
En 1603, el shogunato Tokugawa decidió que Japón debía aislarse del resto del mundo para evitar las malas influencias de Occidente, que incluían sus vicios, la belicosidad de los blancos y el cristianismo. El aislamiento del Imperio del Sol Naciente no solo era cultural; llegaba al extremo de no devolver a los marinos que naufragaban en sus aguas.
No todos los japoneses coincidían con esta política de exclusión. En 1612, Tsunenaga Hasekura emprendió un viaje hacia México para entablar relaciones con las colonias españolas. No contento con este logro y habiendo escuchado las historias de los grandes señores europeos, cruzó el Atlántico y visitó la Santa Sede, donde el papa Paulo V lo convirtió al cristianismo. También fue recibido por el rey Felipe III de España para entablar relaciones comerciales.
PUBLICIDAD
Una parte de su séquito decidió quedarse en España, más precisamente en Coria del Río, cerca de Sevilla, donde aún viven los descendientes de estos primitivos habitantes. Hasekura tuvo un regreso sin gloria: traía entre sus cosas lo que los demás consideraban una pérdida de la esencia japonesa: el cristianismo.
Los Tokugawa prefirieron perseverar en este aislacionismo, que duró exactamente doscientos cincuenta años, hasta que el comodoro Matthew Calbraith Perry, siguiendo las órdenes del presidente Millard Fillmore, arribó a la bahía de Uraga, cerca de Tokio, al frente de una flota que contaba con dos barcos a vapor y dos a vela.
PUBLICIDAD

Estos vapores, que echaban humo como volcanes, impresionaron profundamente a los nativos. Los llamaron “los barcos negros de los hombres malignos”.
En esa oportunidad, Perry entregó una carta del presidente destinada al emperador, donde el mandatario norteamericano expresaba su intención de romper la política de seclusión del Japón y abrir la nación a Occidente. La nota fue recibida con frialdad por los funcionarios Tokugawa.
Perry permaneció diez días en la bahía y, antes de partir, les advirtió a las autoridades que habría de volver con más naves, cosa que hizo seis meses más tarde al frente de una flota que contaba con cien cañones.
PUBLICIDAD
Su presencia tuvo el efecto intimidatorio que deseaba.
En marzo de 1854, Perry firmó con las autoridades japonesas el Tratado de Kanagawa. Si bien este garantizaba dos puertos de reabastecimiento de carbón para las naves americanas, la devolución de los náufragos occidentales y autorizaba la presencia de un cónsul en Shimoda, en la península de Izu, solo hacía vagas promesas sobre la apertura comercial y la posición de “nación más favorecida” para los norteamericanos. La apertura definitiva se lograría cinco años más tarde.
De esta forma, Estados Unidos se adelantaba a las naciones europeas, especialmente a Francia, que desde hacía años mantenía un provechoso comercio con la seda japonesa, que era de mejor calidad que la china.
PUBLICIDAD

En 1853, Perry tenía 59 años y, a lo largo de su servicio en la Marina americana, había visto poca acción. Su actuación persiguiendo piratas caribeños y durante la Guerra de México no había sido relevante.
Su misión más importante hasta el momento había sido conducir a exesclavos hacia Liberia, el país creado para restituir a la gente de color a África.
Para cuando entró en la bahía de Tokio, Perry era un hombre enfermo, un alcohólico con cirrosis que, además, padecía una artritis que le imposibilitaba moverse.
La misión de Perry dio más frutos que los esperados y fue su pasaporte a la inmortalidad.
Hay que considerar que los americanos no sabían japonés ni estos inglés, aunque sí algo de francés. La única palabra que entendieron los norteamericanos fue “¡Départez!”, pronunciada por los marinos japoneses que salieron al encuentro del USS Susquehanna, la nave insignia norteamericana de 78 metros de eslora (la nave japonesa más grande medía apenas 24 metros).
PUBLICIDAD
Los americanos se mantuvieron alertas durante la misión; temían una emboscada de los japoneses, pero estos ya sabían, por lo que le había pasado a China, que un ataque artero solo podía traer una represalia de mayor envergadura.

Durante el primer contacto con los japoneses, Perry fue escoltado por dos de sus marinos más grandes, que eran gente de color a su servicio. En la oportunidad presentó regalos a las autoridades que incluían un arado, whisky y una bandera blanca, “acompañada de instrucciones para usarla en caso de rendición”.
También les dieron a sus anfitriones leche de vaca, les mostraron cómo se usaba el jabón (que inicialmente pensaron que se comía) y hasta sacrificaron una vaca para que los japoneses conociesen las virtudes de un buen “steak”.
PUBLICIDAD
Los nipones le ofrecieron distintos tipos de frutos de mar y organizaron una pelea de sumo que no impresionó a los marinos americanos.
Un samurái con uniforme completo subió a la nave americana y, al verse en un espejo, no se reconoció y pensó que era un contrincante que venía a atacarlo. Debieron contenerlo entre varios.
A los norteamericanos les llamó la atención que hombres y mujeres japoneses se bañasen desnudos en espacios públicos. El comodoro condenó esta práctica, ajena a la moral de Occidente.
Al final, Perry volvió triunfal a los Estados Unidos, donde se dedicó a formar oficiales navales y a escribir sobre su extraordinaria visita al Lejano Oriente. Cinco años más tarde, murió de cirrosis.
PUBLICIDAD
En 1860, setenta samuráis visitaron Washington, donde fueron recibidos en la Casa Blanca por el presidente Buchanan, quien los encontró “muy amables y sonrientes”, aunque no hubo forma de hacerles abandonar sus katanas.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
La capacidad mental deteriorada y alucinaciones constantes: los últimos días de Al Capone
Un derrame cerebral sumado a una neumonía bronquial terminaron con la existencia del exjefe mafioso de Chicago, quien padecía un cuadro de salud sumamente debilitado debido a una severa neurosífilis avanzada

Más de 10.000 vuelos en 21 años: la historia del pasajero que nunca dejaba de viajar
Un pase vitalicio de American Airlines le permitió a Steven Rothstein viajar en primera clase por todo el mundo, hasta que la empresa decidió cancelarlo

La foto acertijo: ¿Quién es esta niña que aprendió en su casa a luchar por todo lo que se propusiera y llegó a la cima del poder?
Hija de un comerciante republicano y de una mujer que tuvo una infancia difícil y nunca pudo ir a la universidad, creció en un hogar donde el esfuerzo, la educación y la independencia eran valores esenciales. Desde chica aprendió a defender sus convicciones, aunque el camino que la esperaba superaría todo lo que podía imaginar

De la huida del nazismo a Hiroshima y Nagasaki: cómo Albert Einstein quedó ligado al nacimiento de la bomba atómica
Obligado a abandonar Alemania tras la llegada de Hitler al poder, temió que el “Führer” consiguiera primero el arma más devastadora de la historia. Su carta al presidente Roosevelt contribuyó a poner en marcha la investigación nuclear estadounidense, cuyo resultado fueron las bombas lanzadas sobre Japón en 1945. Después, el propio científico se convertiría en una de las voces contra esa amenaza

El traje verde de 135 dólares, el jurado comprado y la trampa del juez que hundió a Al Capone: la caída del capo más temido de Chicago
El gánster que facturaba 60 millones de dólares al año en negocios ilegales creyó poder doblegar a la justicia, pero el magistrado tenía otros planes y los ejecutó en silencio




