentido ritual de la tarea

Hoy, muchos investigadores entienden ese episodio como un gesto simbólico para apartar la impureza asociada a la apertura del cuerpo humano. Algunos egiptólogos, entre ellos Salima Ikram, sostienen que ese relato debe leerse como una dramatización religiosa y no como la señal de una posición social baja.
Todo indica que el oficio tenía un marcado carácter sagrado y exigía dominar conocimientos reservados. Durante los rituales, incluso el jefe del taller podía identificarse de forma simbólica con Anubis al usar la máscara de Anubis.
Ese trabajo permitió que miles de cuerpos llegaran hasta la actualidad en distintos estados de conservación. Gracias a ellos, la arqueología pudo profundizar en la religión, la medicina, el comercio y la organización social del antiguo Egipto, según National Geographic.
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